Si algo nos ha enseñado la última década es que la planificación estratégica tradicional, esa que dibuja escenarios a cinco o diez años vista con la precisión de un relojero, ha muerto. O, al menos, ha quedado obsoleta frente a una realidad que ya no es lineal, sino turbulenta. En un mundo donde las preguntas cambian antes de que hayamos redactado las respuestas, la Administración pública no puede permitirse el lujo de seguir operando bajo la lógica de «disparo único»: diseñar una política perfecta en el papel, aprobarla y esperar que funcione. Hay que transitar por un nuevo modelo en la experimentación y el prototipaje. Se trata de un cambio de paradigma radical: pasar de una administración que legisla verdades absolutas a una que testea hipótesis. Pasar de la infalibilidad (ficticia) al aprendizaje (real).

El primer obstáculo no es técnico, sino cultural. Nuestras administraciones fueron diseñadas bajo principios de racionalidad legal, estabilidad y seguridad jurídica. Son máquinas perfectas para la repetición y la estandarización, pero tremendamente torpes para la innovación. En el código fuente del funcionario tradicional, el error se castiga; en la lógica del design thinking y la experimentación, el error se celebra —siempre que sea temprano y barato— porque es la fuente del aprendizaje. Implementar estrategias de experimentación requiere, por tanto, una tolerancia a la incertidumbre que hoy brilla por su ausencia. Requiere gestores públicos capaces de decir «no lo sé, pero vamos a probarlo». Esto choca frontalmente con unas estructuras jerárquicas y rígidas que ven el riesgo como una amenaza y no como una oportunidad. Por eso, la gobernanza robusta no pide simplemente añadir un «departamento de ideas nuevas», sino replantear las lógicas organizativas para que el sistema no expulse los anticuerpos de la innovación.

Hasta ahora la solución que hemos encontrado han sido los «teatros de la innovación». Ante la rigidez de las estructuras tradicionales, la tentación política ha sido crear laboratorios de Innovación (Labs) como entes periféricos. Estos laboratorios son espacios necesarios. Permiten la co-creación, rompen silos y usan metodologías ágiles que serían imposibles en la estructura nuclear del ministerio o la consejería de turno. Sin embargo, corren un riesgo mortal: convertirse, en el mejor de los casos, en islas de excelencia y, en el peor y más habitual, en meras islas de «modernidad estética», dentro de un océano de burocracia convencional. Si el laboratorio de innovación se vuelve auto-referenciado —si se dedica a hacer post-its de colores y prototipos que nunca escalan—, fracasa. La gobernanza robusta exige que estas unidades de innovación no sean un gueto de modernos, sino que estén implicadas efectivamente con las unidades sectoriales. El innovador no puede vivir de espaldas al gestor que tramita expedientes. Debe conocer sus dolores, sus cuellos de botella y proponer soluciones desde la empatía administrativa. Si no existe un puente levadizo entre el «Lab» y la «casa grande», el experimento se quedará en un piloto brillante que muere en un cajón, mientras la maquinaria administrativa sigue rodando hacia el abismo con sus viejas inercias.

La estrategia de prototipaje (prototyping) es la herramienta operativa de este enfoque. Consiste en lanzar versiones «beta» de las políticas y servicios públicos (modelos de laboratorio, gemelos digitales, ¿metaverso?). Antes de licitar un contrato millonario o desplegar una Ley, ¿por qué no probar la solución en un barrio, en un hospital o con un grupo de control? Esto permite generar una retroalimentación de conocimiento inmediata. Permite fallar rápido y barato. En el sector privado esto es el abecé; en el público, sigue pareciendo una herejía. Sin embargo, investigaciones recientes (Cristofoli et al., 2022) demuestran que esta capacidad de testar respuestas antes de su extensión es lo que diferencia a una organización resiliente de una frágil. Este enfoque se alinea mejor con la nueva gobernanza pública (orientada a la colaboración y a los resultados) que con la vieja Nueva Gestión Pública (obsesionada con el mercado y el coste). Innovar no es recortar; es repensar el valor público junto a la ciudadanía. La experimentación no es un acto solitario de un empleado público ilustrado. Requiere abrir las ventanas. Los laboratorios de gobierno más exitosos son aquellos que han entendido que la inteligencia está distribuida. Involucrar a la ciudadanía, a la academia y al sector privado en el diseño de los experimentos no es solo un ejercicio de transparencia, es una necesidad de eficacia.

Asimismo, la tecnología, el big data y la Inteligencia Artificial nos ofrecen hoy capacidades analíticas sin precedentes para simular escenarios. Podemos tener «laboratorios de datos» que predigan impactos mediante los famosos gemelos digitales. Pero, de nuevo, la tecnología es estéril si no hay capacidad política y relacional. De nada sirve un algoritmo predictivo, o un gemelo digital si el director general no sabe qué hacer con él o si la cultura de la organización desconfía de la evidencia empírica.

A veces, la experimentación no es elegida, sino impuesta. La pandemia del COVID-19 fue el mayor laboratorio global de políticas públicas de la historia. Vimos cómo el teletrabajo, que llevaba años siendo un piloto tímido, se generalizó en 48 horas. Vimos a regiones italianas o españolas probando estrategias de vacunación y confinamiento divergentes. La pregunta es: ¿somos capaces de aprender de esos experimentos forzosos? ¿Podemos institucionalizar esa agilidad sin necesidad de esperar a la próxima catástrofe?

Para que la administración pública recupere su legitimidad y eficacia, debe abrazar la cultura del diseño. Esto implica humildad. Implica reconocer que no tenemos todas las respuestas y que debemos descubrirlas interactuando con la realidad. La gobernanza robusta no es la que nunca se equivoca, sino la que aprende más rápido que los problemas que intenta resolver. Necesitamos unidades de innovación que no sean adornos, sino motores; necesitamos empleados públicos que se sientan seguros proponiendo cambios; y necesitamos una ciudadanía que entienda que un gobierno que experimenta no es un gobierno indeciso, sino un gobierno inteligente que se prepara para el futuro. La experimentación no es un juego; es la I+D de la democracia. Y sin I+D, cualquier organización, pública o privada, está condenada a la obsolescencia.

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