Vandalismo y aburrimiento. Panem et circenses

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Vandalismo y aburrimiento. Panem et circenses

Volvemos al Imperio y de nuevo el César tiene que tratar de que el ocio del pueblo no se convierta en un problema público. Bueno, esto siempre ha sido así. Los gobernantes, desde el principio de los tiempos decidieron que había que satisfacer una demanda social nunca explícita: el aburrimiento. Ningún ciudadano demandará a la Administración de forma clara que se desarrollen políticas antitedio, pero de hecho lo pedirán implícitamente. En consecuencia, los gobernantes decidieron gestionar el aburrimiento.

El matemático y filósofo Bertrand Russell, en su muy recomendable y nunca suficientemente valorada obra “La conquista de la felicidad” (Edición de El País, 2003), ya apuntó, allá por los años treinta, que uno de los problemas que causa la insatisfacción e infelicidad humanas es el aburrimiento, no saber qué hacer con el tiempo libre de que uno dispone. Las personas necesitan salir de la rutina y buscan estímulos como sea, aunque sean peligrosos o perjudiciales. Las personas buscan contrastes entre sus circunstancias actuales y las que brotan de su imaginación. En una deliciosa descripción, dice que “el aburrimiento es básicamente un deseo frustrado de que ocurra algo, no necesariamente agradable… algo que simplemente permita distinguir un día de otro”. Añade que “ahora nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo de aburrirnos”. Receta que habría que asumir que en todos los aspectos vitales básicos hay aspectos que implican aburrimiento y afirma que “todos los grandes libros contienen partes aburridas y todas las grandes vidas han incluido períodos sin ningún interés”. “La capacidad de soportar una vida más o menos monótona debería adquirirse en la infancia y que los estímulos son como una droga, cada vez se necesita en mayor cantidad”, concluye. Ya Buda, en su proceso de iluminación, identificó el deseo (que siempre implica frustración) como la causa del sufrimiento.

Quizás la clave de la felicidad esté en lo que oí recientemente a un psicólogo y que se resume en tres puntos: 1. Hacer, en el sentido de tener una actividad, preferentemente creativa si es posible. 2. Amar, en la forma de sentirse querido y de querer a alguien. Y 3. Esperar o lo que es lo mismo, tener proyectos a corto, medio y largo plazo que actúen como motor de motivación.

Toda esta digresión viene a que, en mi municipio, y supongo que en muchos más, las autoridades locales y muchos ciudadanos tratan de explicarse, sin llegar a ninguna conclusión definitiva, las razones del alto nivel de kaleborroka lúdico-festiva o,  simplemente como se dice en Aragón, destalentada; es decir, el alto nivel de actos vandálicos gratuitos que se producen contra los bienes públicos. No es por dar ideas pero baste apuntar unas cuantas gracias habituales del anónimo personal: pintadas en cualquier lugar, bancos arrancados, papeleras tiradas, farolas que son diana de escopetas de perdigones o tirachinas, papel higiénico de servicios municipales convertido en confeti y serpentina, cristales rotos, inodoros arrancados, extintores de incendios vaciados para solaz de la concurrencia emulando nevadas en el mes de agosto, etc. Sería interesante y curioso hacer un estudio económico del impacto de estas acciones “inocentes” a nivel general. A pesar de que se suele acabar conociendo a los autores, difícilmente se puede y se quiere probar su responsabilidad; en este país lo de Fuenteovejuna quedó firmemente grabado en la conciencia colectiva ya desde el Siglo de Oro; nadie ha sido y todos han sido, aunque parece que no se ‘señala’ por razones de nobleza, sino por no meterse en líos o por un estúpido modo de pensar que se condensa en taparse (hoy por mí, mañana por ti), algo parecido a la solidaridad del gamberro, como cuando unos conductores se avisaban a otros con ráfagas cuando se cruzaban con la Guardia Civil.

