La nueva normalidad

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La Nueva Normalidad

Nos encontramos todos ansiosos por llegar a lo que se ha llamado nueva normalidad. Y pienso que, como con el término democracia, el hecho de poner calificativos es para disimular que no se trata del mismo concepto. Las democracias orgánica, popular, participativa, bolivariana, etc. precisan añadir el calificativo por el hecho de que el término democracia no las define, son otra cosa. Así, se habla de nueva normalidad para dorarnos la píldora de que nunca vamos a volver a la normalidad anterior a la pandemia. Y aquí, creo que todos tenemos derecho a decidir o, como mínimo, saber de qué se trata.

Durante el período de alarma los españoles hemos visto afectados nuestros derechos constitucionales. Lógicamente el virus ha comprometido gravemente el derecho a la vida y ha afectado a la protección de la salud. Pero no de forma genérica, sino obligando a autoridades y sanitarios a hacer un indeseado triaje para asignar los recursos disponibles. Y aquí y ahora, en mi modesta opinión, no es momento de juzgar por el retrovisor si las elecciones hechas fueron todas acertadas, que seguro que no, pues errare humanum est y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero otorgando la presunción de inocencia a todo el mundo por lo pasado y juzgando solamente lo que se pudiera demostrar que ignoró el límite de lo punible, de cara al futuro hay decisiones fundamentales en las que todos debemos participar.

Ante una eventual emergencia futura, con los mismos medios disponibles, ¿queremos convertir las residencias de ancianos en hospitales temporales o en mataderos?; ante la escasez de equipos de protección, ¿daremos bolsas de basura a los sanitarios o se debe intervenir el libre mercado de estos productos?; para prevenir posibles pandemias, ¿sobredimensionamos nuestros recursos sanitarios o establecemos prioridades en la asignación de recursos?; si decidimos que los medios preventivos y de intervención crezcan frente a futuras eventualidades, ¿lo queremos pagar con más impuestos o recortando gastos?, etc., etc.

Pero la próxima anormalidad (nueva normalidad hablando en términos políticamente correctos) nos enfrenta a viejos enemigos conocidos, como es la caída de la tasa de empleo, contención o caída de sueldos y pensiones, recortes de ayudas y derechos sociales, y demás recetas del “tío Mariano”, aunque ahora le tocará aplicarlas a quienes entonces se opusieron.

Cabría pensar en que es una alternativa optar por la política al estilo del “new deal” impulsado por Franklin Delano Roseevelt para luchar contra la depresión de 1929, pero el intento al uso propuesto por Rodríguez Zapatero con su Plan E (Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo) a finales de 2008 es un sonrojante fracaso que más que estimular la economía la deprimió aún más con un aumento del déficit público a cambio de gasto improductivo. En cualquier caso, es seguro que el inicio de una política de este tipo nos privaría de las ayudas de la Unión Europea, en virtud del seguro veto de los países “frugales”. Cierto es que la amenaza un aumento de gasto público puede servir de estímulo a estos países para contener sus ansias de apretar el gatillo del veto.

Esta reflexión nos lleva a otra, que no es más que la constatación de que los términos en que se aplica el Tratado de la Unión Europea han variado y puede hacer que algunos se replanteen la cuestión. Parece que tener como socios a países como Alemania o Francia es deseable, pero depender de socios como Holanda, país que se permite criticar a la Europa del sur por su falta de contención, obviando que la deuda privada de Holanda es del 242% de su PIB. La deuda corporativa de sus deudas es del 140% del PIB, a lo que hay que añadir que la deuda de los particulares es del 102% de su PIB, casi toda por créditos hipotecarios.

En resumidas cuentas, vamos alegremente pastoreados hacia una normalidad diferente a la que dejamos antes de la pandemia, pero sin que nadie nos pregunte sobre hacia dónde dirigirnos, ni a qué renunciar y qué es irrenunciable para cada uno. Claro que la situación sanitaria dista mucho de dar por finalizada la crisis del coronavirus, lo que hace poco recomendable convocar unas elecciones que pudieran servir de medio de contagio masivo.

2 Comentarios

  1. Ciertamente, nadie nos pregunta lo que queremos, porque los políticos ya han decidido por nosotros aquello que nos conviene. Es la nueva democracia, en donde vamos a votar cada cuatro años, y ahí se terminó. Porque ¿quién sabe mejor que uno mismo lo que desea y le conviene? El político, por supuesto. ¿Para qué nos van a preguntar? ¡Si ya nos preguntan cada cuatro años!
    Nuestros derechos fundamentales quedaron limados durante el estado de alarma. Ahora están mucho más limados, sin estado de alarma alguno. Viene un consejero de sanidad de una comunidad autónoma y declara que no puedes salir de tu pueblo; o que los ancianos en residencias no pueden salir de su habitación (hasta un preso tiene el derecho de airearse).
    Así que convengo con usted, nos pastorean y estamos muy alegres de haber cedido nuestra libertad para que otros nos digan lo que nos conviene o no, cuándo y en qué número podemos reunirnos con quien nos apetezca, y cómo tengo que tomarme una copita de vino (sorbo, mascarilla, sorbo, mascarilla, qué delicia).
    Un cordial saludo

    • Alfonso, creo que coincidimos en el diagnóstico. Es lógico que la seguridad y la salud públicas permitan imponer limitaciones al libre ejercicio de los derechos de la ciudadanía, pero debería hacerse con más criterio. Y contar con la opinión de los afectados.
      Un cordial saludo

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