Nunca la prosa de los boletines oficiales generó muchos adeptos entre el común de los lectores. Funcionarios, opositores y emprendedores expectantes de convocatorias, son los habituales de este género literario que, últimamente, en lo que se refiere fundamentalmente a disposiciones generales, no goza precisamente de atractivo por su calidad.

En lo que se refiere al Derecho europeo, pese a condicionar buena parte de la actividad, obligaciones, derechos y pretensiones de la ciudadanía de la Unión, sus normas tampoco pueden competir con esas obras premiadas, a veces con gato encerrado, que agotan ediciones en las librerías.

Y de gatos sin encerrar hablaré a continuación.

Una nueva norma, sobre bienestar y trazabilidad de perros y gatos, ha sido adoptada el martes 28 de abril, en la pretensión de acabar con los abusos, frenar las prácticas comerciales crueles y proteger la salud de gatos y perros; algo que también vienen persiguiendo las legislaciones nacionales. Obedece a una propuesta, impulsada por la Comisión Europea ya en diciembre de 2023. El término «trazabilidad», que ahora se emplea para todo, no es, en sus orígenes, muy respetuoso con los animales, pues, contra la pretensión animalista, los cosifica, ya que, mercantilmente, la trazabilidad se refiere a la capacidad de seguir y documentar cada etapa de un producto, desde la adquisición de materias primas hasta su producción, distribución y consumo final.

El hecho es que el Parlamento Europeo aprobó por 558 votos a favor, 35 en contra y 52 abstenciones, esta norma para regular la cría, el alojamiento, la citada trazabilidad, la importación y la manipulación de gatos y perros. El nuevo reglamento entrará en vigor gradualmente, con plazos que van desde los 2 hasta los 15 años. Por ejemplo, el nuevo Reglamento, que ya fue acordado con el Consejo, obligará a identificar a todos los perros y gatos de la UE, incluidos los que son propiedad de particulares, con microchips y a registrarlos «en bases de datos nacionales interoperables». No olvidemos que las mascotas también pueden viajar (el tema del transporte público, como la presencia de perros en las playas, es otro caballo de batalla).

La norma aborda muchos aspectos de la cría, transmisión y tenencia de estos animales domésticos y veta, también, la cría de perros o gatos para darles rasgos exagerados o excesivos que generen riesgos significativos para la salud, aunque pretendan hacerse más llamativos, por ejemplo, para concursos.

Las nuevas medidas incluyen la prohibición de la mutilación de perros y gatos para espectáculos, exposiciones o competiciones. También prohíben atar un perro o un gato a un objeto, excepto cuando sea necesario para un tratamiento médico, y el uso de collares de pinzas y estranguladores que no incorporen mecanismos de seguridad.

A los perros y gatos importados desde fuera de la Unión para su venta, se les tendrá que poner un microchip antes de entrar en la UE, y se les deberá registrar posteriormente en una base de datos nacional. Registro que se deberá hacer antes de la llegada de la mascota, a menos que esta ya esté registrada en la base de datos de un país de la UE.

La ponente de la disposición, la checa Veronika Vrecionová, del Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), señaló textualmente que «Hoy hemos dado un paso importante para ordenar el comercio de perros y gatos en la Unión Europea. Nuestro mensaje es claro: una mascota es un miembro de la familia, no un objeto o un juguete. Por fin vamos a tener normas más estrictas sobre la cría y la trazabilidad que nos ayudarán a plantar cara a quienes ven a los animales como una forma de obtener beneficios rápidos. Al mismo tiempo, garantizamos condiciones equitativas para los criadores honestos de la UE».

Esta legislación, que parte del inmenso número de ciudadanos europeos –un 44 %- con perro o gato, debe ser ahora adoptada –aunque ya hay acuerdo, como se ha dicho-por el Consejo, antes de su entrada en vigor.

Las cifras ofrecidas por la UE son muy relevantes: «el comercio de perros y gatos ha crecido considerablemente en los últimos años y tiene un valor de 1.300 millones de euros al año». Y según la Comisión, alrededor del 60 % de los propietarios compran sus perros o gatos en línea. Esto parece una equiparación con la adquisición de una vianda o un electrodoméstico, pero también impide los ya prohibidos comercios con animales en los escaparates, en condiciones nada confortables, como ocurría hasta hace bien poco.

Como es obvio, los Estados pueden mantener sus normas si no contradicen al reglamento europeo o, incluso, aprobar normas más estrictas y tuitivas, pero no más permisivas. Como sabemos, en España, es la Ley 7/2023, de 28 de marzo, de protección de los derechos y el bienestar de los animales (que también modifica la Ley 32/2007, de 7 de noviembre, para el cuidado de los animales, en su explotación, transporte, experimentación y sacrificio),.la que se ocupa de esta cuestión, sin que parezca haber colisión por infratutela con la europea, en cuyo caso, prevalecería el inminente reglamento de la UE.

