La esperanza y el puerto de Lope de Vega

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La esperanza y el puerto de Lope de VegaAunque algunas encuestas comienzan a arrojar tímidos rayitos de esperanza, son más los que piensan que nos queda aún un futuro desolador por delante. Y esa visión del futuro condiciona su presente, y les servirá de contraste para valorar, en su caso, su mañana. Que, por cierto, a lo mejor, no será tan malo como hoy lo pinta. Valoramos la realidad en contraste con las expectativas. Los humanos somos la única especie que aunamos en nuestra mente pasado, presente y futuro. Y si esta afirmación es válida para casi cualquier aspecto de la vida, aún más lo es en economía. Lo comprobamos a diario en los mercados, cuando, por ejemplo, tras conocer un dato positivo de la economía norteamericana, la bolsa baja por haber sido inferior a las expectativas de los analistas, o, viceversa, la bolsa sube tras un mal dato porque ha sido menos malo de lo previsto. Los mercados, la economía y la mente humana “descuenta” la expectativa hasta el punto de llevarla a una realidad que se perciba o valora en función a las expectativas previas que nos había generado. Tienen razón los físicos cuánticos cuando afirman que el presente no sólo es causa del futuro, sino que, de alguna forma, también es efecto del mismo. El futuro se cimienta sobre el presente, pero el presente se configura en base al futuro. Einstein ya barruntó algo de eso en su conocida teoría de la relatividad. El tiempo es una variable caprichosa y voluble que no siempre transcurre a la misma velocidad ni en idéntica dirección. Nosotros, sin ser premios Nóbel ni nada que se le parezca, percibimos esa doble relatividad en la percepción de la valoración del hoy. Siempre nos dijeron que el precio se determinaba por el punto de intersección de las curvas de oferta y demanda. Es cierto, pero más real aún sería complementarlo con el juego de espejos de las expectativas.

En otros momentos, hemos trabajado alentados por la esperanza, y ahora lo hacemos sin ella, únicamente impulsados por el innato sentido de sobrevivir. Eso nos hace más tristes, pero también más inmunes al desencanto. El futuro difícilmente defraudará a los que casi nada esperan de él. Lope de Vega ya nos previno del desencanto de quiénes se enamoran en demasía de una esperanza futura. Con sus versos hermosos y certeros intuyó el juego de espejos de la mente humana: “Alentó mi esperanza el mar, la perdonó el viento, matola el puerto”. El fin de un viaje difícilmente cumple las ilusiones que nos habíamos creado cuando lo abordamos; aquellos que confían en demasía en grandes logros diferidos al futuro, suelen desencantarse cuando comprueban que la meta alcanzada no era tan hermosa como la había dibujado en sus sueños. En nuestra postración actual nos ocurre exactamente lo contrario. Vemos un panorama tan negativo por delante, que difícil será que su realidad empeore cuando arribemos al puerto del futuro. Tendremos entonces una sensación de mejora relativa más acusada que la que de nuestra propia situación se pudiera inferir.

Esa obra maestra que es El Principito nos ilustra de la trampa de nuestra mente. El aviador acaba de conocer al principito en medio del desierto, y el niño le pide que dibuje un cordero. Tras la sorpresa inicial, el piloto se pone manos a la obra. Es un buen dibujante, y no le costará satisfacer su capricho. Lo termina con trazos claros y se lo muestra satisfecho. El niño lo mira con expresión seria y le dice: “No lo quiero, está muy enfermo. Debes hacer otro”. El aviador le dibuja entonces uno más fuerte, que tampoco agrada al principito: “¿Ves? No es un cordero, más bien es un carnero, tiene cuernos. Tienes que pintar uno que me guste”. Al mostrarle su tercer dibujo también obtiene el rechazo del principito: “Este es muy viejo, quiero un cordero que viva muchos años”. El aviador, perplejo, se queda entonces unos minutos pensando y dibuja a continuación una gran caja cerrada. Mira la principito y le dice: “El cordero que deseas está dentro de esta caja”. El niño le responde con expresión feliz: “Sí, sí, es exactamente como yo lo quería”.

No conozco ni sus esperanzas particulares ni sus expectativas, querido lector. Tampoco las de su ayuntamiento. Pero sí le puedo afirmar que las del españolito medio están por los suelos. ¿El principio del fin o el fin del principio? Sembremos la esperanza. Quizás la caja del futuro, siempre caprichosa, nos regale en este caso las imagen más favorable del siempre arriesgo juego de los espejos entre realidad y expectativas. A lo mejor, al igual que no somos tan guapos como nos vimos, tampoco seamos tan feos como nos vemos ahora. Ni su ayuntamiento fuera El Dorado que creyó ser, pero tampoco el anémico Biafra que hoy vislumbra. Quién sabe.

1 Comentario

  1. Estupenda reflexión, muy de agradecer. Y puedo decir que mi impresión es que los funcionarios locales estamos bastante asustados cuando vemos las cuentas municipales, cosa que disimulan bastante bien los políticos. Silban y miran para otro lado. Ciertamente el futuro condiciona el presente. Me ha encantado el párrafo en el que dices

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