Nadar y guardar la ropa

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Nadar y guardar la ropa

Me contaba un amigo, Secretario ya veterano, que hace veinticinco años aproximadamente, en el pueblo vecino, cuyo nombre no diré por razones obvias, se terminó la construcción de las piscinas municipales. Era la época recién recuperada la democracia en la que tocaba hacer piscinas y no sin gran esfuerzo económico local y disciplinadas y reiteradas visitas a diferentes despachos de diversas entidades supramunicipales, al fin se logró la suficiente financiación como para poder tener, hay que decir, unas piscinas bastantes dignas, un buen servicio a los ciudadanos.

Tras los sucesivos avatares que hubo que ir resolviendo antes de poner en funcionamiento el servicio, llegó el momento en que había que contratar al personal necesario para atender las instalaciones. No hubo excesivos problemas en encontrar personal-operario para desempeñar las labores de mantenimiento de las instalaciones, a pesar que no se sabía muy bien cómo funcionaba eso de las depuradoras, el cloro, la recirculación y todo eso.

Vista la normativa reguladora de la  materia y las insistentes indicaciones del Secretario acerca de responsabilidades, el Ayuntamiento se planteó la contratación de un socorrista, máxime cuando la parte más profunda del vaso era de tres metros. Colocados los correspondientes anuncios de contrato de servicios para encontrar alguien interesado, a nadie se encontró con la preparación adecuada; en esa época no era fácil encontrar socorristas ni, por supuesto, empresas que ofreciesen ese servicio. No por ello sin embargo se dejó de presentar alguna solicitud individual. 

El Alcalde, bastante decidido por cierto, no estaba dispuesto en absoluto a renunciar a que las piscinas se abriesen como es debido. Así que, examinadas las escasas solicitudes que se habían presentado, se encontró con una de una señora de aproximadamente cuarenta y cinco años que manifestaba tener conocimientos de socorrismo ya que había hecho un cursillo de primeros auxilios de Cruz Roja de cuatro días, adjuntando a su solicitud un certificado de asistencia. Además manifestaba estar perfectamente capacitada y necesitar el trabajo dada la escasez en ese momento de recursos económicos familiares. Dado por otra parte que en esa época no se quería en modo alguno que se incrementase la plantilla laboral y había obsesión porque no entrase nuevo personal, el anuncio proponía contratar los servicios conforme a las normas de contratación administrativa. Así que al final, ya que la interesada manifestaba reunir los requisitos y además necesitaba el trabajo, se acabó ‘adjudicando’ la prestación del servicio a esa señora, que, eso sí, tuvo que sacar su licencia fiscal y darse de alta en seguridad social de autónomos. Felizmente, así y sin incidentes, terminó la temporada. 

La siguiente temporada, ya con más tiempo por delante se hicieron las previsiones adecuadas y ya se contó con un socorrista federado. Éste, ya en condiciones normales y con contrato laboral “normal”, planteó al Ayuntamiento la posibilidad de impartir cursillos de natación, hecho que al Alcalde le pareció muy bien. La sorpresa fue que entre los alumnos matriculados y que asistieron al cursillo, estaba la señora que había ejercido de socorrista la temporada anterior. Apenas sabía flotar someramente. 

La vida local es (o mejor dicho, era) así de rica y edificante. Dios mío, menos mal que no pasó nada. El Ángel de la Guarda, ya que no pudo pedir el traslado inmediato, debió acabar cenando ese año todas las noches grandes tortillas de Lexatin (recuérdense las propiedades de tan afamado y singular fármaco: enfermedades que cursen con ansiedad, angustia, obsesiones, compulsiones, reacciones emocionales exageradas que surgen de situaciones conflictivas y de stress y en general, en todas las somatizaciones provocadas por la excitación psíquica). Menos mal que en los tiempos actuales el Ángel vive más relajado y hasta se coge vacaciones y moscosos.

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1 Comentario

  1. ¡Deliciosa historia la de la vida local!. Esa anécdota me recuerda otra no menos ilustrativa y que tuvo lugar en el ámbito universitario, pero fácilmente podía darse en la Administración Local. Cierto día, en una Mesa de Contratación de los servicios de vigilancia y seguridad de los Centros de los Campus ( Facultades e Institutos), como novedoso contrato administrativo de un nuevo servicio, el veterano Gerente al filo de la jubilación, al comprobar que tal contrato costaba a la Universidad en torno a los 30 millones de pesetas anuales, manifestó:¡ «En mis últimos veinte años de vida universitaria, no recuerdo que se hubiesen detectado robos o hurtos por ese importe, ni sumando todos los ejercicios, y me temo que si dejásemos sin vigilancia por otros veinte la Universidad, tampoco se robaría por tanto valor». Y es que, a veces, las formas van por un lado, y el sentido común por otro.

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