La insolidaria y vieja Europa

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Europa anda inmersa en una profunda crisis de identidad. Pudiera decirse que habíamos construido un gigante con pies de barro o, utilizando una metáfora más cercana a la realidad, un edificio con cimientos de dinero bancario y derivados financieros. Éstos no eran una base firme, obviamente, y el edificio, falto de ese apoyo y sin otra estructura que lo soporte, al no haberse avanzado en una integración política y una gobernanza efectiva, se está viniendo abajo rápidamente. Los egoísmos e intereses nacionales lo están derribando inexorablemente. Mientras escribo estas líneas ese familiar cuya existencia no hace mucho el cuerpo ciudadano desconocía, la prima de riesgo, ha alcanzado respecto a Francia los doscientos puntos básicos y superado en España los quinientos. Alemania no tiene prima, porque es el familiar de referencia, pero en los últimos días también está enfermando y el coste de sus bonos a diez años ha superado ampliamente la barrera de los doscientos veinte puntos básicos. La financiación pública, de este modo, se encarece y el gasto financiero va ganando peso frente a otros gastos, destinados al sostenimiento del Estado de bienestar y a inversión. Poco a poco la Europa que conocemos, con un modelo económico en crisis estructural y huérfana de liderazgos políticos, se va haciendo inviable financieramente. No hay rescate posible. Hemos de nadar solos o ahogarnos.

Todas las fórmulas ensayadas hasta el momento en la vieja Europa están fracasando estrepitosamente y no han evitado la recesión. Eso sí, han cambiado gobiernos, se han obviado voluntades democráticas entregando el aparato del Estado a grupos de tecnócratas que, por cierto, desde el sector privado del que la mayoría provienen contrajeron muy posiblemente graves responsabilidades en la consecución de la situación actual. Miren ustedes las pasadas nóminas de Goldman Sachs y verán. Mientras se recortan los estados de gastos de los presupuestos públicos y se trata de estabilizar los de ingresos, en caída libre en los últimos años, con mayores cargas a los ciudadanos, se destinan fondos multimillonarios, en euros, al rescate de entidades financieras en toda Europa, ya sea como préstamos ya como inyecciones directas en capital. La deuda pública crece, el déficit, en la apuntada coyuntura de caída de ingresos, apenas puede contenerse o rebajarse. El coste financiero que han de afrontar los presupuestos públicos, en ese contexto y gracias a los manipulados mercados, se dispara al alza para los países del euro, reduciendo así los márgenes para el gasto social o productivo y dificultando la reducción del déficit público. El paro aumenta.

En nuestra vieja España cunde el desconcierto y, pese a las recientes elecciones, el desaliento. La política, lejos de acercarse al ciudadano y compartir con él los problemas proponiendo soluciones, duras o blandas, progresistas o conservadoras, expansivas o restrictivas del gasto, se aleja y se encastilla en el sacrosanto modelo constitucional surgido de aquel aquelarre de cesiones mutuas que fue la transición y que permitió a los que venían de atrás seguir aferrados al poder económico y el dominio social y a los que llegaban dominar, acaso nominalmente, el apartado del Estado y la administración en todos sus niveles. El ciudadano es, para ese mundo, el que ha de llenar las urnas periódicamente para repartir cuotas en los innumerables, redundantes e ineficientes niveles de administración, muy autónomos todos ellos, eso sí. No hay democracia participativa, ni fuera ni dentro del sistema de partidos. No hay contraste efectivo de programas ni explicación leal de la realidad. Vota, y ya veremos.

Hay que romper esta inercia. Radical y responsablemente. Y faltan líderes que miren más allá de su corralito electoral. Merkel, con su vehemente “nein, nein, nein” es la expresión máxima del egoísmo y la insolidaridad que está destrozando Europa y que acabará enfrentando, ante la inacción de sus gobiernos, a sus ciudadanos. Europa está integrada, sí, en sus deudas, pero está huérfana de liderazgos efectivos, ayuna de mecanismos de gobernanza económica, alejada de los más mínimos requerimientos democráticos y dominada por estructuras tecnocráticas desconocidas para el común de los ciudadanos europeos. Esta Europa, este modelo de Europa, es hoy el problema y la actitud del gobierno alemán su máxima expresión. Si no podemos actuar juntos, si no somos capaces de buscar soluciones juntos, si las instituciones comunes sólo sirven a los poderosos y, a la postre, para que los poderosos decidan cómo se reparte la pobreza que nos imponen los tiempos, no merece la pena continuar adelante.

