Somos clases urbanas y despreciamos a los rudos agricultores

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A ver cómo lo explicamos para que se nos entienda, sin ánimo de molestar a nadie, claro está. Los agricultores, sencillamente, ya no nos interesan. Somos las clases urbanas, las más numerosas, influyentes y poderosas de nuestros tiempos y miramos la realidad desde el prisma irisado de los ventanales de nuestros apartamentos y pisos, sin otro paisaje que bloques idénticos frente al nuestro o, a lo sumo, y eso sólo algunos afortunados, que el verde respiro de un parque municipal. Somos urbanitas y mandamos con nuestros votos. Las leyes que los políticos aprueban nacen de nuestro imaginario y aspiraciones. Quien nos conozca, sabrá por dónde irán los pasos legislativos. ¿Los agricultores? Son pocos, apenas si suponen unas décimas en nuestro empleo y riqueza total. Por eso, ni siquiera cuentan a la hora de los programas políticos. Repáselos, por favor, para encontrar apenas si unas líneas edulcoradas sobre respeto al medio natural. Normal, su tiempo pertenece al neolítico. En estos tiempos de economía digital…, ¿a quién interesan?

 Somos clases urbanas y no otorgamos mérito alguno a la producción de alimentos, que, para nosotros, no son otra cosa que algo que aparece bien empaquetado y como por ensalmo, por generación espontánea, en los anaqueles de nuestros supermercados preferidos. Alimentos buenos, bonitos y baratos. Son saludables porque cada día exigimos mayores controles en la cadena de producción. Abominamos de químicos y fitosanitarios y nos va lo de la producción ecológica y sostenible. Queremos comer bien, en abundancia, con calidad y salubridad… pero pagando cada vez menos. ¿Cómo qué eso no es posible? Pero si lo llevamos consiguiendo desde hace al menos veinte años, durante los cuales, año a año, ha ido bajado el peso de la alimentación en nuestro gasto total. Gastamos cada vez menos en comprar alimentos y mucho más en vivienda, educación, sanidad, ocio, viajes y cultura. Somos la clase urbana, ¿no es así? Pues gastamos en consonancia y no estamos dispuestos a que nos suban ni modifiquen esa cesta de la compra. Poco dinero para alimentos y mucho para todo lo demás.

Somos clases urbanas y precisamos de nuestra dosis periódica de naturaleza. Por eso nos gusta salir al campo los fines de semana, para practicar nuestras aficiones o, sencillamente, descansar en bucólicos establecimientos de turismo rural. Nos encantan esos pueblos tranquilos, silenciosos, pero abominamos de esas feas naves agrícolas, nos escandalizamos ante esos voluminosos silos, odiamos a esas apestosas granjas porcinas y avícolas que fastidian nuestro ideal del paisaje natural. Y, ¿qué decir de los cultivos bajo plástico, quintaesencia de lo despreciable o de esos tractores contaminantes, que erosionan la tierra con sus labranzas sádicas e irresponsables? Indudablemente, esos agricultores agreden al medio ambiente, ese espacio natural limpio, virgen y prístino que reclamamos los urbanitas para nuestro asueto y para enmendar nuestros remordimientos ambientales, azuzados por nuestra idolatrada Greta Thumberg. Sí, no cabe duda, debemos luchar por un medio ambiente mejor y, para ello, todas esas sucias faenas agrícolas y ganaderas deberían desaparecer. Arrojan toneladas de fertilizantes químicos sobre la madre tierra, contaminando los acuíferos y jodiendo lagos y humedales, Mar Menor incluido. Es inaceptable. Rompen el equilibrio natural con esos fitosanitarios que después se nos pegan con resabio cancerígeno al mismísimo riñón. Crían y engordan artificialmente pobres animales, sin otorgarles derecho alguno para ser finalmente conducidos a un matadero criminal, donde despiezarán sus cadáveres. Pobrecitos, ¿cómo pueden ser tan salvajes esos ganaderos? ¿Cómo no se clausuran esos mataderos, puro remedos de los horrores de Mauthausen y Auswitch? ¿Y de los pescadores, que con sus redes esquilman fondos marinos, eliminan inmaduros y exterminan especies? Deberíamos proteger más, mucho más nuestras costas y caladeros frente a su avariciosa ambición.

