El Blues del turismo masivo

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Reproduzco una conversación real que escuché y sobre la que no he dejado de pensar. Situémonos en una gran ciudad mediterránea española, hermosa y abierta al mundo. Serían sobre las doce del mediodía. En la barra de su bar de siempre, en pleno centro histórico de la ciudad, dos vecinos charlaban entre sí mientras esperaban que el agobiado camarero les sirviera el café que habían pedido hacía más de quince minutos. El establecimiento se encontraba abarrotado de turistas que en lenguas diversas se afanaban por resultar atendidos. Muchas más personas aguardaban su turno en el exterior, en cola y con aspecto estrafalario.

  • ¡A esto no hay derecho! – afirmó con enfado uno de los vecinos -. ¡El turismo masivo no nos deja vivir! Está todo lleno, resulta imposible ir a ningún sitio. Y por la noche, no hay manera de dormir con la escandalera que arman.
  • Pienso igual que tú – asintió el segundo de los vecinos, indignado y dolorido por el codazo que un inglés tremendo acababa de propinarle -. Esto no se aguanta. Tenemos que detener esta avalancha de turistas que lo invade todo.
  • Si no hacemos nada, nos acabarán echando a los de aquí. Los alquileres se han puesto por las nubes. Ya no podemos vivir en el centro, que se ha convertido en un gran decorado para el turismo, una cáscara vacía de vida nativa.
  • Es horroroso, la ciudad morirá. Me han dicho que los fondos de inversión compran bloques enteros para adaptarlos a pisos turísticos. ¿Dónde viviremos nosotros? ¿Y nuestros hijos? Es una barbaridad, nos están robando el alma.
  • Tenemos que manifestarnos contra el turismo masivo. En el fondo de mi alma me alegro cuando veo los carteles de Turistas, ¡Go Home!
  • A mí me pasa igual. Nunca apoyé la violencia, pero, a veces, me dan ganas de acompañar a los jóvenes esos que hacen pintadas de protesta sobre los autobuses turísticos o que pinchan las bicicletas de alquiler.
  • A ver si así aprenden esos malditos turistas y nos dejan tranquilos…

Interrumpieron entonces su conversación. En ese momento, el camarero, por fin, les sirvió sus cafés. Estaban fríos, pero se los bebieron resignados.

  • Por cierto, ¿Qué vas a hacer este próximo puente?
  • Me voy a Venecia con toda la familia. Estamos muy ilusionados. ¿Y tú?
  • Pues he ampliado con algunos días de vacaciones que me quedaban y haré junto a mi mujer y unos amigos un crucero por las islas griegas.
  • Qué chulo… Me lo apunto para el próximo año. Nos encanta viajar.
  • Y a nosotros, es lo que más nos gusta…

Apuraron sus cafés y se dispusieron a despedirse.

  • Ah, se me olvidaba comentártelo, por fin encontró trabajo mi hija María.
  • Ah, ¿sí? ¿Dónde?
  • Pues en el departamento financiero de una empresa que está creciendo mucho. Estamos muy contentos, llevaba tiempo buscando un empleo y le pagan muy bien.
  • Dale la enhorabuena de mi parte. ¿A qué se dedica la empresa?
  • Pues es una página web que gestiona viajes y facilita rutas y pisos baratos a los turistas. No te puedes figurar lo bien que le va. ¿Y tu hijo Antonio?
  • Pues sigue en el departamento de marketing de la compañía aérea que le contrató hace seis meses. Está contento con el sueldo. Y la compañía crece y crece.
  • Como es de low cost, todos las usamos. Gracias a ellas, podemos viajar a precios tirados.
  • Eso le digo yo, que hacen la mejor obra social, permiten el turismo para quien antes no podía pagárselo.
  • Pues sí…

Se abrazaron para despedirse.

  • Ha sido un placer compartir un rato contigo.
  • Sí, lástima que estos malditos turistas no nos hayan dejado en paz.
  • A ver si logramos echarlos de una vez.
  • Sí, a ver si lo conseguimos… Que bonito sería vivir aquí sin estos guiris que todo lo estropean.

Me quedé un buen rato en la cafetería y apunté los detalles de la conversación clarividente. Acababa de descifrar la paranoia del siglo, nuestra relación amor/odio con el turismo. Desde entonces, lo tengo claro. Somos turistas, sin reconocernos en ellos. Nos engañamos al pensar que los turistas siempre son los demás y nunca nosotros. Recordé, entonces, la copla sabia. Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio. / Contigo porque me matas / sin ti porque me muero.

Pues eso. Pagué mi consumición y me dirigí hacia la catedral. Había sacado la entrada por internet y aún tendría que guardar una larga cola para entrar. Malditos turistas….

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