Los buenos alumnos siguen las clases desde el inicio de la actividad académica y van avanzando en el estudio de la materia durante todo el curso. Pero hay otros estudiantes que se van dejando llevar y solamente hincan los codos cuando los exámenes son inminentes. De la primera manera es más fácil aprobar con buena nota, entre otras cosas por haber estudiado más y por el hecho de que los profesores evalúan también el interés mostrado por el alumno, pudiendo tener mayor condescendencia con errores cometidos en el examen. Pero los malos estudiantes pueden también ser alumnos brillantes y, a pesar de estudiar solo a última hora, pueden llegar a obtener sobresaliente.

Del mismo modo ocurre con los responsables del gobierno municipal. El buen regidor desde que es elegido empieza a trabajar en la aplicación de su programa, tratando de llevar a buen puerto la mayor parte de las ofertas que hizo a sus electores. Normalmente los electores, que en este caso son los evaluadores, valoran positivamente el esfuerzo y la constancia de sus Alcaldes y Concejales que a lo largo de los cuatro años han peleado por su pueblo. Y al buen regidor le suelen dar un sobresaliente, en forma de mayoría de su lista electoral.

Pero el “curso” municipal no dura un cuatrimestre o nueve meses, sino que dura cuatro años y la memoria de los electores no alcanza a tanto. Pueden retener grandes “traiciones”, pero los pequeños desencuentros de la realidad con el mundo de ensueño que se pintó en el programa electoral suelen diluirse en el tiempo, entre otras cosas por ser el mundo real absolutamente cambiante, lo que obliga a una continua adaptación y permite dar múltiples explicaciones a lo largo de cuatro años.

Pero al final, siempre llega el desenlace.

En el caso de los estudiantes, la farra y desinterés por la asignatura han de ser compensados, para aprobar, con un ejercicio brillante, pues el profesor va a ser más imparcial que frente a quienes conoce de todo el curso, de los que sabe ya sus fortalezas, que ha tratado de reforzar, y debilidades, contra las que ha intentado ayudarles a luchar. Del mal alumno solo sabe que ha “pasado” de la asignatura, pero tiene el valor de pretender un aprobado concurriendo al examen.

Y en la política pasa algo similar. Al que ha sido un alumno aplicado puede bastarle en el examen, la campaña electoral, hacer un repaso de sus logros e incluso recordar el valor con que se enfrentó a alguno de sus fracasos; el profesor, que es el electorado, ya conoce los hechos y basta con recordárselos. Al contrario, el alumno perezoso ha de hacer valer su derecho al aprobado.

Suele decirse, coloquialmente pero no sin razón, que la política española es una campaña electoral permanente. En términos de la Ley Electoral la campaña comprende exclusivamente los quince días que preceden a la jornada de reflexión, víspera de la votación. Pero lo cierto es que, sin perjuicio del enfoque electoralista que continuadamente se da en política, valorando la conveniencia de iniciativas en función de réditos electorales y repudiando las acciones impopulares que restan votos, cuando la fecha de las elecciones está lejana existe una mayor capacidad de asumir medidas de calado que, aunque produzcan rechazo a corto plazo, a medio y largo serán mejor vistas por producir efectos positivos. Por poner un ejemplo, el soterramiento de la M-30 madrileña, obra faraónica y su simultaneidad con otras de menor calado, pero con gran alcance, provocaron tal caos circulatorio en la capital que durante meses tuvo a los vecinos furiosos con el Alcalde. Sin embargo, las bondades que tal obra ha aportado a la ciudad han hecho que los ciudadanos en general estén encantados con el resultado, y no digamos los propietarios de pisos en las inmediaciones del Manzanares que han visto revalorizarse su propiedad de manera extraordinaria.

Pero en el punto de la “legislatura” municipal en que nos encontramos, casi ningún Alcalde será capaz de iniciar una obra que ponga “patas arriba” el pueblo y dure más de seis meses. Y ello por el sencillo hecho de que las elecciones ya están muy cerca, de forma que ya se están moviendo sillas para ocupar puestos en las listas…

Sea como sea, lo importante es que los actuales regidores deben tener en cuenta que los inicios titubeantes o sesteantes se pueden justificar en la inseguridad derivada de la falta de experiencia, en las condiciones económicas adversas, etc., pero en pocos meses han de pasar examen. Así, que los que no hayan hecho los deberes, que hinquen los codos. Aunque todos prefiramos a los alumnos aplicados, si el mal alumno nos deslumbra con su brillantez, le aprobaremos, aplicando el viejo refrán de que ¡más vale tarde que nunca!

Pero aunque sea ya muy tarde, ¡por favor, hagan los deberes!

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