Que siga la marcha mientras el cuerpo aguante

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verano azulTiempos aquellos en los que agosto era una siesta de sombrilla y chiringuito, de tintos de verano y verbenas, de paseos y ruido familiar, de amores eternos de fin de semana, al modo Sabina. Aquel oasis veraniego se ha transmutado, por la alquimia de la madre de todas las crisis, en el agosto hambriento de sobresaltos que acabamos de enterrar y que nos ha dejado medio vivos o medios muertos, que lo mismo da, en medio de un desmorone generalizado que no reconocen ni los más viejos y sabios del lugar. Tan intensa ha sido nuestra experiencia, que aquellos veranos que nos descansaban y aburrían al tiempo parecen más bien atributos del pleistoceno. Quizás sea eso, la memoria genética del hombre/mono que habita en nuestras entrañas, las que nos edulcora ese pasado que no volverá. Quizás aquellos quietos mediodías de chicharras sean lo excepcional y nuestra evolución como especie nos traiga estos veranos locos de veleidades suicidas.

Primero fueron los americanos, que parecían conducir sus cuentas públicas hacia el abismo de la suspensión de pagos. Observábamos estupefactos el espectáculo delirante de demócratas y republicanos en su macabro baile fúnebre. Por los pelos lograron enchufarse a la respiración asistida de un apaño que aterrorizó a sus acreedores. Y – quién lo había dicho – vimos a los chinos reprender a los americanos, que bajaron la cabeza sumisos ante la reprimenda del verdadero poder. En sus buenos tiempos, y por mucho menos, los orgullosos yanquis habrían ordenado un buen bombardeo, por lo menos, o habrían intentado alguna de esas invasiones que siempre pierden, pero que tan bien quedan en televisión. Ahora se limitan a decir sí bwana a los jefes amarillos mientras extienden sus manos para pedir más limosna.

Como los occidentales nos hemos convertido en yonquis préstamo/adictos, precisamos un chute diario que los mercados comienzan a negarnos. Y claro, como no podemos devolver lo que nos prestan, porque gastamos más de lo que ingresamos, el personal está pero que muy nervioso y, en vez de irse a su pueblo, a disfrutar de las fiestas de la patrona, les dio por especular contra las deudas de aquellos países que veían más débiles, España incluida, aunque, para nuestro lerdo consuelo, Italia aún recibió más capones financieros en este lúgubre estío. Incluso, la Francia soberbia tuvo que aguantar algún que otro sopapo en su cogote. Como la vida siempre equilibra, el ascenso hacia el cielo del coste de la deuda, tuvo como contrapeso el descenso a los infiernos de los valores de las bolsas. Los mercados de valores se desplomaron y, si usted es de los que tiene alguna inversión bursátil, o un plan de pensiones a renta variable, lo mejor que puede hacer por su salud es no mirar sus estados de cuenta hasta las navidades al menos.

Qué tiempos aquellos en los que los presidentes se iban a Doñana a ver ciervos y perseguir linces. El pobre de Zapatero, cada vez que llegaba a Sanlúcar tenía que regresar a Moncloa para luchar contra los sucesivos dragones que arrojaban sus llamas destructoras contra nuestras haciendas. Es mentira que los políticos estén tan alejados del pueblo. Para verano con sobresaltos, el de Zapatero, Merkel y Berlusconi.

Y para final de fiesta, sus señorías, en vez de disfrutar aquellas tardes de terraza con sus suegros, les dio por regresar a sus parlamentos para reformar nuestra constitución, ni más ni menos. Así, como suena, por imposible que pudiera parecer a cualquier españolito de los pretéritos veranos quedos. Y consiguen el excepcional milagro reformar la madre de todas las leyes en un santiamén, bajo la inspiración ilustrada del todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Agosto terminó, como no podía ser de otra forma para no desentonar, con una subida del paro. ¿Pero no habían venido tantos turistas? – se preguntaron algunos españoles anclados en el pasado y que añoraban aquellos agostos de camareros y hosteleros saliendo de la lista del desempleo. Pero claro, eso era cosa de otros tiempos.

No nos quejemos, al menos estamos vivos para contarlo. Somos globalciberciudadanos que gustamos de veranos de ruleta rusa y catástrofe. Lo de la paz, las chicharras y la canción del verano, para los abuelos, que lo nuestro es la marcha. Que siga, mientras el cuerpo aguante.

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Manuel Pimentel Siles es Licenciado en Derecho y Diplomado en Alta Dirección de Empresas además de ingeniero agrónomo. Fue Diputado en el Parlamento Andaluz, Secretario de Estado y Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales.

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