Primero, fue la materia; después, la energía. El dato, en la actualidad, las desplaza a ambas, a la espera de la inteligencia artificial que todo lo gobernará pasado mañana. Pero vayamos por partes, que todo tiene un porqué. Nuestra actual civilización, las instituciones que nos regulan, nacieron, básicamente, en el neolítico, cuando dejamos de ser recolectores-cazadores para vivir de la agricultura. Abandonamos la libertad de las noches de raso y estrellas rutilantes para habitar en las ciudades. Creamos la figura del rey, las fronteras, la muralla, la policía, el ejército, las aduanas, los impuestos, la burocracia. Las instituciones de seis mil años atrás eran, esencialmente, similares a la actuales. Desde aquellos remotos tiempos neolíticos comerciábamos con materia: granos, caza, cueros, cerámica, después metal, telas y vidrio. La sociedad se dividió más o menos en estamentos o castas. Arriba reyes, nobles, sacerdotes y guerreros, abajo el pueblo productor. Sería a finales del siglo XIX cuando la energía del vapor llegó para cambiar el sistema económico por completo. La Revolución Industrial es hija, pues, de la energía. Energía más materia, podríamos matizar. Pues eso, energía más materia conllevaron la aparición de las grandes fábricas, del capitalismo y del proletariado y de la consiguiente lucha de clases, negociación colectiva, derecho laborales y sociales y aparición del estado liberal-social que conformamos hoy en día, con su administración sometida al imperio de la ley. Pero hete aquí que el dato ha llegado para sacudir desde sus mismas raíces la realidad que conocíamos. Primero, la materia. Después, la energía. Ahora, el dato. Mañana….

El dato apareció de manera tímida a finales del XIX con el telégrafo. Por vez primera se comerciaba con datos e información. Después llegaría la radio, el teléfono y la televisión. Las compañías telefónicas y las grandes cadenas de televisión superaron en capitalización e influencia a las eléctricas y energéticas. La economía de la información campaba por sus respetos hasta que la vertiginosa aparición de internet nos hizo comprender que un mundo terminaba para dar comienzo a otro, tan desconocido como excitante. Entramos en la sociedad digital sin respiro ni solución de continuidad. Y como muestra, un botón: las cinco empresas más capitalizadas del mundo, las Google, Facebook, Apple, Microsoft y Amazon, son empresas digitales, siervas del dato. Atrás quedaron, en la melancolía de los sectores maduros, las telefónicas y las eléctricas. El dato entierra a la materia y a la energía, las supera, las trasciende. Rendimos pleitesía al dato y nos disponemos a dar un salto como especie con la aparición de la Inteligencia Artificial que irá paulatinamente asentándose entre nosotros.

Pronto tendremos algoritmos como compañeros o jefes de trabajo. Si ahora laboran para nosotros, en un futuro próximo lo haremos nosotros para ellos. La Inteligencia Artificial hoy, mañana Inteligencia a secas, irá copando progresivamente la toma de decisiones, certera, silenciosa, infaliblemente. El dato que hoy cultivamos será el alimento necesario para el reinado de la Inteligencia en ciernes.

Y mientras navegamos a toda vela en la sociedad digital, nuestras leyes siguen ancladas en territorio analógico, antiguas y desfasadas en un porcentaje significativo. Podemos apreciar las tensiones que se generan en materia laboral – véase la sentencia acerca de la naturaleza de los empleos de la economía colaborativa, por ejemplo -, en materia de confidencialidad, de derechos individuales o administrativos. Los profesionales públicos de la Administración Local tendrán que afrontar los cambios con las limitadas herramientas de las normas avejentadas que la soportan. Todo un reto que gestionar y superar. Ya tenemos aquí las smartcities, tan modernas e inteligentes, pero gobernadas por sistemas opacos ajenas a los controles de los funcionarios locales. Y así, poco a poco, nos veremos superados por una inteligencia más fiable, al menos en apariencia, que nosotros mismos.

Y eso es lo paradójico de la sociedad digital que construimos de manera inevitable y quién sabe si, también, fatal. Nos atrae, nos seduce, nos llama con su colorido luminoso, mientras le entregamos nuestra inteligencia y conocimiento secular para alimentar esa nueva y poderosa Inteligencia digital que pronto nos gobernará de manera ineludible. Son los tiempos, hermosos e inquietantes, que nos ha tocado vivir. El dato mata el mundo que conocimos para alimentar a la Inteligencia que construirá la realidad por venir. Hoy, todavía cantamos y contamos, mañana quizás sólo seamos simples palmeros de acompañamiento. Pero relájese y disfrute, lo que tenga que ser, será. Nada, ni nadie, puede parar ya lo que quizás estuviera escrito desde que aprendimos a usar el fuego y a tallar la piedra. La inteligencia ha muerto, ¡viva la Inteligencia!

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