 Somos clases urbanas, amantes de los derechos de los animales y no podemos, por tanto, permitir, la salvajada cruel de la caza y de los toros. Pobres animales, tiroteados los unos, banderilleados los otros. Nada, nada, a prohibir se ha dicho, que el karma de la vida nos lo agradecerá.

Somos clases urbanas y, porque amamos a la naturaleza, no vamos a permitir que la agricultores, ganaderos y pescadores nos la destruyan para llenar sus bolsillos. Por eso, haremos leyes cada vez más y más restrictivas para controlar sus actividades, pidiéndoles más y más papeles y sometiéndolos a mayores y más exhaustivos controles. Faltaría más, todo por ese medio ambiente que amamos y reclamamos.

Somos clases urbanas que no comprendemos a esos aguafiestas que vienen a decirnos que si prohibimos las instalaciones y actividades agrícolas, ganaderas, pesqueras y cinegéticas, el mundo rural desaparecerá sin remedio, arruinando familias enteras. Ignorantes. ¿Es que no comprenden que el mundo evoluciona? Que pidan buenos accesos a la red, y que se especialicen en ciberempleos, o en turismo rural, o en cualquier otra actividad compatible con el medio ambiente y con nuestros gustos urbanos, que para eso somos los más avanzados y los que mandamos de verdad. Que incluso estamos dispuestos a ponerles una paguita si se dedican a tener limpio y bonito el campo para cuando paseemos los fines de semana. Que entierren de una puñetera vez sus sucios hábitos y costumbres y se conviertan en súbditos de nuestros valores urbanos, digitales y posmodernos. Nos hablan de la España vacía o vaciada y nos encogemos de hombros. Signo de los tiempos, nos excusamos, culpa de los especuladores o de los políticos torpes y corruptos, qué sabemos. Nosotros, clases urbanas, deseamos pueblos hermosos limpios y típicos, integrados en el medio ambiente. Alguien debería hacer algo para conseguirlo. Porque, desde luego, no podemos permitir ni más molinos, ni canteras, ni minas, ni presas, ni depósitos de residuos de ningún tipo, ni industrias, que fastidian esos paisajes limpios a los que aspiramos y a los que tenemos derecho como clases urbanas dominantes que somos. Y de nuevo, esos aguafiestas que nos dicen que, si también prohibimos esas actividades, condenaremos inexorablemente a ese mundo rural que agoniza en silencio ante nuestras propias narices. Ni caso les hacemos porque no saben, los pobres, ni lo que dicen.

Somos clases urbana y no comprendemos a esos agricultores que vienen ahora a molestar con sus gritos y tractoradas. Precios justos dicen. Pues que se los exijan a los intermediarios, al gobierno, al que quieran. O que hagan cooperativas, pero sin grandes instalaciones. Pero que no nos fastidien, que nos dejen en paz, por favor. Se les ve rudos, primitivos, primarios, con sus botas, cosechadoras y tractores. Siempre molestando. Tendremos que legislar para apretarles un poco más las tuercas.

Estamos ya cansados. Así que nos vamos a cenar al nuevo restaurante donde sirven unas alcachofas estupendas y una carne al punto que se deshace en la boca. ¡Qué placer!   Y enfrascados como estamos en nuestra cena, bien regada con vino de recia crianza, no escuchamos la voz sabia que nos reclama desde la soledad y el abandono. ¡Insensatos! – clama al vacío que nadie escucha – ¡Nunca despreciéis a los que producen alimentos, pues ellos os sostienen! El día que la comida desaparezca, falleceréis sin remedio. Toda la tecnología actual no ha sido capaz de producir todavía ni un solo gramo de nuevo alimento. La tierra es la que os provee, no ignoréis, por tanto, ni persigáis, a quien la cultiva con el sudor de su frente para vosotros. No pisoteéis la dignidad del campo, no vaya a ser que se vengue bíblicamente de todas vosotras, soberbias e ignorantes clases urbanas. Que la venganza del campo será terrible y se vengará como siempre hizo: falta de alimentos, escasez y hambrunas. Y entonces os tendréis que tragar toda vuestra prepotencia urbana para reclamar a los agricultores y ganaderos que cumplan con la misión primigenia y primordial que los ennoblece, la de la producción de alimentos para nuestro sustento y el de nuestros hijos. Una pena que el campo tenga que vengarse para que alguien le haga caso en esta sociedad urbanita y estupenda. Pero así, qué pena, se escribe la historia que habitamos…

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