Si observamos el organigrama de cualquier administración pública, veremos una herencia del siglo XIX: divisiones verticales, estancas y especializadas. Aquí está Economía, allí está Medio Ambiente, y más allá Asuntos Sociales. Cuando surge un problema, lo clasificamos en una de estas cajas y aplicamos una solución «monocromática». Si el problema es de desempleo, aplicamos un subsidio (solución económica). Si el problema es de contaminación, aplicamos una multa (solución ambiental).
Pero la realidad, obstinada y rebelde, no entiende de organigramas. Los problemas públicos contemporáneos suelen ser híbridos. La polivalencia estratégica es la respuesta a esta complejidad: la capacidad de diseñar herramientas de gestión que, como una navaja suiza, sirvan para apretar un tornillo económico, cortar un nudo social y limar una aspereza ambiental, todo al mismo tiempo. La polivalencia estratégica nos invita a superar la miopía disciplinar. En un entorno de turbulencia, no podemos permitirnos el lujo de desperdiciar recursos lanzando una política pública que solo sirva para una cosa. Hay, por tanto, que diseñar respuestas que integren perspectivas diversas desde el minuto cero. No se trata de que el departamento de Economía lance un plan y luego Medio Ambiente le ponga pegas. Se trata de que la medida se conciba para maximizar el valor en ambas dimensiones simultáneamente.
Imaginemos un plan de ayudas ante una crisis. Enfoque tradicional: Repartir dinero para reactivar el consumo. Enfoque polivalente: Repartir dinero condicionado a la rehabilitación energética de viviendas. Con el segundo enfoque, atendemos la urgencia económica (corto plazo), mejoramos la eficiencia energética (medio ambiente) y reducimos la factura de la luz de las familias vulnerables (social). Hemos convertido un gasto en una inversión triple.
Esta estrategia tiene también una dimensión temporal fascinante que conecta la táctica (lo urgente) con la estrategia (lo importante). A menudo, la Administración apaga fuegos (táctica) y olvida investigar quién los provocó (estrategia). La polivalencia estratégica exige que la respuesta inmediata sirva para construir el futuro. Otro ejemplo: si atendemos a ciudadanos en una crisis económica, estamos generando una mina de oro de datos. Si diseñamos el proceso con polivalencia, esos datos no morirán en un expediente de «prestación concedida». Esos datos servirán para trazar el mapa de la vulnerabilidad en el territorio, para diseñar futuras políticas educativas o sanitarias. Es la eficiencia llevada al extremo: el mismo acto administrativo cura la herida hoy y previene la enfermedad mañana.
Por otra parte, tradicionalmente, pensamos que para coordinarnos necesitamos «consenso explícito»: todos debemos pensar igual y querer lo mismo. La polivalencia estratégica nos dice que no. Podemos diseñar una política que sea interpretada de forma distinta por diferentes audiencias, y que aun así funcione: una misma partitura que suena bien tanto para el inversor capitalista como para el activista ecológico. El inversor apoya la medida porque reduce riesgos y asegura rentabilidad a largo plazo. El activista la apoya porque protege el planeta. El gestor público la apoya porque garantiza paz social. No necesitan estar de acuerdo en los «motivos» últimos; solo necesitan estar de acuerdo en la «acción» concreta. La polivalencia estratégica permite construir coaliciones improbables, uniendo a actores que normalmente no se hablarían, bajo el paraguas de una solución que satisface sus diferentes lógicas.
La polivalencia estratégica nos exige un nuevo perfil de directivo público. Ya no buscamos al especialista ultra-focalizado que sabe todo sobre nada. Buscamos al gestor «políglota», capaz de hablar el idioma de la eficiencia económica, el de la justicia social y el de la sostenibilidad ambiental, y traducirlos en una única política pública. En un mundo turbulento, la especialización extrema es fragilidad (si cambia el contexto, tu especialidad no sirve). La polivalencia es robustez. Es la capacidad de tener siempre una herramienta a mano que, aunque diseñada para otra cosa, nos sirva para sobrevivir al nuevo reto que acaba de aparecer en el horizonte.