Los autores suelen ser adolescentes, que al parecer no tienen demasiadas cosas productivas que hacer. Y cuando por la Alcaldía o el Concejal responsable se les reconviene in situ o más seriamente en el despacho (o coloquialmente se les riñe), tanto los propios chavales como sus ínclitos progenitores, reaccionan en primera instancia con la negación: no admiten que efectivamente son autores de una acción que ha causado daños que hay que reparar y que cuestan dinero. Los padres se niegan a admitir que sus hijos han causado destrozos y se suelen indignar gravemente con el Alcalde o el Concejal por semejante acusación. Cuando tanto a unos como a otros no les queda otro remedio que admitir su autoría, porque han sido vistos por medio pueblo, aducen contraargumentos del tipo “es que los chicos en este pueblo no tienen otra cosa” refiriéndose a que el Ayuntamiento nunca se ha preocupado en realidad de ellos, les persigue, no hay instalaciones públicas de entretenimiento, no hay instalaciones deportivas suficientes, etc. En fin, los padres hacen en muchas ocasiones una asombrosa dejación de funciones, disculpando a sus hijos que, en muchas ocasiones, acaban saliendo reforzados del incidente alentados por la idea de que ellos no son responsables de sí mismos ni de sus vidas. Pese a la pobreza del argumento no obstante, la idea de culpable desatención municipal va calando en la interioridad de las autoridades que entonan al fin un desafortunado mea culpa, en vez de decidir reclamar el resarcimiento de daños por vía administrativa o judicial. Prefieren acabar admitiendo que, efectivamente, a los chavales no se les ofrecen actividades culturales, lúdicas o sociales interesantes que hacer y que el propio aburrimiento y la edad hacen el resto.

Consecuentemente, esas mismas autoridades asumen como obligación propia municipal, divertir o entretener al personal (recordemos la bonita frase de la Ley de Bases que ya hemos comentado en otras ocasiones contenida en el art. 25: “El Municipio, para la gestión de sus intereses y en el ámbito de sus competencias, puede promover toda clase de actividades y prestar cuantos servicios públicos contribuyan a satisfacer las necesidades y aspiraciones de la comunidad vecinal.” La interpretación es rápidamente hecha por quien tiene el poder de delimitar cuáles son las aspiraciones de la comunidad vecinal: el Ayuntamiento. Éste tiene que satisfacer el interés vecinal de llenar esos espacios de los chavales, proponerles cosas y dirigirles, ya que ellos mismos no saben qué hacer con su tiempo. Por otra parte, se trata de evitar que un poco más tarde, esos mismos chavales que no han sido recogidos por la cosa pública, se vayan al bar a beber como única lamentable aspiración de satisfacción del ocio.

Por lo tanto, los Ayuntamientos como se ha señalado, acaban asumiendo la responsabilidad de divertir al personal y se acaban montando ludotecas infantiles y juveniles, organizando juegos de noche, poniendo autobuses públicos parta desplazamiento a otras localidades en fiestas en evitación de accidentes provocados por carretera y alcohol, campañas del tipo “jugando al anochecer” y un largo, imaginativo e interminable etcétera.

En la reciente entrevista hecha a Dª Consuelo Sánchez Naranjo (MAP) en este mismo blog, la misma, contestando una pregunta sobre si desde su experiencia en diversos puestos cree que la percepción que los ciudadanos reciben de la Administración ha cambiado en los últimos años, afirma que es en el funcionamiento concreto de los servicios es cuando nos encontramos una imagen más real, compleja y, en suma, más positiva de la Administración pública. “…No sólo en encuestas conocidas que señalan que los ciudadanos perciben la prestación de los servicios en España como equitativa, sino en una fuerte demanda creciente o persistente dirigida a la Administración para que se encargue de la solución de los más variados problemas ciudadanos”. Curiosa expresión, que la administración se encargue de dar solución a todos los problemas que tenga el ciudadano.

Efectivamente sobre la administración actual recaen muchas obligaciones, desde mi punto de vista, demasiadas y, de tomarlas seriamente como propias, contraproducentes en muchas ocasiones para poder tener una sociedad madura. Porque no se fomenta la creación de un verdadero tejido social de tal manera que puedan existir asociaciones que puedan organizarse a sí mismas como razón y base de su éxito y según sus intereses. Organizaciones que, con sus propios recursos, desarrollen actividades de interés para ese colectivo social. Quizás estemos contribuyendo a crear ciudadanos alelados e irresponsables, que no saben qué hacer con su tiempo ni con sus vidas. Y no sólo algunos chavales son los que parecen irresponsables; en muchas ocasiones, sus padres también acaban siéndolo, ya que delegan totalmente la educación de sus hijos en la Administración.

Siento ser pesimista. Mal futuro.

