Al hilo de la entrada “Habemus Presidente ¿Y ahora qué?”, del pasado diciembre, hacía un interesante comentario José María Ortega Jaén. Comparto al 100 por 100 la opinión de José María sobre la conveniencia de preguntarse uno mismo que haría en caso de verse en una situación. Es imprescindible una regeneración de la sociedad española, que nos ayude a librarnos de la corrupción y, sobre todo, nos permita progresar como sociedad. Pero para que la misma sea posible nunca debemos caer en una inquisición expurgadora de todos los defectos ajenos, cada uno debe empezar por analizar que puede mejorar él mismo.

El acertado comentario me recordó una anécdota ocurrida hace más de 30 años en el viejo Centro de Estudios Abella en el que organizábamos cursillos y seminarios de Administración Local.

Así, en uno de ellos se debatió el tema de los baremos específicos introducidos poco antes en nuestro ordenamiento jurídico, a fin de permitir que la selección de los habilitados nacionales no fuera ajena a la Corporación interesada, permitiendo que la misma añadiera alguna mejora al perfil de los candidatos que se adaptara a sus necesidades. Ello nos había llevado a ver en el BOE cuáles eran las necesidades reales de nuestros Ayuntamientos, de tal guisa que para un Ayuntamiento podía ser requisito especialmente valorable el tocar las campanas de la Iglesia o tocar el órgano. También había llamado la atención la capacidad para afinar, como el caso del Ayuntamiento que valoraba la experiencia en municipio con costa, entre 1000 y 3000 habitantes, con especial incidencia del urbanismo… valorando que la experiencia superase una año, hasta tres, sin parecer interesante que el aspirante hubiera perseverado más tiempo, ni su experiencia en municipio de 3100 habitantes.

La práctica totalidad de los asistentes a la jornada, de gran éxito de convocatoria, criticaban sin piedad el sistema creado, que rápidamente había degenerado en un sistema de retrato robot, de modo que los Ayuntamientos seleccionaban al candidato deseado antes de aprobar el baremo, proponiendo luego las habilidades que podían primar a “su” elegido. Evidentemente el sistema había degenerado abandonando los criterios de mérito y capacidad en favor del clientelismo.

Cual fue la sorpresa de los asistentes, hasta el punto que se acabó el debate, con la intervención de un habilitado presente. Expuso sencillamente que lo dicho estaba muy bien, pero él tenía un destino provisional en un municipio isleño de Canarias, donde residía con su mujer, que trabajaba allí, y dos hijos pequeños. Si no convencía a su Alcalde para que se introdujera su “foto” en el baremo a aprobar por el Ayuntamiento, existía una alta probabilidad de que el destino fuera ocupado por cualquier interesado con mayor antigüedad, siendo lo más fácil que se viera obligado a cambiar de Isla, si no a emigrar a la península, con las desastrosas consecuencias familiares que ello conllevaría… Tras su exposición, como en el Evangelio de la mujer adúltera, se hizo un gran silencio y nadie tiró la primera piedra.

El que quiera entender que entienda, pero por si hay alguna duda, no creo que tocar el órgano sea mérito para desempeñar una Secretaría y que una experiencia de cinco años puede ser más valorada que la de tres…

Pero la pregunta no debe ser ¿tú que harías? Como acertadamente me señalaba José María en su comentario la pregunta es ¿qué habría hecho yo? O aún mejor, ¿qué puedo hacer yo?3

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