Deuda EspañolaLlevamos ya muchos días escuchando los debates sobre los impagos de la deuda soberana de diferentes países, sobre la fiabilidad e incluso independencia de las agencias internacionales de calificación crediticia, sobre quién debe soportar el coste del impago, etc. y todo ello contribuye a crear un ambiente de desconfianza generalizada en los mercados, en la situación económica, la recuperación, y en muchas otras cosas.

Me ha llamado la atención cómo algunos aprovechan para meter todos los problemas en un mismo saco y plantear, de ese modo,  una enmienda a la totalidad del sistema financiero internacional; siempre que puedo dejo clara mi posición personal favorable al funcionamiento del mercado como mecanismo más adecuado de asignación de recursos y en esta ocasión, no podía ser de otro modo.Resulta especialmente llamativo escuchar a algunos analistas sus críticas a la situación de la deuda pública y ver cómo tratan de la misma manera a Estados Unidos, Francia, Alemania, Portugal, Grecia, España y ahora Italia; el diagnóstico es siempre parecido: los malvados mercados financieros han atraído a incautos de todo el mundo (políticos, particulares, entidades financieras, etc.) engañándoles con expectativas de elevados beneficios, para luego abandonarlos a su suerte, con grandes pérdidas; ¡ah!, y por si fuera poco, ahora intervienen las agencias de calificación como inductores necesarios del desastre que, para colmo, son de cultura anglosajona.

Hay muchos matices en la crisis actual que conviene ir analizando poco a poco, para despejar el horizonte. Y por ejemplo, podríamos empezar por diferenciar la crisis de la deuda norteamericana  del resto. Como se sabe, las “perversas” agencias de calificación han amenazado con rebajar la nota de esos títulos, ante la elevada probabilidad de impago que podría producirse a corto plazo si el Congreso no aprobara la propuesta de aumentar el techo de gasto del Estado, porque conduciría al impago de, al menos, los intereses de parte de la deuda viva.  El primer rasgo a destacar es que en USA existe “un techo” para el gasto público, y que el gobierno, sea del partido que sea, no puede saltarlo sin permiso del Congreso; y es también curioso que si ese permiso no se consigue, el Gobierno no puede seguir gastando, y se vería obligado a reducir los pagos inmediatamente. Es lógico, pues, que ante esa eventualidad, las agencias de calificación avisen que si no se alcanza el acuerdo, habrá problemas.

Por otra parte, dadas las graves consecuencias que podría tener semejante situación, los políticos americanos suelen terminar alcanzando algún tipo de acuerdo que evite la catástrofe; en ese proceso, y dependiendo de los equilibrios políticos del momento entre la Presidencia y mayoría del Congreso, aquél suele verse obligado a hacer concesiones a sus oponentes, a cambio de la aprobación; y esto ha ocurrido tanto con Presidentes demócratas, como con republicanos.

Se podría argumentar que, si al final el techo del gasto público terminará subiendo, para qué tantos pasos intermedios, tantas reuniones y negociaciones, etc., que es mejor el modelo clásico europeo: se emite tanta deuda como puedan absorber los mercados financieros internacionales; pues yo prefiero el sistema americano, por varias razones:

El Presidente de la República es la persona en quien confía la mayoría del país como líder; pero no es “dueño de la nación”: sabe que ocupa el cargo por un periodo máximo de 8 años (si logra la reelección), tiempo suficiente para que sus políticas generen resultados visibles.

El Congreso representa a los contribuyentes y, por tanto, le corresponde aprobar los Presupuestos que presente el Gobierno; el ciclo de elecciones del Congreso difiere de la Presidencia y a menudo conviven mayorías de signo contrario.

Los congresistas se deben a sus votantes, no al partido, y estos son quienes pagan la deuda pública que emite el Gobierno (bueno, ellos, sus hijos y sus nietos, a juzgar por los saldos vivos de deuda pública), y a casi nadie le gusta pagar impuestos: no olvidemos que la deuda pública la compran los inversores finales pero quien tiene que devolver el principal es el país emisor, a partir de la recaudación fiscal.

−  Es lógico que el titular de la deuda, el contribuyente, pida explicaciones a quien quiere gastar más sobre el destino de esos fondos; y que se resista a aprobar más emisiones aunque el Presidente sea de su partido; y que pida algo a cambio.

No me negarán, que el modelo es muy diferente del caso de Grecia, Portugal, etc. (para no herir sensibilidades), donde se da vueltas a la máquina de emitir títulos, y sólo se observa el límite del saldo vivo respecto al PIB (y eso, porque lo imponían los criterios de convergencia para la entrada en la Unión Monetaria), con la misma trascendencia que se observa un eclipse de luna: se sobrepasa, no ocurre nada, se sigue emitiendo…. y al final, cuando la rueda se para, todos nos sorprendemos. No, definitivamente todas las deudas no son iguales.

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