Tobin Hood… de nuevo.

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Tobin Hood… de nuevo.Hace unos días comenté en mi artículo Tobin Hood algunas ideas que me surgían al escuchar la insistente argumentación favorable a establecer un nuevo impuesto, la famosa tasa Tobin, sobre las operaciones de cambio de divisas “cuando provoquen alteraciones importantes de las cotizaciones”, y en lo que a mí respecta, ese argumento se agotó.

Ahora bien, hay una segunda línea de defensa de ese nuevo impuesto que recuerda lejanamente la figura del legendario bandido de quien he tomado prestado el apellido para titular este escrito, que requiere una pequeña reflexión, máxime cuando entre los partidarios de la medida hay personalidades tan importantes como Nicolás Sarkozy, y algunos otros mandatarios europeos. El argumento enlaza la recaudación del impuesto con “la lucha contra la pobreza y el hambre que afligen a buena parte de la población mundial”, en el contexto de la lucha mundial contra la pobreza, es decir, robar a los ricos para repartir entre los pobres; como es fácil imaginar, este argumento se escuchó en la sede de las Naciones Unidas, donde tantas y tantas palabras huecas se pronuncian anualmente.

Sin duda, estas ideas suenan bien a los profanos porque siguen un razonamiento atractivo y sutil, aunque a veces bastante obvio, que más o menos se parece al siguiente: los perversos especuladores internacionales mueven diariamente cantidades enormes de divisas con sus extrañas operaciones sin generar ningún tipo de valor añadido, salvo sus ingentes beneficios; esas operaciones provocan la ruina de algunos países y multitud de agentes económicos ajenos e inocentes; entre algunos de esos afectados figuran países subdesarrollados a los que se obstaculiza, aún más si cabe, la salida de su difícil situación; así pues, que todos aquellos que se benefician de las operaciones paguen un impuesto; y que el importe recaudado se destine a la ayuda al tercer mundo. Ciertamente, es un razonamiento muy sugerente y enmascara perfectamente el afán recaudatorio  que impulsa a quienes defienden la nueva tasa.

Pero un análisis sosegado del argumento desvela muchas incoherencias, entre las que se puede señalar las siguientes:

  • Cuando los mercados internacionales funcionan adecuadamente, el movimiento de divisas permite que el ahorro disponible en cualquier país del mundo se movilice inmediatamente hacia donde se necesita, con una variedad de plazos y precios tal que prácticamente cualquier necesidad encuentra respuesta.
  • El precio de cambio de las divisas refleja la percepción que los agentes económicos tienen sobre la situación actual de las economías nacionales, y sus expectativas a medio plazo.
  • La evolución de las cotizaciones es más volátil cuando el mercado duda de que las autoridades correspondientes, sea el país que sea, desarrollado o no, vayan a tomar las medidas oportunas para garantizar la estabilidad de sus economías.
  • El ahorro así canalizado puede llegar, también, a los agentes económicos de los países menos desarrollados que lo necesiten, siempre que las condiciones de seguridad vigentes en esos países aseguren razonablemente que, llegado el vencimiento, el inversor recuperará su ahorro.

Por otra parte, la idea de que exista alguna entidad supranacional de nueva creación, supongo, o mecanismo semejante, que fuera capaz de recaudar los fondos y canalizarlos hacia los países menos desarrollados es de una ingenuidad tal que causa rubor escucharla en boca de autoridades tan destacadas como algunos de los principales líderes políticos del mundo; sólo a modo de ejemplo, se puede señalar tres hechos que cuestionan seriamente la propuesta:

  • No existe ninguna relación objetiva entre el origen de los movimientos de las divisas y, por tanto de la recaudación del nuevo impuesto, y los países menos desarrollados o sus divisas, así que, para implantar la propuesta debería establecerse algún criterio arbitrario de reparto de los fondos obtenidos con la tasa propuesta entre todos los países necesitados.
  • La experiencia de muchas décadas de ayuda bienintencionada a los países necesitados demuestra claramente que se ha avanzado muy poco: algunos países siguen en los últimos lugares de la clasificación en términos de la renta per capita, la estructura económica de muchos de esos países sigue siendo ineficiente, la corrupción generalizada, etc. con independencia de que alguno de ellos disponga de importantísimas reservas de materias primas, muy estimadas y necesarias para el mundo desarrollado.
  • Sólo aquellos países que han seguido la senda de reformas habitual en las economías desarrolladas, de la ortodoxia, han podido capitalizar las ayudas recibidas y salir de la trampa en la que se encontraban sumidos.

Es decir, me reafirmo en  la conclusión de mi anterior reflexión: si los gobiernos europeos quieren recaudar más dinero para cubrir el enorme déficit que la crisis actual provoca en sus economías y no encuentran otra vía mejor, que lo digan claramente a los contribuyentes, y afronten el coste de imagen que la medida suponga respecto a la pérdida de confianza de los inversores del resto del mundo en esos mercados.

Pero llegados a ese punto, tan útil puede ser el nuevo impuesto sobre las operaciones de cambio de divisa, como sobre las nuevas aportaciones a planes de pensión que realicen los partícipes, como las nuevas primas de los seguros que paguen los asegurados, o las aportaciones a los fondos de inversión de los ahorradores amantes del riesgo… por citar sólo algunos de los instrumentos e industrias financieras que tanto han sufrido con la crisis y  tantos recursos públicos han necesitado para su rescate. Y por cierto, también pueden destinar los fondos que recauden a partir de estas actividades, si lo consiguen, a la ayuda al tercer mundo.

1 Comentario

  1. Muchas gracias Tomás, un artículo estupendo y francamente comprensible para un profano como yo.
    Entiendo que echar sobre las espaldas de los votantes cualquier resolución que se les ocurra a los sesudos políticos no debería valer, al menos en democracia. Me refiero a las medidas, a menudo, poco o nada eficaces o como Ud. dice que escoden una segunda intención. Si el ciudadano no tiene posibilidad de decidir sobre su futuro, la solución será volver a correr delante de los grises. Al menos sabremos por qué lo hacemos

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