Los populismos ya están aquí, para quedarse. Para quedarse porque los reclamamos, porque nos seducen por sus grandes palabras, por sus consignas, por sus ideas simples, por señalarnos a un enemigo al que odiar. Dan miedo, pero los votamos, aquí y en Sebastopol, como muestra cierta del espíritu del siglo que nos ha tocado vivir. Y, contra el populismo, no queda otro antídoto que el de la libertad y el de la responsabilidad individual, el del resistirnos a seguir a la manada al despeñadero, el no importarnos el sentirnos señalados por los dogmas narcotizantes. Son tiempos de populismos de todo tipo, de derechas, de izquierdas, que nos conducirán – porque así los alentamos con nuestros votos – hacia la confrontación inevitable que anida en su propio ser.

Esa llamada del tam-tam ancestral, de los gritos de guerra, de la magia del chamán, de las pinturas identitarias, de la cabeza cortada del enemigo, resuena en nuestro ser. No queremos ser ya persona, preferimos vibrar con el grupo, sentirnos tribu. El espíritu de la tribu, el sentimiento profundo que nos disuelve en el grupo, que anula nuestra individualidad para confundirla con la de los “nuestros”, con nuestros valores, creencias, chamanes, antepasados y enemigos externos. Ya Popper advertía sobre irracionalismo inmanente en el ser humano que le empuja a renunciar a sus propias responsabilidades y a su libertad para cederla en exclusiva al grupo y a su líder. En estos tiempos de desconcierto comenzamos a reclamar seguridad y eso sólo nos la pueden conceder las grandes palabras del populismo de turno, que solución tienen para todo. Y por seguir el señuelo de esas promesas, ocultas bajo los luminosos ideales, estamos dispuestos a adormecer a nuestro espíritu crítico y a no querer ver las graves contradicciones de los que dicen una cosa y hacen otra. Entre los ideales y la realidad, nos decantamos por los ideales, sin ser conscientes – o sí – de sus consecuencias calamitosas.

De todo ello reflexiona Mario Vargas Llosa en su último ensayo, La llamada de la tribu, en su línea de defensa de un liberalismo que considera más necesario que nunca. Y lo hace en forma de biografía intelectual. El premio nobel de literatura se propone dar a conocer, desde el nacimiento de Adam Smith en 1723, aquellos pensadores que más le han influido en el desarrollo de su pensamiento y su construcción intelectual, que le llevó desde el comunismo de su juventud hasta el liberalismo de su madurez. Su prosa siempre limpia, tersa, hermosa y entendible, nos guía por las vidas y obras de los que considera siete grandes de las ideas liberales, Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raumond Aron y Jean-Francois Revel.

El mundo – occidente al menos – se encamina de nuevo hacia los populismos, antesala peligrosa de los totalitarismos. La llamada de la tribu resuena en nuestros adentros y, después de tanto luchar, nos apetece dejarnos llevar por la corriente, por el abrazo cálido y cómodo de los grandes ideales, del canto de un mundo de buenos – nosotros – y de malos, ellos. La responsabilidad individual es incómoda, por exigente. No queremos vivir en la permanente complejidad de la realidad, queremos dejarnos abrazar por la inequívoca certeza del ideal.

Llosa, como la mayoría de sus predecesores intelectuales, considera que el liberalismo, en sus distintos grados, precisa de una sociedad democrática y de un Estado de Derecho y garantía social. La economía de mercado no funciona en las dictaduras, porque a largo plazo terminan generando oligopolios al favorecer a los propios y castigar a los disidentes. El liberalismo nunca se opuso a un estado fuerte, lo que abomina es el estado excesivo, el que aplasta al individuo, a su libertad y su creatividad emprendedora.

Pero sigamos al escritor hispano-peruano en su apasionante camino tras la huella de aquellos pensadores que le marcaron la senda y comencemos por Adam Smith. En 1776 vio la luz la primera edición de La Riqueza de las Naciones sin que Smith fuera consciente de la enorme influencia y repercusión que su obra tendría para la humanidad a partir de entonces. Vargas Llosa resume bien una de sus principales aportaciones: «Fue insólita la revelación de que, trabajando para materializar sus propios anhelos y sueños egoístas, el hombre común contribuía al bienestar de todos». Se trataba de la famosa mano invisible del mercado, que tendía a equilibrar producciones y precios. El liberal actual sigue confiando en esa mano libre, aunque considera necesario el papel del estado para garantizar las reglas de juego y la igualdad de oportunidades reales a todos los ciudadanos. Incluso se va a más con el concepto de liberal-social, que pide libertad de empresa, respeto a las libertades individuales y empresariales y aliento a la libre competencia, pero que apoya las políticas públicas de sanidad, educación, pensiones y desempleo. Los populismos recelan de la iniciativa y de la libertad individual, deseosos de la homogeneidad de la tribu, del grupo cohesionado por la bondad de los grandes ideales que representa.

