Ante estos cambios la democracia representativa occidental sigue presente y viva pero cada vez tiene más problemas de legitimidad y de digestión política de estos cambios tecnológicos, económicos y sociales. Hay dos elementos destacables de crisis de la actual democracia representativa:

El primero es que los ciudadanos cada vez se sienten menos representados y con menos estímulos para ser representados. Las limitaciones de los poderes públicos hacen perder la fuerza a los gobernantes elegidos democráticamente. Los representantes no logran defender los intereses de los representados. Pero además, los representados consideran que su rol indirecto tiene cada vez menos sentido cuando pueden ser actores políticos activos por la vía de la democracia colaborativa gracias a la tecnología: o bien por la vía de acciones directas en el ámbito más próximo (movimientos sociales, cogestión de servicios, participación ciudadana y otras formas de empoderamiento ciudadano). El ciudadano culto universal, esta nueva clase social visionada por Drucker (1993) y actualizada por Mason (2016) se automargina de la política clásica y de sus mecanismos formales y opta por una participación política en sus ámbitos específicos de intereses globales o locales.

El segundo motivo de crisis de la democracia representativa actual es que ha dejado de interesar a los ciudadanos más dinámicos y cultivados y va quedando cada vez más en manos  del grueso de la población que cada vez se siente más desubicada, desanimada y temerosa del presente y del futuro.  Los trabajadores que compiten con mano de obra barata de otros países y que perciben su futuro con desánimo por la robotización. Las clases medias que cada vez son más raquíticas. Los padres que están asustados por el futuro de sus hijos. El ejercito de desempleados, cada vez más numeroso, que hay en los países desarrollados. Los jubilados y futuros jubilados que observan con incertidumbre sus ingresos de futuro. Todos estos colectivos se sienten amenazados por la revolución tecnológica, por las incertidumbres políticas, por los desequilibrios sociales y perciben como la democracia representativa y los partidos políticos clásicos no les ofrecen las soluciones anheladas. El tema clave es que una gran parte de las sociedades de los países avanzados se sienten inseguras y lo que buscan y valoran es la seguridad. La seguridad que antes les aportaba la democracia, los Estados y los partidos políticos ya no está al alcance de todos ellos. La ciudadanía anhela tanto la seguridad perdida que son capaces de abandonar sus convicciones y arrojar al vacío a la democracia representativa. Y estamos ante el cambio de moneda conceptual más temible: canjear la libertad por la seguridad. Hay indicios claros de que importa más la seguridad que la libertad en democracia en bastantes comicios electorales recientes en todo el mundo. Se ha perdido el miedo a votar a partidos y líderes demagógicos del tipo chamánico (Lapuente, 2015) que no destacan por sus valores y respeto a la democracia representativa de carácter liberal. Los partidos populistas de extrema derecha avanzan con fuerza en el norte y centro de Europa, los partidos populistas de extrema izquierda hacen sus pinitos en el sur de Europa. En Perú la hija de Fujimori perdió por escasas décimas las elecciones presidenciales. En Gran Bretaña se jugó al abismo con el Brexit y, para sorpresa de propios y extraños, optaron por tirarse al abismo. En Estados Unidos, la democracia más estable del mundo, se atreve a presentar un candidato a las presidenciales tan poco ortodoxo como Trump y gana, para sorpresa general, los comicios.  Y no parece que esta sea una respuesta política coyuntural a una crisis coyuntural. La crisis como cambio de modelo económico y social solo acaba de iniciarse y éstas solo son las primeras respuestas electorales y las que están por venir pueden ser mucho más graves. A principios de 2016 Applebaum, periodista estadounidense, escribió en su columna en The Washington Post que estamos a solo tres elecciones del fin de Occidente: Si se vota a favor del Brexit, si gana Trump en las elecciones de EE.UU. y si Le Pen gana las elecciones en Francia. Los tres escenarios son difíciles de cumplir pero en absoluto imposibles y cada vez más probables. De hecho, en el momento de escribir estas líneas ya llevamos dos de tres. No sé si estos tres resultados electorales supondrían o no el fin de Occidente pero sí que hubieran tenido graves consecuencias. El problema es que en el futuro nos podemos encontrar con teatros electorales concatenados parecidos a éstos y vamos acostumbrarnos a jugar con escenarios políticos cada vez más extremos, inverosímiles y peligrosos.

