Faraones egipcios en procesión, descubridores españoles al armario.

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Estamos hechos de pasado. Nada entenderíamos de nosotros mismos ni de la sociedad que nos sustenta si no conociéramos los pasos dados en el largo camino de nuestra historia. Estamos hechos de la misma substancia de nuestros sueños, escribió Shakespeare. Estamos conformados por la esencia de nuestro pasado, podríamos añadir.

Y mientras reflexiono sobre ese «somos como somos por lo que fuimos, aliñado por lo que queremos ser», observo las imágenes soberbias de los antiquísimos faraones egipcios sacados en solemne procesión las calles de El Cairo.

 En efecto, nada más ni nada menos que las momias de veintidós faraones egipcios – dieciocho reyes y cuatro reinas –, con sus correspondientes sarcófagos, fueron trasladados desde el museo en el que se encontraban hasta el nuevo y espectacular Museo Nacional de la civilización egipcia, donde fueron recibidas con salvas de honor y la sonrisa orgullosa del presidente Al Sisi. Y ese traslado lo hicieron a lo grande. Podrían haberlo hecho, como tantas veces ocurre, de una manera discreta, funcional y práctica, sin llamar la atención, pero, a alguien se le ocurrió la brillante idea de organizar la más solemne y simbólica cabalgata que vieran los tiempos. Y así, pusieron en marcha, para el asombro del mundo entero, lo que bautizaron como El Desfile Dorado de los Faraones, una cabalgata teatralizada en honor de las insignes figuras de un pasado tan remoto en el tiempo como presente en el imaginario actual, el del gran Egipto de los faraones, el del prodigio de las pirámides y la escritura jeroglífica. En la cabalgata, además de unos vistosos vehículos especialmente tuneados para la ocasión magna, desfilaron cientos, miles de personas, vestidas de época, portando presentes y objetos simbólicos para acompañar a sus reyes primigenios en el descanso de su nueva ubicación. Una orquesta con ciento veinte músicos y una coral de cien voces envolvieron con su música hermosa y acompasada el gran desfile, en el que también participaron grandes cantantes egipcios actuales.

Ramsés II, Tutmosis III o la mítica reina Hatshepsut, entre otros, bien debieron sentirse orgullosos desde sus féretros dorados. Miles de años después, su pueblo seguía reverenciándoles. Si los sacerdotes embalsamadores anhelaron la inmortalidad para sus monarcas, bien que lo consiguieron. Pueden descansar en paz.

La iniciativa ha supuesto un éxito rotundo, categórico, para Egipto y para su gobierno. Algunos han tratado de descalificar la iniciativa considerándola como simple publicidad para animar al exiguo turismo, o como acto para mayor gloria política del mandamás de turno. Seguro que de todo hay en la viña del señor, pero estas pequeñas miserias y materialidades no ensombrecen para nada la gloria de una excelente idea que, además y por si fuera poco, relaja el furor islamista que despreció desde sus orígenes todo lo anterior a la revelación coránica. Bien está lo que está bien. Felicitemos a los egipcios por su iniciativa de honrar a su pasado y deseémosle la mayor de las suertes para prosperar en su difícil y complejo presente.

Y, desde este fasto egipcio, a la realidad española, en la que parecemos avergonzarnos de un pasado que, con sus sombras y sus luces, como el de cualquiera, bien debería enorgullecernos. No convivimos bien con nuestra historia, lo que nos origina desasosiego y ansiedad, como le ocurre a cualquier persona que no habita bien bajo la sombra de los pasos dados. Nos guste o no, nuestro pasado es el que es, y no podríamos comprendernos sin comprenderlo. Nadie, por ejemplo, entendería la sociología británica sin su etapa imperial victoriana; nadie, tampoco, la obsesión alemana por el equilibrio presupuestario sin conocer sus sufrimientos por la inflación disparada de entreguerras. Los valores republicanos de la Gran Francia beben de su Revolución. Y así, suma y sigue. Trenzamos el presente con hilos del pasado, tejido necesario para la vestimenta del hoy. La historia tiene forma de río, a veces calmado y a veces torrencial, en el que, necesariamente, las aguas de abajo contienen las de agua arriba, enriquecidas, eso sí, por las de los numerosos afluentes que aumentan el caudal de su fluir continuo.

La atormentada sociología española guarda una esquizofrénica relación con su propio pasado. En España siempre matamos a nuestros héroes. En vida, desde luego, y, por si fuera poco, también después de muertos. De héroe a villano y tiro porque me toca. Somos idealistas, nos reflejamos en el ideal de turno. La realidad la juzgamos no cómo es, sino bajo los dictados del espejo de nuestro ideal. Y, esa dinámica la proyectamos sobre nuestro propio pasado. Así, nos avergonzamos de un ayer que no corresponda al ideal de hoy. Juzgamos a nuestros tatarabuelos con los valores actuales y, claro, así no hay manera.

