Vender un pueblo es como vender un cuerpo y todos sabemos qué nombre tiene ese trasiego comercial.

Pero lo cierto es que eso está ocurriendo y no solo en España -donde hay páginas web dedicadas a esta especialidad mercantil- sino también en muchos países europeos. Hemos tenido noticia hace poco de lo ocurrido en Alwine, un pequeño municipio ligado al carbón que se ha visto convertido en un fantasma: sin población que lo llene de vida sino con emigrantes que lo inundan de muerte. Está en el sur de Brandenburgo, un Land del norte de Alemania, antiguamente era parte de Prusia, de la altiva Prusia, aquella que doblegó al Imperio austrohúngaro y tomó prisionero al emperador Napoleón III en la guerra franco-prusiana que tanta importancia tendría para España.

Como digo, vender un pueblo no es solo vender sus calles y plazas, que ya es mucho. Es vender la iglesia donde se han casado sus vecinos durante años, su juzgado, el casino o los bares (Gasthäuser lo llaman los alemanes) donde durante cientos de años se han leído los periódicos, se ha bebido cerveza y se ha fumado buen tabaco en pipas mimadas por el cariño de sus dueños. Donde se disfrutaba del calor de una estufa cercana, esas de ladrillo (Kachelofen) que se ven en las imágenes de peliculas y reportajes y que representan el grado supremo del confort (de nuevo una palabra alemana: de la Gemütlichkeit) que convierte a la vida en el exquisito paladear de las estaciones y en un espectáculo renovado como esa canción o melodía que llevamos en nuestras entretelas juveniles y que nos sale siempre jubilosa, como si fuera un estreno permanente.

Vender un pueblo es abandonarlo en su vejez. Y abandonar a un ser querido en su vejez es una de las acciones más abominables que puede perpetrar el ser humano, el ser que, por eso mismo, deja ya de ser humano. Abandonar un pueblo es asesinarlo y debería estar previsto en los Códigos penales, tan minuciosos ellos, como un tipo agravado de felonía, de alevosía.

La legislación local, que tantos asuntos prevé, no contempla el abandono de un municipio ni su subasta como si fuera una alfombra o un cuadro. Y no lo hace porque el legislador que tuviera que abordar ese asunto es probable que no pudiera hacerlo porque se le anegarían los ojos de lágrimas y le sería imposible redactar artículos y disposiciones transitorias para dar sepultura a un cadáver.

Cuando se subasta un cuadro, el comprador lo instala en un sitio noble de su casa y allí el cuadro vive una segunda vida: feliz, pletórica, inundado por luces nuevas, por miradas inquietas y curiosas  …

Pero cuando se subasta un pueblo no es para devolverle su esplendor antiguo, es para borrar las huellas de su pasado y convertirlo en un paraje fantasmagórico, una estación de servicio o en un motel de carretera. Peor: para iniciarle en el silencio inquieto de la pesadilla. Por eso digo que abandonar y subastar un pueblo es un asesinato y debería haber en las cárceles asesinos de pueblos como los hay de camareras.

¿Quienes son los responsables del delito, quiénes habrían de sentarse en el banquillo? Sin duda ninguna: las autoridades que lo han dejado morir como se deja morir a un secuestrado en un zulo. Las autoridades que, aferradas a un pasado, no han sabido buscar una medicina apropiada ni sacada de la farmacopea tradicional ni de la alternativa. Las autoridades que no han sabido comprar un despertador que es el único artefacto que nos devuelve puntualmente al torrente circulatorio de la vida.

Da tristeza infinita que se esté hablando constantemente de las smart cities, de las ciudades sostenibles y que, junto a ellas, tengamos que dar cuenta de los pueblos que acaban siendo subastados por listillos. Me pregunto  ¿quién se queda con el dinero del remate? ¿No será alguien salido del hampa, de un malhechor -de trabuco y canana en el alma- que trafica con ciudades que es como traficar con la respiración desfalleciente de las calles vacías, el espanto sobrecogedor de las plazas sin palomas y el deseperanzado aliento de los pobres?

1 Comentario

  1. Que culpa de este abandono de los poblados tiene una ley del suelo que “legalmente” no permite ampliaciones, obras nuevas, o adecuaciones a las necesidades actuales… Normalmente se encuentran en SNUrbz.

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