La reorganización municipal

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Un Ayuntamiento español ha decidido asumir una reestructuración y dentro de la organización se ha producido un gran revuelo. Ello puede acabar enfrentando a los responsables políticos y los empleados públicos y ambas partes pueden tener razón. Veamos algunos de los puntos que llevan a este desbarajuste, teniendo en cuenta que el supuesto no coincide con una Corporación y los datos, de un sitio u otro, se han novelado a conveniencia del autor.

Supongamos que hay dos servicios que cabría considerar de máxima trascendencia para el buen funcionamiento del Ayuntamiento y que son, como las fincas de la reforma agraria, “manifiestamente mejorables”. También hay otros servicios de menor importancia o en los que las competencias municipales han sido aminoradas por la poco razonable y no sé si muy sostenible Ley de Racionalización y Sostenibilidad.

Los miembros del equipo de gobierno han hecho un análisis de la situación con un diagnóstico certero, habiendo decidido promover la externalización de uno de los servicios esenciales, para que sea prestado por una empresa, ya que no le resulta posible promover la contratación inmediata de los técnicos y personal administrativo que requeriría un óptimo funcionamiento. Por otra parte, con los funcionarios liberados por la externalización, más algunos empleados trasladados de los departamentos menos determinantes, se piensa reorganizar el otro negociado esencial para los ciudadanos.

Analizado lo anterior, supuesto que la actividad transferida a una empresa privada no suponga ejercicio de autoridad, no se ve motivo para la oposición. ¿Dónde está el fallo?

A nuestro modo de entender el error ha sido garrafal y hubiera sido evitable.

En primer lugar la idea del equipo de gobierno ha sido muy buena, brillante. Ha hecho un análisis de la gestión, ha detectado puntos de mejora y ha encontrado fórmulas legalmente admisibles para llegar al resultado deseado. Sin embargo desde el inicio ha cometido un fallo, al obrar con absoluto oscurantismo. Es entendible que no se quiera dar tres cuartos al pregonero sobre los proyectos políticos, para evitar campañas y maniobras en contra de la oposición, a la que se ha sorprendido con el pie cambiado, sin tiempo para reaccionar. Tampoco se ha querido dar información a los empleados públicos, para evitar su resistencia. Pero no se ha tenido en cuenta que la resistencia al cambio se da en toda organización por principio y que la forma de vencerla no es la sorpresa, sino la comunicación y la participación de los afectados en los procesos de cambio.

Ahora, lo que en principio era una buena idea, se ha tornado de un lado en una maniobra oscura para dar un negocio a una empresa (seguro que son unos amiguetes), en una actuación antisindical por no haber dado información suficiente a los representantes de los trabajadores y en una fuente de conflictos con los trabajadores afectados, que lo más probable es que genere numerosos enfrentamientos futuros e insatisfacción en muchos de ellos.

¿Cuál hubiera sido la acción correcta? Probablemente ninguno vivimos en un mundo ideal y ninguna hubiera funcionado al 100 por 100, pero creemos que una buena comunicación, la participación de los trabajadores afectados y la motivación podrían mejorar los resultados.

Cuando somos jefes solemos tender a creer que somos los que más dominamos nuestra dependencia y probablemente algo de razón hay, pues por algo se llega a jefe. Pero aunque se haya escalado a la cima pasando desde el más bajo escalón, quien de verdad conoce lo que hay en su parte de negociado es quien hace el trabajo diario, pues los problemas van evolucionando, al igual que las herramientas que se tienen van siendo mejores. Así un Director puede saber perfectamente lo que la gente pedía al llegar a la ventanilla hace veinte años, pero quien sabe lo que demandan en el mail o a través de las redes sociales hoy es quien maneja esas herramientas. Por ello es fundamental hacer participar a todos.

Por otra parte uno se resiste a cambiar lo que se le impone desde arriba, pero si el responsable de hacer que las cosas se cambien es uno mismo, tratará por todos los medios demostrar que no estaba equivocado, procurando que funcione y no poniendo palos en la rueda.

Finalmente, la transparencia no consiste únicamente en cumplir los requisitos de la Ley que será de aplicación el 11 de diciembre para los Ayuntamientos (por cierto, para ser transparente ¿es imprescindible esperar a dicha fecha para colgar en la web las declaraciones de intereses de los Concejales?), sino que sobre todo consiste en dar sentido al sentido coloquial del término. No hacer las cosas con oscurantismo, llevando el expediente masticado y digerido, para su ejecución sin debate.

2 Comentarios

  1. Tienes razón Fernando, aunque lo de la «externalización» es algo que muchos rechazamos no por corporativismo, sino porque creemos que los empleados públicos somos capaces de hacer las cosas, como mínimo, con la misma eficiencia que el sector privado. Sobre todo, en los servicios principales. Y a menor coste.
    Un abrazo.

    • César, comparto tu opinión, pero en la actual situación de limitación de plantillas a veces es preferible dejar las cosas menos innovadoras a empresas con experiencia en la materia, y poder implantar o ampliar servicios.

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