5 Comentarios

  1. Brillante otra vez, Ignacio.
    Totalmente de acuerdo con la irresponsabilidad y el sobreproteccionismo de los padres en cuestiones como las descritas en el artículo, especialemente con ocasión de las fiestas patronales de turno, donde funciona el axioma del «todo vale», si total, estamos en fiestas.
    Al hilo de esto, uno de los casos reales que más me llamaron la atención fue cuando un profesor de bachiller quiso hablar con los padres de una alumna que no aparecía por clase, tenía comportamiento agresivo, etc…Respuesta de los padres al profesor: «Oiga, déje en paz a la chica que bastantes problemas tendrá en el futuro de mayor» (sic). Inaudito. Asi nos va.

  2. Es curioso observar como, si echamos abundante agua en una pendiente ésta encuentra rápidamente el curso donde existe menor resistencia
    De igual forma es más fácil; y más barato; divertirse haciendo el carcamal, ya que el nivel de tolerancia ante esos comportamientos incívicos facilita que los jóvenes y sus padres no se planteen (planteemos) otra alternativa. Sin duda que canalizar esas energías y creatividad propias de la juventud supone un esfuerzo de imaginación por parte de todos y exige en primer lugar cumplir y hacer cumplir la norma.

  3. Precisamente, esta semana estamos «viviendo» las fiestas de Vitoria. Dos ejemplos que ilustran en parte lo que comentas. La bajada del «celedón» es el acto que inicia las fiestas. Desde hace unos años se ha impuesto la costumbre de derramar champán (chino) entre la muchedumbre que se concentra para presenciar el «espectacular» acto de la bajada. Este año el Ayuntamiento ha pedido que no se lleven botellas de champán porque después se rompen, se llena el suelo de cristales y se producen numerosos cortes. Pues nada, imposible, seguimos con el champán y los cristales. ¿No será posible disfrutar de las fiestas sin dejarlo todo hecho una pocilga? El segundo ejemplo: la subida y la bajada de las comparsas a los toros. Consiste en una especie de desfile que se produce cada día cuando las comparsas van y vuelven de los toros. No hay nada interesante que ver. Al menos, yo no le he descubierto. El edificante espectáculo consiste en presenciar a un montón de personas, buena parte de ellas bien puestas (etílicamente hablando), que van dando voces o cantando aquello del vino que tiene Asunción. Lo curioso es que se concentra bastante gente en las aceras para presenciar semejante espectáculo. Será porque es gratis.

    Es penoso que las fiestas populares estén irremisiblemente asociadas al gamberrismo y al alcoholismo, pero parece que así es. Algún significado tendrá.

    Sobre la gestión pública del ocio, pienso que los poderes públicos deberían promover actividades de ocio creativas y participativas. No se trata de entretener al personal, sino de facilitar las condiciones para que los jóvenes y los menos jóvenes puedan desarrollar actividades de ocio alternativas al gamberrismo y al alcohol.

  4. Estoy de acuerdo con vuestros comentarios y apreciaciones. No obstante además, tengo cierto interés en reflexionar acerca de la evidente gran tolerancia política y social que se produce en las fiestas patronales de todos los municipios. Además me surgen muchas preguntas, entre otras por qué se permite que cualquiera se arriesgue delante de un toro, o lo que es lo mismo, ponga en peligro su vida de un modo sin necesidad aparente alguna y sin embargo el Estado bienhechor nos sancione si no llevamos el cinturón puesto. O que se permita abiertamente el botellón y la intoxicación etílica y no se permita el colocón a base de hachís.
    Supongo que los estudiosos habrán escrito sobre el tema festivo y la tolerancia y que habrá razones sociológicamente ancestrales (recogidas de cosechas p.ej.) Cuando las personas ingieren alcohol no son ellas mismas; lo que habría que preguntarse es por qué muchos chavales tratan de pillar un cogorzón del modo más barato y rápido posible. En Aragón hay un dicho que es que «el que come escapa». Creo que el que bebe no es que escape, es que huye descaradamente.
    No estaría de más si fuese posible que algun interventor nos ilustrase con el coste de reposición que es preciso hacer debido al vandalismo…

  5. Cada vez hay más vándalos, que ensucian y rompen todo a su paso, porque como las leyes son muy suaves, apenas hay policías, y sus padres y maestros, por lo visto no los educan bien…
    Si hubiera más policías vigilando de paisano, si por ensuciar y romper les pusieran unas multas grandes, a pagar en trabajos comunitarios si no tienen dinero… disminuiría considerablemente el número de vándalos. Tiene que saber la gente, que todo lo que destrozan los malnacidos vándalos, se lo cobran luego a ellos a través de sus impuestos. Si les gusta pagar lo que otros rompen, allá ellos, porque luego va un político legislando severamente, y la gente es la primera que dice que pobrecitos los chavales…

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