Hay que estar alerta en cómo se puede instrumentalizar de manera política la revolución de la inteligencia artificial. Esta posibilidad es alarmante si se tiene en cuenta tres elementos que actualmente ponen en riesgo a las democracias liberales de cara al futuro: Los países con democracias débiles están en una situación de desconcierto ya que, por una parte, perciben como las democracias consolidadas (Europa y EE.UU.) están en crisis y sus sistemas de gobierno son cada vez más caóticos, contradictorios, lentos e ineficientes en un mundo cada vez más rápido y competitivo. Por otra parte, perciben cómo hay sistemas autocráticos que están demostrando una enorme capacidad de adaptación a los retos tecnológicos y económicos (por ejemplo, China y los Emiratos Árabes) y sus gobiernos responden con eficacia y rapidez a las diversas encrucijadas. Con la excusa del discurso tecnológico estas democracias débiles podrían optar por seguir, por ejemplo, el modelo de Dubái.

Por tanto, hay que estar alerta a estos relatos que pueden intentar aprovechar que la inteligencia artificial ponga en jaque a los actuales sistemas democráticos. Casi todos los autores consideran que estamos ante una revolución tecnológica que transformará de manera radical la economía, las relaciones laborales, las relaciones sociales, etc. Es obvio que también podrá transformar de una manera radical a la política. Este impacto sobre la política puede ser una democracia más profunda, más colaborativa y deliberativa que aproveche la tecnología mediante sistemas de participación directa que puedan capturar la inteligencia colectiva. Con un poder político mucho más transparente, con mayor rendición de cuentas y más sujeto al escrutinio experto de la ciudadanía, etc. Pero, cuidado, que también podría tener una deriva totalmente contraria y poner en duda los valores y la esencia del sistema democrático.

Existe una relación causal evidente entre revolución tecnológica y cambio de paradigma político que es una evidencia empírica si se analiza el impacto de la sociedad de la información durante los últimos diez años. En primer lugar, esta revolución tecnológica ha cambiado el modelo económico capitalista tradicional. La economía está dominada por la infoeconomía (economía de la sociedad de la información). Los motores de la economía, las empresas con más capital e influencia pertenecen a la infoeconomía. Son empresas que operan con lógicas de cuasimonopolios (Mason, 2016) y que con el argumento disruptivo no respetan las convenciones económicas y legales: operan sin competencia real, apenas tributan fiscalmente, no respetan las reglas laborales más esenciales y quebrantan el principio de privacidad y confidencialidad de los datos personales de los ciudadanos (Keen, 2016). Es el regreso vanguardista del capitalismo salvaje. Moreno y Jiménez (2018: 151) hacen referencia a un modelo neofeudal en el que los nuevos señores feudales son los plutócratas (empresas y personas que acumulan la mayor parte del capital).  Este cambio tecnológico y económico junto con el impacto de la globalización está manifestando un impacto brutal en las sociedades de los países más avanzados. El resultado es una mayor desigualdad social por la pérdida de empleos derivada de la implantación tecnológica, pero en especial, por una nueva organización laboral con una corona enorme de empleados inestables y con muy bajos salarios y un diminuto núcleo con empleados estables y bien retribuidos (Moreno y Jiménez, 2018; Mason, 2016). Y este núcleo se nutre en buena parte, hasta ahora, de los empleados públicos. Pero en el futuro esto ya no será así. Las sociedades occidentales están atemorizadas y crispadas y exigen respuestas al poder político (al sistema de partidos y a la democracia popular). Pero como argumenta Mair (2015) la política es impotente, no tiene capacidad de incidencia en la economía, no posee respuestas satisfactorias a los ciudadanos. Y los ciudadanos crispados optan por opciones políticas populistas y demagógicas que coquetean con una visión política de carácter autocrático. Este proceso es el resultado del impacto de la revolución tecnológica de la sociedad de la información. Y ahora se acerca una revolución tecnológica todavía más radical de la mano de la robótica y de la inteligencia artificial y que puede reproducir con total exactitud, pero de una manera mucho más radical esta concatenación de impactos entre la tecnología, la economía, la sociedad, la política y el modelo político.  Las empresas tecnológicas van a acumular todavía más poder, se van a perder muchos más puestos de trabajo que hasta ahora, los desequilibrios salariales pueden ser mucho más agudos. La sociedad va a estar todavía más temerosa, crispada e incluso histérica. La política convencional va a continuar sin tener ninguna respuesta. Y, finalmente, las opciones políticas demagógicas podrían utilizar como excusa y argumento la promoción de un gobierno tecnocrático y autocrático de la mano de la inteligencia artificial. Es alarmante constatar cómo se está produciendo una brecha generacional en la percepción de la democracia. Las personas mayores apoyan mayoritariamente al sistema democrático pero los jóvenes son mucho más receptivos a alternativas de corte autoritario (en EE.UU. y en el Reino Unido) (Moreno y Jiménez, 2018;  Castells, 2017).  Por tanto, el binomio o alianza entre inteligencia artificial y sistema político autocrático no es en absoluto absurdo. La literatura en ciencia ficción desde Julio Verne a adivinado algunas innovaciones tecnológicas y otras no. Pero hay una inquietante casi unanimidad en esta literatura: muestran un sistema político tecnocrático, eficiente, neutral, paternalista, etc. pero autocrático.

Por el momento ya tenemos algunos indicios de como la inteligencia artificial nos puede conducir, si no se vigila, a un neofeudalismo (Moreno y Jiménez, 2018: 124-125): «¿Qué papel jugarán en las democracias robotizadas los expertos en inteligencia artificial? (…) El caso de Cambridge Analytica, destapado a principios de 2018, es revelador de las malas prácticas ejercidas por expertos especializados al servicio del poder (…) Esta empresa era un auténtico arsenal de armas en una guerra cultural dentro de la sociedad norteamericana auspiciada por la ultraderecha (…) Estamos, por ende, ante la génesis de un escenario de neofeudalismo en el que unos pocos podrían controlar los recursos de los nuevos siervos».

Pero vamos a finalizar con una nota optimista:  la inteligencia artificial también representa una gran oportunidad para resolver los problemas globales en el mundo. Los expertos consideran (Rodríguez, 2018: 247 y 248)  que puede contribuir a conseguir el hambre cero aumentando la productividad en la agricultura; eliminar la pobreza (elaborando un mapa de pobreza y estableciendo análisis de datos de valor predictivo); mejoras significativas en la sanidad y el bienestar gracias al análisis de enormes cantidades de datos sobre la asistencia sanitaria; mejoras en la calidad de la educación gracias a nuevos sistemas de aprendizaje personalizado; igualdad de género detectando las desigualdades e impulsando el empleo equilibrado entre ambos sexos; agua limpia y eliminación de residuos; energía limpia y accesible; ciudades y comunidades sostenibles; consumo y producción responsables; mayor control de la pesca y de la caza ilegal; mengua muy significativa de la evasión fiscal; y disminución de la corrupción institucional. En este sentido, existe casi unanimidad en la literatura especializada en que la inteligencia artificial pude generar unos enormes beneficios sociales, económicos y de sostenibilidad a corto plazo y a nivel laboral también, pero a más largo plazo (menos horas de trabajo y renta universal mínima) (Schwad, 2016, Boden, 2017; Tamames, 2018; Rodriguez, 2018). Solucionar estos grandes retos mundiales puede ser una manera muy eficaz para lograr un mayor desarrollo y legitimidad de los sistemas democráticos. Bienestar social y democracia es un binomio que suele generar una retroalimentación mutuamente beneficiosa.

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