Llosa otorga en su obra un merecido protagonismo a Ortega y Gasset. En 1922 Ortega publicó el primer libro que le consagraría como gran ensayista. En la España invertebrada ya anunciaba el peligro que supondrían el nacionalismo vasco y catalán para la convivencia en España. No se equivocó, como podemos comprobar en nuestros días, un siglo después de sus proféticas disquisiciones. Y Vargas Llosa lo sabe por propia experiencia. Vivió en Barcelona cinco años, a mediados de los setenta, cuando el independentismo era absolutamente residual y era despreciado por el movimiento intelectual del momento. «El independentismo languidecía, confinado en minúsculos sectores tradicionalistas y marginales» – escribe el nobel para continuar – «Sin embargo, desde la instauración de la democracia y la creación del régimen autonómico, tanto en Cataluña como en el País Vasco, gracias a las transferencia a las autonomías regionales de importantes responsabilidades administrativas, políticas y sobre todo educativas, los sectores nacionalistas en el poder iniciarían una activa campaña de difusión ideológica, acompañada de falsificaciones históricas y una empeñosa política para expandir el catalán y el euskera y erradicar el español, que, al cabo de los años, daría frutos, resucitando el tema independentista hasta convertirlo en la mayor amenaza para la democracia española». No parece que Ortega ni Llosa vayan muy desencaminados, no….

Pero la obra más importante de Ortega fue La rebelión de las masas. Concluía la primacía de las élites para dar paso a la preeminencia de las masas, de las gentes normales confundidas en el gran grupo, que animarían a movimientos totalitarios y de culto al líder, como los fascismos y comunismos. De alguna manera, en los populismos actuales – de izquierdas y de derechas – sentimos el inequívoco aliento de las masas, que exigen autoridad, consignas simples para creer ciegamente y un enemigo al que odiar. Un inequívoco regreso al espíritu de la tribu que Ortega bautizara como rebelión de las masas y que hoy conocemos como populismos, condenados, por sus propias dinámicas, a la confrontación anunciada.

Friedrich von Hayek (1899-1992) fue uno de los más influyentes pensadores liberales del siglo XX. Siempre afirmó que la libertad de empresa no es sostenible si no existe un estado de derecho que la ampare y un sistema democrático que la comparta. Enemigo acérrimo de la ingeniería social, de los idealismos aplicados para conseguir la sociedad perfecta, a la que acusaba de estar detrás de los grandes desastres del siglo XX, prefirió contrastar sus ideas con la realidad y el pragmatismo con el idealismo. Karl Popper (1902-1994), abominando del totalitarismo nazi, escribió su famosa obra La sociedad abierta y sus enemigos, en la que defendió la democracia libertad, respetuosa con las libertades individuales y la libertad de empresa, complementada con una educación pública de alto nivel e instituciones de seguridad y redistribución como pensiones, salud o desempleo, cimentando los principios del nuevo liberalismo.

Raymond Aron (1905-1983) pasó una vida intelectual defendiendo, según Vargas Llosa, «la democracia liberal contra las dictaduras, la tolerancia contra los dogmas, el capitalismo frente al socialismo y el pragmatismo contra la utopía». Su gran sentido común no lo hacía polémico ni vistoso, como pudiera serlo su contemporáneo Sartre, que dio pie en los sesenta a la malévola afirmación de que «era preferible equivocarse con Sartre que tener razón con Aron». Igual ocurre ahora. Frente a la belleza de una consigna redonda, ¿qué futuro tiene quien vende pragmatismo y sentido común? Isaiah Berlin (1909-1997), consciente del modo determinante en el que las ideas terminan condicionando la realidad, advirtió del peligroso desfase que a veces se produce entre las palabras y los hechos, entre el ideal y sus consecuencias prácticas. El viejo maestro volvería ahora para advertirnos contra las fáciles y contundentes propuestas de los actuales populistas, ignorantes en grado sumo de las terribles consecuencias que producirían en nuestra sociedad si les dejáramos ponerlas en práctica.

Al populismo le encanta el deber-ser, el ideal, desdeñando una realidad fea, compleja. Pinta el mundo de blancos y negros, cuando la realidad exige grises. A Jean-Francois Revel (1924-2006), la realidad práctica, los hechos, las consecuencias, le interesaban más que las ideas y las consignas. En su obra advertía de que la pulsión totalitaria sigue latente entre nosotros – hoy la podemos advertir latente en los populismos – y que utilizará los propios mecanismos de la democracia para infiltrarse en ella para destruirla, como denuncia en su obra Cómo terminan las democracias.

En estos tiempos en los que abrazamos el populismo, la lectura de La llamada de la tribu nos hace pensar y reflexionar. Si aún no se ha pintado con las pinturas de guerra a las que le induce su chamán, le recomiendo vivamente su lectura. Amemos a la libertad inestable antes que a la enervante danza tribal que siempre, siempre, terminará aniquilándonos.

1 Comentario

  1. Sabrá Mario Vargas lo que es formar parte de un grupo, sabrá lo que es trabajar en Mercadona, en Amazon, en el Corte Inglés, en un bar, en Raynair, en Domino’s, en el metro con el amianto… Sólo el grupo te hace fuerte, si nos tocan a una nos tocan a todas y corren tiempos difíciles para la clase trabajadora, para los pensionistas, viudas, paradas y parados, mayores de 52 años y sobretodo para nuestros hijos e hijas sin futuro, hacer libros no es fácil y es mucho menos que poder vivir como asalariada pagando un alquiler o hipoteca. Pienso que el populista es él, sin una pizca de empatía en la sociedad española.
    Trabajadora, servidora pública, hija, madre y sindicalista.
    Paz Moreno.

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