Ya no queremos crecer, pero no conocemos alternativa.

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¿Qué nos ocurre? Aturdidos, angustiados, somos incapaces de pergeñar, de imaginar siquiera, un modelo compartido de futuro para la humanidad que conformamos. Hasta ahora, lo fue el crecer, el aumentar el bienestar, como base de la libertad y de la justicia social. Pero, en estos tiempos convulsos, ese modelo, eficaz durante dos siglos, ya no nos sirve. De ahí nuestro desconcierto, al menos en lo que a Occidente se refiere.

¿Crecer? Ya no estamos seguro de que el crecimiento de por sí mismo nos proporcione un futuro viable. La Tierra debe tener un límite sostenible e intuimos que sobrepasarlo tendrá graves consecuencias. ¿Más bienestar? El bienestar tiene un pasivo energético. Sin consumo de grandes cantidades de energía, el bienestar, tal y cómo lo entendemos en Occidente, no resultará posible. Por eso, las corrientes dominantes de pensamiento mundial quieren que viajemos menos, que consumamos local, que no comamos tanta carne. Algunos le llaman sostenibilidad, otros prefieren, directamente, denominarlo contracción. Y, los más radicales, como de disminución necesaria de población, que ahí queda dicho lo dicho.

Hasta ahora, fue fácil. Casi todas las corrientes filosóficas y políticas compartían una teleología bastante similar, el progreso justo de los habitantes de la nación de la que se formaba parte. Los procedimientos, métodos y organización variaban, pero el objetivo no difería, al menos en teoría. El lograr la felicidad de las personas, si bien es cierto que unas corrientes de pensamiento ponían el foco en su realidad individual, mientras que otras lo hacían en su ser colectivo. Pero, al fin y al cabo, coincidían en el fin, en el bienestar y en la felicidad, difiriendo en la visión de ese bienestar y de esa felicidad y, desde luego, también, en los métodos para alcanzarla. Pero, en todo, caso, ambas corrientes aspiraban al crecimiento económico, de infraestructuras, de viviendas, de disponibilidades energéticas y de población. Crecimiento y crecimiento como única medida del éxito colectivo. Y eso es, precisamente, lo que ahora se comienza a poner en solfa.

El bienestar significaba empleo digno, salario adecuado, libertad y derechos, servicios y garantías públicas. Liberales, conservadores, socialdemócratas y partidos diversos de izquierdas, antes encabezados por los antiguos partidos comunistas, terminaron convergiendo en las democracias parlamentarias con alternancias de mayorías liberal-conservadoras y de socialdemócratas con sus puntuales coaliciones con los partidos representantes de minorías diversas. La famosa afirmación de “el fin de la historia” de Fukuyama tuvo cierto sentido enunciativo tras la caída de la hoy extinta Unión Soviética, cuando pareció que no existía otro modelo viable distinto al de las exitosas democracias occidentales. Fue un sueño efímero, como lo demuestran tanto la involución de algunos países árabes hacia modelos inspirados en la sharía medieval, por una parte, y, sobre todo, por otra, el despegue fulgurante de China, con su nuevo modelo, inexplorado hasta el momento. en el que se combina el férreo control político del partido comunista con una apertura económica netamente capitalista, dentro de unos límites y controles, lo que ha creado un modelo tan aparentemente exitoso como inesperado. Los vientos de las dinámicas históricas tomaron fuerza de manera vigorosa para hacer bueno el principio del todo fluye, nada permanece, del sabio Hipócrates

Los valores y el sentir de las gentes de Occidente muta con velocidad hacia la sostenibilidad, priorizándola frente al crecimiento, tal y como hasta ahora se ha entendido. Nosotros aspiramos por lo sostenible, envejeciendo y autolimitándonos, mientras que los países asiáticos del Pacífico apuestan por el crecimiento desaforado. Antes, no eran nada. Ahora lo son… y mucho. Así, mientras su estrella asciende fulgurante, la nuestra declina dulce, mansamente.

Al fin y al cabo, es lo que lleva ocurriendo, ineludiblemente, desde el origen de la humanidad. Los imperios siempre decaen. Ibn Jaldún, pensador de origen andalusí del siglo XIV, y considerado como el padre de la sociología, ya afirmó en su obra clásica, “Introducción a la historia”, que los imperios, una vez alcanzado su esplendor, siembran la semilla de su decadencia. Sus élites se acomodan y su pueblo pierde el vigor guerrero y esforzado, mientras que las gentes bárbaras, más allá de sus fronteras, luchan por sobrevivir y crecer. Al final, inevitablemente, el bárbaro termina invadiendo al civilizado, para poner otra vez en marcha la rueda de la historia. El antiguo bárbaro, una vez poderoso, comenzará a adocenarse, mientras que los nuevos bárbaros, ateridos bajo la luna más allá de la frontera, sueñan con el momento en que el conquistarán las riquezas del nuevo potentado. Así siempre fue y así será por siempre, según nos dice Ibn Jaldún y, en bastante medida, la propia experiencia histórica.

China quiere dominar el mundo. O, al menos, lo parece. Occidente no sabe lo que quiere, confundido en su propio desconcierto. El Occidente conquistador que, desde el siglo XV dominó el mundo, asiste impotente a una progresiva pérdida de su peso económico, político y militar, instalado en la lírica, mientras que los emergentes militan en la épica del nuevo conquistador.

Todo nos resulta complejo y confuso. Pero una parte de la humanidad – y en Occidente en mayor grado – parece comenzar a considerar a la humanidad como un peligroso parásito que devora a la Madre Tierra y a su biodiversidad. El inconsciente colectivo nos induce a odiarnos, de alguna manera, por el simple hecho de ser, de consumir, de querer gozar. Lo dicho, un lío, que nos angustia y desconcierta y nos hace sentir mal con nosotros mismos, avergonzándonos de nuestra propia historia. De ahí la enésima reencarnación de la vieja iconoclastia que derrumba estatuas y héroes.

Si seguimos así nos autodestruiremos. Precisamos de un nuevo pensamiento que otorgue sentido a nuestros esfuerzos colectivos. Pero, hasta ahora, ni está ni, desgraciadamente, se le espera. No nos demoremos demasiado, porque las leyes enunciadas por el bueno de Ibn Jaldún estuvieron ahí, desde siempre, inexorables, para cumplirse, impulsadas por el vendaval de una historia que nunca cesa.

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