La dictadura del correo electrónico

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La dictadura del correo electrónico

Hace ya nueve años que, en Francia, por una acertada reivindicación sindical, se pactó prohibir el envío de correos electrónicos fuera de la jornada laboral. La medida, pensada inicialmente para que los jefes y gestores de las empresas de más de 50 trabajadores dejaran en paz a sus subordinados, entró en vigor el 1 de enero de 2017 y está teniendo más recorridos para distintos ámbitos y, por supuesto, también, para los fines de semana.

Escribo estas líneas porque, en nuestro país, aunque ha habido iniciativas similares, queda mucho camino por recorrer y la Administración General del Estado debe predicar con el ejemplo, lo que no hace en absoluto, al menos en el campo en el que yo trabajo.

Cuando el mes de agosto se convierte en vacacional casi sin excepción, a salvo los servicios mínimos y hasta las universidades, también por ahorro energético, llegan a cerrar parte del mes a cal y canto, nos encontramos con que el Ministerio de Ciencia e Innovación (y sus precedentes de otro nombre), no descansa o, para ser más exacto, no deja descansar desde hace años a los Grupos de Investigación que, previo concurso nacional, subvenciona. Y son cientos.

Como responsable de uno de estos grupos, no hay 15 de agosto, día arriba o abajo, que no reciba un correo con una notificación sobre estado, seguimiento o calificación de lo que se viene trabajando y, casi siempre, con un exiguo plazo para, si procede, realizar alegaciones. No es sólo que el investigador principal de un proyecto tenga que estar pendiente, en la playa o la montaña, de lo que le entra, sino que, además, tiene que contactar con los demás miembros del grupo, alguno de difícil localización, como es lógico y hasta justo, Y, si lo logra, solo la terquedad acrítica puede negar que no es lo mismo una reunión sin urgencias, con orden del día y a poder ser presencial, para debatir cómo valorar la notificación ministerial y qué líneas seguir, que, atropelladamente, se contacte telefónicamente o por “mail”, para salir del paso ante la preclusividad de los plazos. Muy mal y máxime, como he dicho, cuando hay miles de investigadores amparados por las líneas de fomento estatales. Porque, por quince días, ¿qué se gana o se pierde? Nada, obviamente, en un mes inhábil a muchos efectos. Pero se molesta y se propicia una respuesta de baja calidad, lo que no parece lo más aconsejable para alcanzar los objetivos que se estimulan oficialmente.

En mi Universidad, hace poco, el Rectorado anunció que no enviaría los viernes esos numerosos correos de anuncios, encuestas y demás agobios. Un alivio, aunque no alcanzaba a la desconexión digital corporativa del alumnado que, los sábados y domingos próximos a los exámenes, te satura de preguntas, incluso a las tantas de la mañana. Con todo, que los servicios centrales de la institución no parieran mensajes los viernes, era un bálsamo. Pero llegó el primer viernes y no dejaron de entrar correos porque esa medida no afectaba -y no por falta de competencia- a Decanatos y Departamentos. Y, repito, las cosas han de estar claras. Si desde 2016 los sábados son inhábiles; si hay una jornada laboral y un calendario vacacional, actúese. En Francia se apelaba al estrés de los trabajadores. Yo, personalmente, puedo dar fe de que, muchos días, cuando uno inicia con frescura y ganas la jornada laboral, agota las dos horas más lúcidas en leer -y contestar, en su caso- correos que, muchas veces, son irrelevantes o simplemente estúpidos, derivados de la moda del momento de acopiar y procesar la información que, al cerebro de turno, le venga en gana. Luego, ya medio agotado, es cuando uno puede preparar las clases o avanzar en un artículo que, creo, son fines más excelsos que cumplimentar un cuestionario donde hay que comenzar cubriendo datos que obran desde hace décadas en poder de la Administración, lo que, como sabemos, no debiera consentirse.

Dicho en cinco palabras y con respecto a las horas y días de asueto: que nos dejen en paz.

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