El Tribunal de Cuentas ha publicado hace unas semanas un Informe de fiscalización sobre los servicios de mataderos y mercados municipales que ha realizado en colaboración con mercado-publico-2otros organismos autonómicos de control contable. Tiene fecha de veintiocho de mayo y trae causa de las consideraciones que en varias ocasiones la Comisión mixta Congreso-Senado ha formulado dirigidas a que se fiscalicen de manera separada la gestión de los principales servicios públicos. Así, junto a los relevantes informes sobre el sector público local en su conjunto, se están analizando de manera más detallada otros servicios como la recogida y el tratamiento de residuos o, como es el caso sobre el que ahora me detengo, los mercados municipales.

El análisis de la información contable y financiera, que se ha conseguido de los años 2012 y 2013 de aquellos Ayuntamientos con una población superior a cinco mil habitantes, hace regurgitar este documento. Muchos números y datos se han recabado porque no existía ningún censo sobre los mercados públicos. Y, entre las primeras consideraciones que aparecen es que en la mayoría de los Municipios no existía ningún mercado municipal. Incluso en los últimos años se han cerrado mercados porque los puestos quedaban vacíos sin que nadie quisiera continuar la actividad o las instalaciones se habían dejado abandonar. Casi setecientos Municipios, que corresponden a los de menor población, porque en las grandes ciudades existen varios, distribuidos por los barrios y distritos.

Recordemos que durante esos años tales Ayuntamientos tenían la obligación de garantizar la prestación del servicio de un mercado público y pocos solicitaron la dispensa a las autoridades autonómicas. Pero también fueron exiguas las localidades donde los comerciantes demandaron el establecimiento y organización del servicio. De ahí la pacífica desaparición de la referencia que contenía el artículo 26 de la Ley de régimen local a la obligatoriedad de este servicio. En muchos Municipios con escasa población y, sobre todo, en aquellos que integran localidades dispersas se consideraba que las necesidades de los vecinos estaban cubiertas de manera suficiente con los comercios privados, con los mercadillos de venta ambulante, sin contar con el constante ir y venir en que muchos ciudadanos se entretienen adquiriendo productos. Este aspecto, el de la gran diversidad territorial y vecinal, debería estar siempre muy presente cuando se organizan las competencias y servicios locales.

El Informe del Tribunal de Cuentas menciona el cambio que han de asumir las autoridades locales al transitar los mercados del régimen de servicio obligatorio a la responsabilidad del ejercicio de una actividad económica y gestión de un espacio público que deberá respetar las nuevas directrices sobre la suficiencia financiera. Tarea nada sencilla en algunos casos porque hay mercados de los que no se posee ninguna información económica y la mayoría requiere de un significativo apoyo financiero. De ahí que se subraye como recomendación la adopción de medidas para la llevanza de una buena contabilidad que facilite información financiera y sus resultados económicos. Al mismo tiempo que se insiste en la necesidad de acomodar las tasas para evitar o minorar las necesidades de financiación suplementaria.

Y es en esta segunda idea donde me separo del juicio del Tribunal de Cuentas porque los mercados municipales no han de ser vistos sólo por el criterio de una saneada economía. Por supuesto que resulta indispensable aclarar bien los números, los costes y gastos, porque la información es el presupuesto indispensable para una adecuada actuación.

Pero los mercados no son sólo esos números negros o rojos, esos cuadros de datos. Hay lonjas que se mantienen en edificios históricos o muy emblemáticos, donde los puestos colocan con primor las coloristas frutas y verduras, hacen brillar los pescados y conservas, muestran la copiosa oferta de aceitunas o de exuberantes especias… ¡Hay tantos textos literarios que nos hacen recorrer el laberinto de pasillos de mercancías, de cuadros que resaltan esa paleta de matices, de películas que nos acercan esos escenarios locales! E imagino que también ya circulan cientos de selfies en los mercados. Porque es un auténtico goce de los sentidos pasear por esos mercados tan vivos que permiten sentir el pálpito de la localidad. Un goce real, lejos del aséptico comercio virtual tan en auge.

Por ello, habría que insistir en la responsabilidad pública de mantener esos mercados locales donde se agavillan los productos del entorno, aquellos justamente que nos han permitido llegar hasta donde estamos.

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