La cosa no va mejor en España. Pero esa es otra historia. Hoy prefiero no escribir sobre ella. Prefiero mirar el coste del bono alemán y las primas de riesgo. Quizá de los mercados, en su soberbia e indecencia, esté finalmente la solución. Tan libres de controles creen estar que quizá aprieten en demasía a los dominados. Y provoquen la reacción.

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Doctor en Derecho por la Universidad de Zaragoza (1997) ocupa plaza de Profesor Titular de Universidad en la misma Universidad y cuenta con acreditación nacional a Catedrático de Universidad (2015). Ha impartido docencia en la Universidad de Zaragoza desde 1992. Autor de numerosas publicaciones y, en particular, de siete monografías sobre contratación pública, derecho urbanístico, de vivienda y Estado autonómico, y coordinador de cuatro volúmenes colectivos, sobre la última reforma bancaria, la corrupción en España, regeneración urbana y contratación pública. Es vocal de la Junta Consultiva de Contratación Administrativa de Aragón en representación de los órganos de contratación del sector público autonómico aragonés (2017-). Fue Director General de Vivienda y Rehabilitación (2003-2005 y 2009-2011) y Director General de Urbanismo (2005-2007). Actualmente es Secretario General Técnico de la Presidencia del Gobierno de Aragón (2015-).

1 Comentario

  1. Y tal parece que los interesantes artículos se los lleva el viento. Porque el ayuno de mecanismos de gobernanza, también se presenta en el mundo de la auditoría y fiscalización.

    El viento de la primavera árabe se llevo la alabanza. La alabanza a la autoridad, como forma de vida, plena de elogios, celebraciones, y hasta mostrarse satisfecha, al extremo de la vanidad.
    Y los vientos han dejado sentir la indignación, sin embargo, las instituciones continuan imperturbables ante un cambio que evaden entender. Tal como en la Organización Internacional de Entidades Fiscalizadoras Superiores (INTOSAI) que nos ha informado, como Actualidades, que ha presentado en octubre del 2011, propuesta de Resolución para la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde se «alaba explícitamente el papel de la INTOSAI y convida a los países miembros de las Naciones Unidas a aplicar los principios de las Declaración de Lima y de México» (www.intosai.org).

    Sin embargo, ante un continente amenazado por la profundización de la crisis, ha resultado de interés preguntarle a un miembro de la Sala III «Acciones Exteriores» del Tribunal de Cuentas Europeo (TCE) Juan Ramallo, ¿Cuáles son las carencias en los tipos de control que predominan en el TCE? Es decir, se interroga sobre las deficiencias o debilidades del control. Pero eludiendo la pregunta el funcionario del TCE, responde «Más que hablar de carencias, me gustaría resaltar sus virtudes» (Revista Auditoría Pública, Número 55, noviembre 2011).

    Por lo que se acepta que, las virtudes son cualidades morales, no competencias institucionales. Pero de lo que se trata, es evidentemente de responde: ¿Sí los controles del TCE acusan errores o debilidades, y cuáles son?

    Pero si la concepción imperante en el mundo de la auditoría y fiscalización, se ha reducido a la alabanza y congratulación. Que por más de 50 años (vida de la INTOSAI) ha ponderado sus éxitos, pero que evade reconocer en público sus fracasos.

    En el fondo, la crisis es también crisis (no reconocida) de la Institución de Fiscalización. Aunque las grandes murallas que sostienen la alabanza a la autoridad han impedido que el viento fresco del otoño, permita caer las hojas como al actual modelo de auditoría y fiscalización.

    ¡Las instituciones de auditoría y fiscalización también son gigantes con pies de barro!

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