Malos tiempos corren para el municipalismo. Nadie parece acordarse de los afanes locales ahora que estamos encelados en las cuitas nacionales, con su enorme carga sanguínea y pasional. La política municipal es la más cercana, la más natural, escuchamos. En las municipales se vota a la persona, no a los partidos, se repite. Y nos lo creemos, en parte, porque así ha sido hasta ahora. Sí, pero sólo en parte. Los resultados de las municipales, sobre todo en las grandes ciudades, han ido en paralelo a los ciclos de los grandes partidos nacionales, anticipando tendencias que luego se consolidarían en el congreso de los diputados. Así ocurrió con las municipales previas a la gran mayoría socialista de 1982 y, a la inversa, así ocurrió, también, con anterioridad a la victoria de Aznar. Por eso, aunque los candidatos influyen mucho – sobre todo en los pequeños municipios -, la potencia telúrica de los ciclos políticos suele imponerse sobre los personalismos, como pudimos observar en las últimas municipales en las que perdieron sus cómodas mayorías las grandes vacas sagradas del PP para dar alternancia a coaliciones múltiples entorno al PSOE y a Podemos que después, tras unas elecciones fallidas, lograrían reproducirse en el gobierno de España.

Por tanto, cuando votamos a nuestros concejales y alcaldes, expresamos también la pulsión política del momento y marcamos la dirección y el sentido de las dinámicas electorales. Las municipales siempre anticiparon lo por venir. Pero, en esta ocasión, el ritmo habitual se ha quebrado por la previa convocatoria de las generales, apenas un mes antes de las municipales. El mundo al revés de lo que conocíamos hasta ahora, vamos. Veremos si, también en este caso, se cumplen las leyes comprobadas hasta ahora. Si así fuera, lo que dictaminaran las urnas del 28A sería un anticipo de lo por venir en las elecciones de mayo.

No jugaremos a aprendiz de brujo ni abriremos las entrañas del futuro para oficiar como augur. No nos interesa en estas líneas barruntar qué partido ganará o cuál resultará derrotado. Buscamos leyes generales y no resultados concretos. Y estas tendencias generales nos permiten vaticinar que el atronador estruendo de la campaña de las generales impedirá a los candidatos de las municipales el poder hacer llegar su música electoral a la parroquia. Hablaremos de las grandes cuestiones, sobre todo de Cataluña, hasta el 28A, y, después, de los pactos posibles de gobierno. Las elecciones y las coaliciones se nos muestran ahora por completas abiertas, lo que alimentará angustias y ansiedades cómplices del protagonismo absoluto de la política nacional sobre la local.

Nos tememos que las elecciones municipales pasarán por completo desapercibidas, una pena porque desmerece la enorme y vital importancia del debate municipal. Vivimos en ciudades, que nos proveen de los servicios básicos imprescindibles para nuestra existencia. Nuestra calidad de vida depende, en alto grado, de las prestaciones y de los servicios municipales. Nuestra vivienda es fruto de su urbanismo, nos movemos en su interior gracias a sus normas de tráfico y a sus políticas de movilidad y de transportes públicos. Podemos aparcar en función de su previsión de aparcamientos, caminar gracias al acerado y a las zonas peatonales. Respiramos, paseamos y nos solazamos en los parques y jardines municipales. Los equipamientos y servicios culturales, sociales, deportivos y educativos suelen tener base o propiedad municipal. Las calles están limpias, las basuras se recogen, los jardines se cuidan, el agua potable llega hasta nuestras casas gracias a una red de servicios municipales, gestionados de manera directa o bien externalizados a través de una gestión mixta o privada.  En suma, nuestra vida resultaría del todo inviable sin los servicios municipales. La ciudad nos hace, la ciudad es la institución más cercana, más orgánica, más natural, pero, desgraciadamente, la que menos parece importar en el debate político de los tiempos. Pero los tiempos cambian y las ciudades deberán hacer frente a los nuevos y enormes retos del siglo. Pero de eso, por ahora y desgraciadamente, no podremos hablar, afónicos como estaremos por gritarnos entre nosotros los rencores que amargan la política nacional, en la que no votamos al que amamos, sino que lo hacemos en contra de quién odiamos.

El municipalismo, que vivió épocas gloriosas, se desvanece en la neblina de la melancolía, languidece entre la indiferencia de unos ciudadanos que deberían estarle bien agradecidos pues, probablemente, los ayuntamientos han sido las instituciones que mejor han funcionado en nuestra democracia. Pero, como desgraciadamente comprobaremos, en estos próximos meses hablaremos muy poco de ciudades y mucho de política nacional. Pobres candidatos municipales, ¿quién se acordará de ellos?

El debate autonómico también quedará oscurecido por los fuegos de artificio de la pugna entre Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias, Abascal y Junqueras. Pero, al igual que glosamos hoy al humilde municipalismo, debemos ser críticos con algunos aspectos del prepotente autonomismo, porque el sistema de las autonomías no ha funcionado. O, mejor dicho, no ha funcionado tan bien como lo ha hecho el régimen local. Las ciudades construyen hábitats para acoger y dar calidad de vida, las autonomías se afanan en cebar identidades que separan y enemistan. El sistema autonómico, a pesar de las muchas cosas buenas que nos ha traído, se ha equivocado en su empeño de crear miniestados, con unos absurdos y costosos aires de grandeza que, al final, terminamos pagando entre todos. Ha cebado la megalomanía de sus capitales autonómicas, que han crecido a costa de las administradas, repitiendo a escala y para peor el anterior centralismo del estado. Así, el debate nacional, denso y fiero, y el autonómico, plañidero e identitario, parecen hacer derrotado para siempre al municipalismo eficaz y discreto. Por eso, algunos politólogos lo consideran como cosa del pasado cuando otros, entre los que nos encontramos, consideran que el municipalismo deberá regresar de nuevo al centro del debate político. El municipalismo no ha sido derrotado, simplemente está hibernado. Todavía le tocará dormir durante unos meses, pero esperemos, por el bien de todos, que pronto despierte para seguir en su eficaz esfuerzo para la mejora de nuestras vidas, mientras que otras instituciones parecen empeñadas en lo contrario, haciéndonosla peor y más complicada. Que el buen debate municipalista nos ilumine de nuevo, amén.

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