Observamos, con preocupación, cómo la economía española se desinfla día a día. Los ministros y las ministras se esfuerzan en decirnos que esto va bien, cuando, en verdad, presentimos que la situación se deteriora con rapidez. Un temor vago, un trémulo presentimiento, nos inquieta. La sola idea de una nueva recesión, con su secuela de ruina y paro, nos aterroriza. Nos dicen que no debemos preocuparnos, que todo va a ir bien, pero, a estas alturas, no nos fiamos ya de nadie. Y, menos, aún de las autoridades económicas, que bastante escaldados salimos ya del varapalo financiero que Solbes negó incluso cuando teníamos ya un pie dentro de la trituradora. El miedo es libre y miedo es lo que experimentamos en este inicio del curso, con el otoño dorado llamando ya a nuestras puertas.

Nos dicen que aún crecemos con fuerza, un 2,7% del PIB al año. Que bajar del 3 anterior al 2,7% se trata de una simple desaceleración, lógica tras cuatro años de fuerte crecimiento. Desaceleración, insisten. Podría ser, quién sabe. Es cierto que aún brilla el sol del crecimiento, pero la brisa alborotada que nos acaricia el rostro parece anticipar el puñetazo brutal con el que el tornado de la próxima recesión nos golpeará. ¿Miedo infundado? ¿Sabia premonición? No lo sabemos. Lo único que sabemos es que la dinámica económica ha cambiado y que lo hecho para mal.

Existen causas internas y externas que avalan el desánimo que experimentamos. Las internas son obvias, un gobierno que no tira y que nos desconcierta con sus decires y con sus desdecires, con sus dimes y con sus diretes, con la afirmación simultánea de lo uno y de lo contrario. La permanente contradicciones del gobierno, su obsesión por subir impuestos y por lanzar mensajes amenazantes para empresas y para autónomos, están teniendo como consecuencia la paralización de la inversión y de la toma de riesgo. O sea, lo último que necesitábamos en estos momentos en los que comenzábamos a sacar cabeza del pozo en el que la crisis nos arrojó durante años. Está claro que, hasta ahora, el vocerío desnortado de este gobierno sin rumbo ha perjudicado la marcha de la economía, como pronto lo experimentaremos donde más nos duele, en el incremento del paro. Si agosto fue malo, septiembre – atención – será malísimo. Pero cometeríamos un grave error de percepción si nos creyéramos que los errores del gobierno patrio serán los únicos causantes del tsunami por venir. Su mal hacer es un coadyuvante, pero no el protagonista principal del desmoronamiento que experimentaremos en un año.

De nuevo, el origen del tornado que nos castigará desde finales del próximo año tendrá origen en EEUU, donde la deuda de las empresas y los bonos basura han alcanzado niveles suicidas, mientras que la inflación regresa después de su prolongada ausencia. La Reserva Federal tendrá que ir subiendo tipos, lo que tendrá una doble consecuencia. En el mercado interior, tipos más altos significa mayor coste para los préstamos concedidos, muchos de los cuales no podrán resultar atendidos, con el consiguiente incremento de la morosidad y el debilitamiento de la solvencia bancaria. Pero, la subida de tipos también tendrá como consecuencia la revalorización del dólar, lo que castigará a los países emergentes endeudados en la divisa americana. Todo ello unido al irresponsable proteccionismo arancelario de Trump y a las guerras comerciales consiguientes, ya han favorecido graves crisis en Turquía y en Argentina. Y son sólo el anticipo, otros emergentes, como India, ya llaman a la puerta de la crisis por venir.

En Europa, el BCE ya ha comenzado a disminuir su generoso programa de compra de deuda, que finalizará a principios de 2019. Es muy probable que suframos entonces una progresiva subida de nuestra prima de riesgo, que tensionará un presupuesto ya de por sí imposible de encajar. Pensemos que la subida de un punto de interés cuesta a las arcas públicas 10.000 millones de euros, cifra superior a la manejada por la suma de medidas fiscales que hemos escuchado hasta la presenta. Nuestra deuda sigue creciendo y nos hipoteca gravemente para las dificultades por venir. Nuestro gobierno, sin prestar a tención a esta realidad, continúa prometiendo incrementos de gastos, de déficit y de deuda, jaleado por sus insaciables socios de Podemos. Las cuentas públicas se deteriorarán severamente a partir del próximo verano. Ya veremos lo que ocurre, pero nos tememos que volveremos al cajón de países atenazados por una deuda imposible de pagar, como ya le ocurriera a Grecia y como ahora parece estar comenzando a ocurrir a Italia, enferma crónica ya.

Este es el panorama que vemos por delante, con la angustiosa sensación de que se está formando ante nuestras narices un nuevo tornado económico de magnitudes devastadoras. Todo puede quedar en nada, ojalá, pero el gobernante sabio haría bien preparándose para minimizar la violencia de su envite. Desgraciadamente, no parece ser nuestro caso. Sufriremos, pues, un grave susto dentro de un año aproximadamente. Pero mientras tanto, al parecer del gobierno, que la fiesta dure, que ya alguien tendrá que pagará.

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