Los más cocinitas del lugar (no es mi caso) conoceréis bien la expresión francesa de mise en place. Literalmente significa «poner en su sitio», aunque en realidad describe algo bastante más importante. Antes de encender los fogones, el cocinero prepara los ingredientes, afila los cuchillos, dispone los utensilios, limpia y corta los alimentos, calcula las cantidades y coloca cada cosa exactamente donde deberá estar cuando comience el servicio.

La mise en place no es todavía cocinar. Pero sin ella resulta muy difícil cocinar bien.

Quizá sea una buena metáfora para describir el momento en el que se encuentran muchas Administraciones públicas españolas respecto de la inteligencia artificial. Porque llevamos ya algún tiempo hablando de algoritmos, asistentes virtuales, modelos de lenguaje, agentes, automatización o sistemas predictivos; hemos probado ChatGPT, Copilot, Gemini y unas cuantas herramientas más; hemos organizado jornadas, cursos y congresos; e incluso empiezan a proliferar estrategias, políticas, observatorios, oficinas y proyectos piloto o pruebas de concepto, como lo llaman los modernos.

Los fogones, en definitiva, están encendidos.

El problema es que en muchas cocinas todavía no hemos terminado la mise en place.

Y quizá convendría hacerlo antes de empezar a servir platos.

Primer ingrediente: una estrategia

La primera pregunta de una Administración ante la inteligencia artificial no debería ser qué herramienta comprar, sino para qué quiere utilizarla.

La fascinación tecnológica tiene una extraordinaria capacidad para invertir el orden de las preguntas. Primero aparece una solución y después buscamos desesperadamente un problema que permita justificarla.

Una estrategia de IA debería hacer precisamente lo contrario: identificar problemas públicos, procesos mejorables y necesidades ciudadanas y, solo entonces, preguntarse si la inteligencia artificial puede ayudar a resolverlos.

No necesitamos Administraciones con mucha IA. Necesitamos Administraciones mejores gracias, entre otras cosas, a la IA.

Segundo ingrediente: gobernanza

Alguien tiene que decidir qué puede hacerse, quién puede hacerlo y bajo qué condiciones.

La inteligencia artificial no puede convertirse en una colección de iniciativas dispersas impulsadas por departamentos, proveedores o empleados especialmente inquietos. Hace falta una arquitectura mínima de gobernanza: responsabilidades claras, reglas de uso, mecanismos de autorización, inventarios de sistemas, supervisión, evaluación de riesgos y procedimientos para gestionar incidentes.

Especialmente porque la IA ya no es únicamente una cuestión de innovación tecnológica. Es también protección de datos, contratación, seguridad, transparencia, derechos fundamentales, organización y responsabilidad administrativa.

Gobernar la IA significa, en definitiva, saber qué inteligencia artificial existe dentro de nuestra organización y poder responder por ella.

Tercer ingrediente: datos

Podemos disponer de magníficos modelos de inteligencia artificial y descubrir después que nuestra Administración no sabe exactamente qué datos tiene, dónde están, quién es responsable de ellos, cuál es su calidad o si puede utilizarlos para aquello que pretende hacer.

No hay inteligencia artificial seria sin una mínima gobernanza del dato.

Y probablemente aquí tengamos uno de los trabajos menos vistosos y más importantes de toda la receta: inventariar, ordenar, limpiar, documentar, interoperar y responsabilizarse de los datos.

Porque la IA puede ser extraordinariamente sofisticada, pero sigue dependiendo en buena medida de aquello con lo que la alimentamos.

La despensa importa tanto como el cocinero.

Cuarto ingrediente: personas

Quizá sea el ingrediente principal.

El artículo 4 del Reglamento europeo de Inteligencia Artificial ha convertido la alfabetización en IA en una obligación, pero reducirla a unas cuantas horas de formación sería desaprovechar completamente su sentido.

