La democracia directa solo tiene sentido en el gobierno local

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Resulta evidente que las lógicas de participación directa son una exigencia de la ciudadanía contemporánea. Una ciudadanía conformada por ciudadanos cultos universales (Mason, 2016) acostumbrados a lógicas colaborativas, de la mano de la revolución tecnológica, que participan directamente en la producción de la información, que cada vez son más activos en los procesos de toma de decisiones y que no se conforman con las decisiones tomadas por terceros (sean éstos empresas privadas o instituciones públicas). El rol más activo de los ciudadanos debe tener su reflejo en la dimensión política. Estoy convencido de que los próximos años se van a caracterizar por una mayor participación política directa de la ciudadanía. Esta opción me parece totalmente evidente a nivel local, ya que municipios y barrios pueden operar con un modelo participativo y casi asambleario parecido al de la antigua democracia griega. Pero la tecnología contribuye de forma decisiva a que esta forma de participación directa también se pueda realizar a gran escala, sea a nivel de región, Estado o macro regional. En este punto, coincido con el agudo análisis del profesor Colomer (2016) que plantea que ante problemas difíciles y en las sociedades complejas  la democracia directa y participativa degenera en lógicas populistas. En este sentido se pueden prever dos escenarios, ya que no es lo mismo hablar de democracia directa entre unos pocos vecinos que se conocen y tienen que enfrentarse y resolver temas sencillos a referirse a una democracia directa en sociedades con una gran población, lo que supone complejidad, para resolver problemas difíciles que albergan muchos matices técnicos. En el primer escenario la democracia directa suele operar como funcionó en la antigua Grecia, y hay que estimularlo al máximo. Pero en el segundo escenario, que implica complejidad social, política y que debe enfrentarse a problemas enmarañados, con muchos recovecos técnicos y externalidades imprevistas, no funciona bien la democracia directa. Los ejemplos son los referéndums, que son fórmulas binarias que acentúan las reacciones demagógicas. La participación de la mano de las nuevas tecnologías seguramente también acabarían con resultados políticos y sociales de carácter demagógico.  En palabras de Colomer (2016) :¿Por qué no volvemos a los clásicos y aceptamos que la democracia no es viable en territorios extensos con sociedades complejas? El reciente referéndum del Brexit, así como anteriores experiencias de referendos y plebiscitos a grandes escalas sobre problemas importantes y difíciles, así lo sugieren. De hecho, en varios casos en la Unión Europea, el resultado de un referéndum ha sido revocado por representantes electos (como la Constitución de la UE o el rescate de Grecia). La toma de decisiones directas por todos los miembros de una comunidad es un mecanismo propio de la asamblea popular en un barrio o ciudad, una asociación profesional u otros grupos pequeños cuyos miembros se conocen directamente, los problemas que se abordan son simples y fáciles de entender y todo el mundo sabe cuál es el objetivo común que la acción colectiva a ese micronivel debe perseguir. No funciona en ámbitos más amplios en los que hay diferencias y conflictos de intereses y valores cuya resolución requiere competencia técnica, un cierto distanciamiento emotivo de los problemas, negociaciones, pactos y apertura mental. En la democracia clásica antigua, basada en la ciudad, el pueblo, en primer lugar, votaba sobre las políticas públicas y, en segundo lugar, seleccionaba delegados por sorteo para que ejecutaran sus decisiones. Los delegados no eran representantes del pueblo, sino solo mandatarios para ejecutar instrucciones imperativas de la asamblea. Rendían cuentas de su trabajo y podían ser sancionados por su desempeño. Esta forma de gobierno siempre se consideró viable solo en comunidades pequeñas y homogéneas y no en unidades de mayor escala, como la mayoría de los Estados modernos. Esta fue sin duda la doctrina griega clásica. Platón creía que una comunidad política debe ser pequeña para poder ser ‘coherente con una unidad’ de propósito entre sus miembros. Aristóteles observó que “todas las ciudades que tienen una reputación de buen gobierno tienen un límite de población”.

El gran cambio político puede darse a pequeña escala con deliberaciones y toma de decisiones comunitarias sobre aspectos locales, configurándose un sistema con decenas d miles de pequeñas ágoras que operen tanto de forma presencial (asambleas de vecinos) como virtual vía sistemas tecnológicos.

1 Comentario

  1. ¿Y por qué no hablamos de democracia formal? Aquella que ha expuesto don Antonio García-Trevijano Forte en su libro «Teoría Pura de la República». En ese libro se solucionarían muchos de los problemas que sobre al sociedad democrática se están planteando. El primero de todos, llamando las cosas por su nombre. En España hay estado de partidos, no hay democracia. A partir de ahí, seguimos.

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