Celebramos ahora, por ejemplo, el Quinto Centenario de la primera vuelta al mundo, protagonizada en sus inicios por Magallanes y culminada por Juan Sebastián Elcano, vasco de Guetaria. Una gesta formidable, comparable en valor, esfuerzo y riesgo con la llegada del hombre a la luna. Sin embargo, está pasando sin pena ni gloria, olvidada por todos, a pesar del meritorio esfuerzo de algunas instituciones, fundaciones y asociaciones. Y qué decir de las aventuras de los conquistadores, que en cualquier otro país habrían sido llevadas mil veces al cine y que aquí nos incomodan e incordian, sin qué sepamos bien del todo qué hacer con ellas. Pues bien, tengámoslo claro. Mientras no aprendamos a convivir en paz con nuestro propio pasado, no encontraremos el sosiego necesario en el presente.

Mientras los egipcios sacan a sus faraones a la calle, nosotros escondemos a nuestros héroes en el armario del olvido, la vergüenza y el oprobio. Algo, al menos, deberíamos haber aprendido. Despreciarlos, no nos hará mejores.

3 Comentarios

  1. Manuel,
    Coincido totalmente en que no se puede entender el presente olvidando el pasado y tu artículo es muy convincente al respecto.
    Pero disiento en otras cuestiones: por ejemplo, una cosa es entender el presente egipcio sin olvidar los faraones y otra exponerlos como modelos venerables hoy, que no es otra cosa lo que hizo Al Sisi, supongo que por algún oportunismo. Tampoco es lo mismo aprender de equilibrio presupuestario a partir de la experiencia inflacionaria alemana que de heroísmo con los conquistadores europeos. En Lima difícilmente le hagan una estatua a Pizarro o en el Congo al Rey Leopoldo de Bélgica. Aunque todo es posible.

  2. Yo coincido con el autor, por lo menos en lo que a nuestros héroes respecta. Y me avergüenzo de todos esos cineastas españoles (quienes parecen ser una mayoría en su industria) que a su vez se avergüenzan de los héroes (gente del pueblo, la mayoría) que hicieron la gran gesta de la colonización de América, con sus luces y sus sombras, sin duda, pero que da «sopas con sonda» a la colonización de tala y matarrasa que hicieron con las poblaciones indígenas los anglosajones en el norte del mismo continente. Y, sin embargo, estamos hartos de ver a personajes suyos, unos reales y otros ficticios, en mil películas de empacado holliwoodiense, mientras que aquí tenemos figuras reales mil veces más valiosos y valientes, arrumbados en vetustos legajos, escondidos a su vez en rincones de los archivos, bibliotecas y museos, pero de los que el gran público de habla hispana no sabe nada.
    Si se promocionasen en cine los protagonistas de nuestra historia como se hace con los anglosajones, igual pondrían estatuas a Pizarro en Lima y en muchas otras partes, y no sólo de Pizarro, sino también de otros mil titanes españoles que parió esta «Mi querida España» ─madre olvidadiza donde las haya─ de Cecilia, adelantados de su tiempo en conocimientos y ética personal. Gracias a su altura de miras ─siempre hablando en general─, hoy podemos conocer ─y conocerse ellas mismas─ tantas etnias de los pueblos amerindios que, si hubieran llegado allí los ingleses en vez de los españoles, habrían corrido ─mucho me temo─ tremenda peor suerte.

    Hace unos días leí la historia de un nuevo (o para mi hasta entonces desconocido) héroe español (perdón por abusar de la palabra héroe, pero no se me ocurre mejor epíteto): Joaquín de María Goñi y San Juan (1772-1834), brigadier de la Armada Española. Publicado en internet por el Diario de Jerez el 28 de marzo de este 2021. Ha tenido que ser un descendiente suyo quien haya desempolvado sus hazañas. Les animo a leer su biografía y creo que coincidirán que da no sólo para una película épica, sino para toda una serie de esas que ahora están de moda entre los jóvenes, al estilo de Juego de Tronos, pero con personajes bastante más reales, aunque increíbles (en el mejor sentido), y con lecciones que enseñarnos desde la Historia.

  3. Ojalá supiéramos honrar a nuestros héroes como lo hacen otros países de nuestro entorno. Siempre es la sociedad quien desempolva estos recuerdos y la verdad oficial se queda al margen cuando no les quitan los nombres de las calles. Gracias por su reflexión.

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