La norma europea, como la española, hablan y mucho de maltrato por acción u omisión, pero –lo entiendo- no se han atrevido a prever, por lo difuso, escurridizo y problemático en lo probatorio-, el discurso de odio frente a los animales de compañía. A muchas personas nos pueden gustar los perros o los gatos (es mi caso) y a otras muchas, no. Incluso hay quienes tienen pavor a cruzarse con un perro o se manifiestan alérgicos y temerosos a las uñas o pelo de un pequeño felino. Pero de ahí a odiar las especies, debería mediar un abismo.

Pero no media. Pongo un ejemplo reciente. Ha sido noticia en las últimas fechas la presencia de un lince ibérico, apodado «Veneno», deambulando sin oposición por las calles del pueblo toledano de Cabañas de Yepes, de poco más de trescientos habitantes. Lo que más destacan los medios y las redes sociales no es tanto la familiaridad con los humanos de esta especie felizmente recuperada -como ha ocurrido en mi tierra con el oso pardo-, sino que se trata de un voraz cazador de gatos a los que encuentra por la calle que no es lo mismo que gatos callejeros. Los comentarios en la prensa digital y en las referidas redes, me han dejado impactado por la ignorancia, en muchos casos, de quienes se creen zoólogos o etólogos -ya sabemos que en este país todos sentamos cátedra de cualquier tema- pero, sobre todo, por la multitud de manifestaciones de odio, de bilis putrefacta hacia los gatos. Antes lo he dicho: a mí me gustan mucho estos animales, pero comprendo que haya quienes no profesen ese aprecio y rechacen su cercanía. Como en todo. Pero decir brutalidades como que alquilen el lince para exterminar las colonias felinas y todo animal que salga fuera de la casa de sus humanos, hay un enorme trecho. Comprueben lo que les digo. Además, repito, ese discurso de eliminación dice tonterías como que los mininos están llenos de parásitos y suciedad, como si el propio lince se bañara y perfumara a diario con cosmética parisina. Y en cuanto a la transmisión de enfermedades, ídem del lienzo. ¿Y que son depredadores con pájaros y lagartijas? Cierto y, como todo, hay que controlar su población. Como tampoco, con lo que costó recuperarlo, vamos a censurar al lince, incluso por perseguir al gato, aunque su ecosistema no es un pueblo. Y lo más llamativo es la ignorancia. Repito que lo intenten leer. Estos sabios llenos de furia contra estos animales domésticos, llegan a decir que el gato es (sic) un ser ajeno a la actividad humana, a diferencia del perro. Poca historia saben y desconocen por completo la presencia y utilidad milenaria de estos pequeños felinos en graneros y establos. Quizá porque estos opinadores ignoran lo que es una aldea. Prueba de ello es que confunden, también lo he apuntado, lo que es un gato feral -o callejero- con los gatos de los puebles, que tienen dueños y circulan y socializan libremente por sus caminos, siendo identificados por los vecinos: la gata de fulano, el gato de menganita. Y en cuanto al deseo de exterminar todas las colonias urbanas que quedan (en mi ciudad, aunque un espontáneo escribiera lo contrario, ya no se ven gatos por el centro urbano), estos odiadores parecen no saber que se trata, justamente, de que los gatos abandonados no se reproduzcan. Para ello, personas voluntarias -a las que también se expresa su desprecio y animadversión-, los capturan, esterilizan y retornan (o logran su adopción), sabiendo que ya no habrá más cachorros padeciendo las inclemencias y el maltrato, que sí está penado. Dicho, en resumen, la misión de las colonias, a medio plazo, es que no haya colonias.

Yo tampoco quiero ver perros o gatos abandonados, lo que ocurre todos los veranos. Ni animales atropellados o malviviendo lejos del que fue un hogar supuestamente acogedor. También deseo que no haya colonias, ni comida tirada, ni animales marginados por falta de pedigrí, ni albergues saturados, ni camadas irresponsables, aunque sean domésticas. Pero esa furia felinicida me resulta insufrible, por más que los comentarios anónimos o bajo un seudónimo lo aguanten todo. El artículo 510 del Código Penal limita, de momento, el delito de odio a «personas o grupos», donde no entran los cuadrúpedos que maúllan o ladran. Lo puedo entender. Pero como síntoma de la podredumbre moral de algunos, esos que suelen estar contra el mundo, me sirve el ejemplo penoso que acabo de relatar. Mientras Europa avanza -que no creo que tarde en reparar en este asunto- me quedo con la grata sorpresa de que, en la línea que acabo de exponer en mi personalísima opinión, hay un muro en las redes que responde al curioso nombre de «Juristas animalistas». Ya he dicho que yo no soy un fanático de esa doctrina, por sus excesos y cursilerías, algunas importadas de allende los mares. Pero que haya seres humanos que abominen antes de la existencia gatuna que de ciertos comportamientos de sus semejantes racionales, me merece la más despreciativa de las opiniones.

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