Carreteras en el recuerdo

0

Hace tiempo que la clara voz del campo, con sus buenas maneras, sus modestas quejas y sensatas peticiones, ha atraído la atención de los representantes públicos más propensos a escuchar y repetir frases llenas de lugares comunes y anglicismos propios de la agitación urbana. Incluso las noticias se hacen eco del abandono de las tierras, del drama de las estadísticas sobre despoblación, de las pequeñas escuelas rurales, del cierre de sucursales bancarias, de la carencia de servicios básicos… También la pandemia con sus catastróficas secuelas ha incrementado la preocupación hacia esas zonas al ofrecer un abierto abanico de perspectivas: desde las tristezas por su mayor vulnerabilidad al contar las residencias con menos medios y estar alejados de centros sanitarios, hasta las ventajas del bello y espacioso entorno para mantener una grata actividad sin las estrecheces de los pisos urbanos. Todo ello ha asentado la idea de incrementar con urgencia medidas que cuiden a quienes viven en un entorno rural.

El objetivo resulta obvio: que impere el dominio de la bandera de la equidad y la igualdad. Las tendencias publicitarias lo concretan en la triple letra “e” ante el anglicismo imperante. Esto es, conseguir la igualdad entre las condiciones de vida rural y urbana; garantizar la igualdad de derechos de todas las personas con independencia de su domicilio, ya sea un pueblo o una gran urbe; y la tercera, facilitar la equidad en las actividades, prácticas, medios en las relaciones e intercambios que la vida rural genera.

Con esta finalidad el Comité Europeo de las Regiones ha aprobado un dictamen en el que propone actuaciones estratégicas para la recuperación de las zonas rurales (se ha publicado en el Diario oficial el pasado dos de febrero). Unas zonas rurales que se extienden a prácticamente el noventa por ciento del territorio de la Unión Europea (el 88%, una cifra sorprendente ante tanta desatención) y que acoge a casi a la mitad de la población europea. Tan extensos territorios ofrecen una nutrida diferencia de prácticas agrarias, forestales, cinegéticas, de ocio y turismo, de biodiversidad y tradiciones culturales. Una heterogeneidad que ha de trenzarse e integrarse en la unidad europea.

El documento resalta lógicamente la necesidad de incrementar la cuantía de los fondos europeos, esa eficaz argamasa de solidaridad que desde hace décadas levanta el edificio de la Unión. Porque resulta preocupante cómo se ha reducido la partida financiera para el desarrollo rural en el nuevo marco financiero plurianual. De ahí que se insista en incrementar la financiación de la política agraria comunitaria, de aumentar los recursos para el desarrollo rural, de considerar en todos los fondos europeos a las zonas rurales.

Otros epígrafes destacados de ese Dictamen son las reiteradas locuciones relativas al crecimiento verde y a la conectividad digital.

A mi juicio, poco hay que enseñar a los vecinos de los pueblos sobre cómo cuidar su entorno, cómo cultivar la tierra y cuidar del monte. Escucharon a sus padres y estos a los suyos y el adecuado aprovechamiento de tantas zonas forestales es una buena muestra. Es urgente, no obstante, insistir en garantizar la conectividad digital. No sólo no hemos llegado en todo el territorio europeo a los objetivos fijados para 2020 sino, lo que es más grave, todavía el mapa refleja zonas blancas, esto es, aquellos núcleos de población que carecen de una conexión básica.

Otros aspectos destaca ese Dictamen del Comité de las Regiones. Algunos tan esenciales como la asistencia sanitaria o la necesaria garantía del transporte público. Sin embargo, echo en falta una mención.

Con tanta preocupación por los sistemas informáticos y por los servicios digitales, por la teleasistencia y telemedicina, por el transporte eléctrico y el avance de la automoción; tras tanta preocupación como sabemos por otras iniciativas para garantizar la expansión de la conexión de los objetos (la conocida por sus siglas nuevamente en inglés IoT), la digitalización de los servicios públicos de recogida de basuras o la creación de “servicios financieros rurales” como propone el Comité de las Regiones junto a la expansión de las nuevas tecnologías financieras (de nuevo más conocidas como “fintech”)… junto a toda esta panoplia de propósitos que giran por la necesaria red de telecomunicaciones falta, a mi juicio, una mención esencial: ¿dónde queda la red física, la red básica de carreteras?

Aunque tendamos a comunicarnos a través de tantísimos aparatos, la carretera resulta esencial y el estado de muchas de ellas es ciertamente penoso. ¿Es necesario recordar ejemplos de pacientes que han empeorado por los vaivenes de las ambulancias o la tardanza en su traslado al centro de fisioterapia? ¿Los daños derivados del retraso en recuperar la red eléctrica o la conexión a Internet ante la dificultad de acceso de los técnicos a las instalaciones?

Mantener el buen estado de las carreteras es inexcusable. De ahí la necesidad de insistir en las demandas de las zonas rurales. Que lleguen a oídos de Seopan, la asociación de empresas constructoras, con el fin de que no solo presenten propuestas sobre las autopistas y autovías, sino que miren las necesidades de las carreteras que unen los pueblos. Que lleguen a oídos del Gobierno para que parte de esos fondos europeos de recuperación satisfagan el presupuesto de la buena comunicación física. 

Quizás, además, esos trabajadores de la construcción y los técnicos de mantenimiento se acerquen a los pueblos y adviertan la singularidad y variedad de las zonas rurales, se visiten y se disfruten.

Es la carretera la que abre los nuevos caminos. Sin ella, la movilidad será una ilusión y hará más difícil alcanzar el destino marcado en esa estrategia para garantizar la igualdad y la equidad.

No hay comentarios

Dejar respuesta