La percepción social de que no hay una auténtica gobernanza ni económica ni política hace que poco a poco se abandone el lenguaje de la corrección política y se sienta menos temor de tachar a la democracia representativa como inoperante e incluso obsoleta. No hay muchos ciudadanos todavía que se arrojen en brazos de modelos autocráticos pero sí ciudadanos que votan a opciones políticas que defienden de forma implícita valores y políticas de naturaleza autocrática.  Al fin y al cabo la segunda economía del mundo y el país con mayor crecimiento y proyección económica dentro del modelo capitalista tiene un régimen autocrático. China es el contraejemplo que nunca había existido hasta ahora: un sistema autocrático que sintoniza muy bien con el sistema capitalista maduro contemporáneo. China, obviando sus brutales desigualdades sociales y sus impresionantes niveles de corrupción, se está convirtiendo en un paradigma de una nueva relación entre el Estado y el mercado en el que el primero no sucumbe en manos del segundo sino que ambos van de la mano con un proyecto perfectamente planificado y programado. La batuta la posee el Estado, aunque todo el mundo sabe que no es cierto ya que la batuta la posee el Partido Comunista Chino, que ha sido capaz de disciplinar tanto al Estado como al mercado. Pero recordemos que en un país como Perú a casi la mitad de los ciudadanos no les importó votar a una opción hija de una dictadura brutal vestida de democracia formal. Los peruanos estuvieron a punto aparentemente de cambiar la libertad democrática por la seguridad y casi sucumbieron a la demagogia. Lo mismo parece que piensan un porcentaje alto de la población europea y de la norteamericana.  En efecto, en los años que nos separan de 2050, la historia de la democracia se convertirá en una combinación paradójica. Los que no la tengan, tendrán más. Los que la tengan, verán como disminuye. Avanzará en los países autoritarios pero se retraerá en los libres” (Lucas, 2015: 174).

La revolución de la tecnología de la información puede de forma directa e indirecta canalizar en positivo o en negativo el futuro de la democracia hasta el 2050. Por una parte, puede condicionar en positivo por la posibilidad que permite de realizar un seguimiento minucioso de la realidad política e institucional. Con solo unos pocos clics de ratón, un ciudadano preocupado puede descargar infinidad de estudios del Banco Mundial y de la OCDE sobre la eficiencia del sector público y comparar lo que cuesta una obra pública en un país y en otro. Detectar las diferencias y puede descubrir si hay o no corrupción y el volumen económico exacto que ésta representa (Lucas, 2015:178). En este sentido, la sociedad de la información y del aprendizaje puede contribuir decididamente a refinar el sistema político y administrativo. Puede generar potentes anticuerpos sociales de carácter anti demagógico. Por otra parte  puede condicionar de manera indirecta y en negativo el cambio de paradigma económico, laboral y social que generará probablemente una elevada tensión y sensación de inseguridad. Una sociedad crispada es paradójicamente más manipulable (la vulnerabilidad a la manipulación es una de las grandes debilidades de la democracia). De manera indirecta la revolución tecnológica puede estimular opciones políticas demagogas.

Estas dos fuerzas sociales centrífugas (estimulación a la demagogia) y centrípetas (anticuerpos anti demagógicos) van a entrar en contradicción en los próximos años y es difícil pronosticar donde va a incidir más el péndulo. Es probable que durante unos primeros años el péndulo oscile más hacia opciones demagógicas que generaran una mala calidad democrática. Es muy difícil enfrentarse al tsunami de crispación, sensación de inseguridad y temor social. La demagogia con la restricción de libertades civiles sería, lamentablemente, la respuesta más probable. Pero la capacidad de control social gracias a las tecnologías de la información puede contribuir a hacer oscilar el péndulo hacia el otro lado y establecer las bases de una mayor calidad democrática con cambios relevantes en el modelo. Pero este cambio va a depender de la propia crisis del Estado y del sistema de partidos

1 Comentario

  1. Agradecería que se publicarà la bibliografia de los autores citados en los dos artículos sobre “¿Postdemocracia?” del Profesor Ramió Matas.

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