Alfabetizar no consiste únicamente en enseñar a escribir mejores prompts.

Consiste en conseguir que empleados públicos, directivos y responsables políticos comprendan suficientemente qué puede hacer la IA, qué no puede hacer, cuáles son sus riesgos, cuándo utilizarla y, sobre todo, cuándo no utilizarla.

Necesitamos empleados públicos capaces de trabajar con inteligencia artificial, pero también capaces de cuestionarla.

Y necesitamos directivos públicos capaces de tomar decisiones sobre tecnología sin tener que convertirse para ello en ingenieros informáticos.

Quinto ingrediente: tecnología

Sí, también necesitamos tecnología.

Pero deliberadamente la coloco en quinto lugar.

Porque uno de los errores más frecuentes de cualquier transformación digital consiste en pensar que comprar tecnología equivale a transformar una organización.

Habrá que decidir qué modelos utilizar, dónde se ejecutan, qué información pueden procesar, qué requisitos de seguridad deben cumplir, cómo se integran con nuestros sistemas y qué grado de dependencia estamos dispuestos a asumir respecto de determinados proveedores.

No existe una única solución tecnológica válida para toda la Administración. Probablemente necesitaremos diferentes herramientas para diferentes riesgos y diferentes usos.

El cuchillo adecuado depende de lo que vayamos a cortar.

Sexto ingrediente: procedimientos

Este es probablemente uno de los ingredientes menos atractivos, pero también uno de los más administrativos.

Una organización madura no puede limitarse a decir que utiliza la IA «de manera responsable». Tiene que explicar cómo lo hace.

¿Cómo se autoriza un nuevo sistema? ¿Quién evalúa sus riesgos? ¿Cuándo debe realizarse una evaluación de impacto? ¿Qué ocurre si aparece un sesgo? ¿Cómo se comunica un incidente? ¿Quién puede ordenar la suspensión de un sistema? ¿Cómo documentamos la supervisión humana? ¿Cuándo volvemos a evaluar una herramienta que ha cambiado?

Las grandes declaraciones éticas son necesarias.

Los procedimientos son los que consiguen que se cumplan un martes cualquiera a las diez de la mañana.

Séptimo ingrediente: experimentar

Y después de preparar todo lo anterior hay que cocinar.

Porque también existe el riesgo contrario: construir arquitecturas perfectas de gobernanza de la IA sin utilizar nunca inteligencia artificial para resolver ningún problema real.

Necesitamos pilotos, espacios controlados de experimentación y casos de uso concretos que permitan aprender haciendo.

Empezar pequeño, medir, equivocarse barato, corregir rápido y escalar únicamente aquello que demuestre generar valor público.

La Administración no aprenderá a utilizar la inteligencia artificial leyendo únicamente reglamentos, del mismo modo que nadie aprende a cocinar leyendo recetas.

Hay un momento en que hay que entrar en la cocina.

Y un ingrediente que no podemos comprar

El tiempo.

La transformación que tenemos delante no se producirá mediante una gran licitación, una estrategia brillante ni una herramienta milagrosa.

Necesitará años de aprendizaje organizativo.

Precisamente por eso conviene empezar ahora.

Quizá dentro de algún tiempo dejemos incluso de hablar tanto de inteligencia artificial. Dejaremos de organizar jornadas sobre ella, desaparecerá de los titulares y utilizaremos sistemas inteligentes con la misma naturalidad con la que hoy utilizamos el correo electrónico, un gestor de expedientes o una hoja de cálculo.

Ese será probablemente el verdadero indicador de madurez: cuando la IA deje de ser un proyecto y se convierta en una capacidad ordinaria de nuestras Administraciones.

Pero todavía no estamos ahí.

Estamos preparando la cocina.

Y antes de empezar a servir platos quizá convenga mirar alrededor, comprobar que tenemos los ingredientes, colocar cada cosa en su sitio y terminar, de una vez, nuestra mise en place.

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