La Meritoria Laboriosidad de Nuestros Próceres

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La Meritoria Laboriosidad de Nuestros Próceres Nos asomamos al vértigo de lo desconocido. Jamás antes la humanidad había sufrido una crisis tan descomunal. La llamamos global, que suena más cosmopolita, y amenaza incluso con superar a la Gran Depresión. Los economistas y los augures de las finanzas públicas se jactaban de que nunca se repetiría el drama de los años treinta, puesto que ya habíamos aprendido la lección. Jamás volveríamos a caer en el error. Pero la realidad se encarga de destruir el castillo de nuestras convicciones y hete aquí que nos enfrentamos a un monstruo desconocido. No tenemos ni la menor idea de cómo hacerle frente. La mayoría de los gurús vaticinan la catástrofe, pero nadie se atreve a recetar algún fármaco medianamente eficaz. Miramos el panorama de cada semana y nos aterra. Los bancos norteamericanos se encuentran, al igual que su industria automotriz, al borde de la quiebra, sobreviviendo únicamente gracias a la respiración asistida de una administración Obama a la que el déficit se le dispara sin que el enfermo ofrezca síntomas de recuperación. En Europa las cosas andan más o menos igual. Los Países del Este caminan hacia una suspensión de pagos tipo Islandia, los bancos están más que tocados y la industria se resiente severamente. Si no que se lo pregunten a Saab y a otras tantas que agonizan sin remedio. En España tenemos la triste originalidad del desempleo, que desborda cualquier previsión fatalista. Este año superaremos los cuatro millones de parados y no sabemos hasta cuánto ascenderá.

Ante esta conmoción, nuestro intelecto sólo alcanza al estupor. ¿Cómo hemos podido llegar aquí? ¿Cómo seguimos escarbando? Y, sin quererlo reconocer, miramos con espanto el futuro que nos tememos. El efecto Obama se retrasa… ¿quién podrá ayudarnos a salir de esto? La verdad es que nadie lo sabe. Todos estamos inmersos en una gigantesca trampa de deuda de dimensiones tan gigantescas que ni siquiera los propios Estados podrán taparla. La naturaleza del problema es financiera y desde ese ámbito tendrá que venir la solución. No sabemos si a alguien se le ocurrirá la idea genial, o simplemente será el tiempo el que termine por cauterizar el actual tumor sangrante. Banqueros, estadistas, ciudadanos, currantes, autónomos… nadie se libra del desconcierto por su futuro. Tampoco los funcionarios, hasta ahora bien cobijados bajo la sombra de un presupuesto público que podría menguar en próximos ejercicios. El futuro está por escribir. Por eso, como nadie sabe nada, nos podemos poner del lado de los catastrofistas, imaginando escenarios pavorosos, o del lado de los optimistas, que creen que en el próximo 2010 la cosa comenzará a remontar. Ninguna de las dos opciones se fundamenta en argumentos racionales ni lógicos. Para no sufrir, yo me apunto a los segundos, sin más base que el puro deseo de supervivencia. Probablemente, la crisis se irá algún día sin avisar, cuando menos se espere, al igual que ha llegado a instalarse entre nosotros. Los economistas ya explicarán después, sesudamente, con sus curvas de demanda agregada y estímulos fiscales, las razones por la que la Bestia huyó tras destrozar nuestro poblado y llevarse a las doncellas más hermosas. Incluso condecoraremos a algunos de ellos por su clarividencia y erudición tardía.

 Y, como no entendemos nada, miramos hacia nuestro panorama político para reconfortarnos con el esfuerzo que realizan nuestros laboriosos próceres. Los vemos más ocupados que nunca, corriendo sin cesar de aquí para allá, prodigando declaraciones y consejos. ¿Qué hacéis?, les preguntamos. Pues solucionar nuestras crisis, nos responden. ¿La económica?, les insistimos. No, no, de esa que se encarguen Obama y Brown – nos responden – que para eso son anglosajones. Nosotros a los nuestro, que es a la confrontación caníbal. Ya sabes, te cambio un cromo de espionaje por una cacería, te anulo el envite de las corruptelas por el espectáculo de un ministro que caza sin licencia. No lo olvides – nos guiña maliciosamente el ojo – que una crisis, con otra se tapa.

 ¿Cuántas horas habrán dedicado sus señorías a estos menesteres mientras nuestras haciendas se hundían en el precipicio? Quizás sea mejor así – nos recuerda el escéptico -, porque si esta tropa se dedicara de verdad a la economía es cuando tendríamos que pensar en cambiar de geografía. Con la bronca, al menos los tenemos distraídos y así no se dedican a destrozar lo poco que queda de sano entre las ruinas en las que se están convirtiendo nuestro país y nuestra sociedad.  

 A pesar de todo, algún día saldremos. Mucho ánimo.

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Manuel Pimentel Siles es Licenciado en Derecho y Diplomado en Alta Dirección de Empresas además de ingeniero agrónomo. Fue Diputado en el Parlamento Andaluz, Secretario de Estado y Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales.

4 Comentarios

  1. Lúcido post de Manuel, un poco más pesimista que de costumbre quizás. El tema da para mucho y ya hemos escrito bastantes cosas a propósito del tema. Apunto algunas ideas que me rondan

  2. Al leer hoy el EBEP 7/2007 y el Estatuto de Trabajadores y los Convenios
    Colectivos 1978-2009, Niemöller terminaría sus versos

  3. En estos momentos se han reunido una comisión de expertos para desarrollar el EBEP. Como podiamos organizarnos para que cambien esa sancion perpetua, de no haber sido separado del servicio.

    e

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