Plus de penosidad en concepto de preparación de plenosHace ya tiempo me contaban que algunos compañeros – no daré ningún pista que permita identificarlos por aquello de la protección de datos –  venían percibiendo una dieta en concepto de preparación de plenos, cuyo devengo se motivaba en el hecho de que al darse la circunstancia de  celebrarse las sesiones a última hora de la tarde debían quedarse en el municipio y, por ende, en el Ayuntamiento.

Yo, haciendo gala de mi excesiva candidez, contestaba a mi confidente que no compartía tales razones para cobrar tan novedosa e inquietante dieta y que cualquier Alcalde medianamente avispado les podría oponer a estos compañeros que nadie les obligaba a permanecer en el municipio hasta la hora de celebración del Pleno, sino, simplemente, a personarse a la hora señalada para su inicio y que si preferían quedarse en el Ayuntamiento ello se debería a razones de ahorro o de comodidad personal, ya que tampoco nadie les obligaba a residir en otra localidad.

Sin embargo, me acuerdo muchas veces de aquella famosa dieta con motivo de las celebraciones de los plenos, sobre todo en épocas como esta en la que se inicia la precampaña electoral y el posicionamiento de los futuros elegibles, y me pregunto si en nuestra profesión no deberíamos cobrar un plus de penosidad por Plenos, dadas las cuitas y sobresaltos que nos acechan desde la convocatoria hasta unos días después de su celebración e, incluso, en algunos casos hasta que, no sin arduos esfuerzos de persuasión, vemos aprobado el borrador del acta en la siguiente sesión, presas, ya, de los desvelos de ésta última, envueltos, así, en una espiral sin fin.

Por eso, con el motivo de reflexionar sobre la bondad de reivindicar el plus de penosidad por Pleno, someto al análisis de aquellos interesados en la cuestión la narración de la siguiente situación, cuyo más mínimo parecido con la realidad será pura casualidad o fruto de la deformada imaginación de algunos lectores.

“Son aproximadamente las 10,30 de un lunes cualquiera y he adelantado la hora del café porque me invade una extraña sensación de desazón pues, no en vano, el viernes pasado dejé convocado un Pleno para esta semana.

Atravieso la Plaza bajo un cielo plomizo y desabrido, o al menos a mí me lo parece, y cuando estoy a punto de alcanzar la puerta del Ayuntamiento miro de reojo y me siento algo reconfortado pues no se divisa a ningún concejal acechándome para informarse de los asuntos incluidos en el orden del día.

Pero cuando gano el vestíbulo y me creo momentáneamente a salvo, al pasar frente al registro, veo de reojo a D. Perfecto Desconfiado, concejal de la oposición, que me descubre a través de sus gruesas gafas y me espeta: ¿Secretario tienes un momentito libre?. Ya me conozco yo sus mementitos, pero resignado le contesto que claro que sí y que le espero en mi despacho. En realidad, pienso, cuanto antes pase este amargo trago, antes podré seguir con lo mío y aligerar esa sensación de opresión que siento dentro de mí.

Vuelvo a mi despacho y me siento en el sillón si hacer nada, a la espera de que D. Perfecto Desconfiado, en el ejercicio de su constitucional derecho de acceso a la información, me someta a toda clase de suspicaces e insidiosas preguntas e indirectas de las que, sinceramente, no me siento destinatario sino una especie de espejo de Blancanieves, ante el que el Sr. Desconfiado practica sus diatribas en la total confianza de que no me encuentro en situación de responderle y ante el que aprovecha para hacer un ensayo de reafirmación de su propio ego; mientras me impongo la tarea, como todas las veces, de repasar en la legislación en que norma se encuentra regulada mi obligación de tener que atender personalmente a los concejales para explicarles de primera mano, no solo los asuntos que se trataran en el Pleno, sino las motivaciones y objetivos que se persiguen con ellos que, en demasiadas ocasiones desconozco puesto que el equipo de gobierno no ha tenido la delicadeza de poner en mi conocimiento.

Unos veinte minutos después – pareciera que el Sr. Desconfiado me deja madurar para minar mi ya débil posición – suenan unos suaves golpes en la puerta y, tras el consabido adelante, hace su entrada D. Perfecto con ese halo que irradian las personas que dominan cualquier situación y cuyos conocimientos sobre cualquier materia que se plantee – al menos así lo transmiten – les infunde una seguridad apabullante, cuando no desagradablemente arrogante y, en un tono conciliador poco creíble, me dice: Bueno vamos a ver que es lo que esta vez se les ha ocurrido a estos.

Mientras D. Perfecto Desconfiado hojea con desgana los expedientes yo paseo la vista por mi reducido despacho, que ya conozco en todas sus dimensiones pero tampoco voy a fijar continuamente la mirada en mi interlocutor que, por otra parte actúa como si yo no estuviera allí, y, de vez en cuando, miro sin fijarme hacia la pantalla del ordenador sin atreverme a acometer ninguna tarea ya que estoy a la espera de ser interrogado e, incluso, increpado sobre cuestiones que, aunque cueste creerlo en estos tiempos que corren, el Secretario no tiene ni el más mínimo conocimiento de a qué insondables  propósitos responden.

Por fin D. Perfecto da por concluido su examen documental y cuando levanta su mirada hacia mi me pregunto cual versión tocará hoy, si la de la descarnada crítica al equipo de gobierno buscando una connivencia y complicidad conmigo imposibles por principio y, seguramente, motivada por el sentido de alguno de mis informes que considera que le beneficia; o bien la actitud crítica hacia la bondad de los expedientes con la que se permite, sin el menor rubor, denostar la forma en que han sido tramitados por cualquier clase de empleado municipal pero con especial énfasis en aquellos aspectos que sospecha de mi cosecha. Versión ésta última en la que no es infrecuente que, a pesar de que yo le jure que la legislación es clara al respecto de los trámites a seguir, se permita, con total seriedad, mantener que, aún así, él considera que debería llevarse la tramitación de otra forma – que curiosamente le interesa – con total desprecio a lo que el legislador ha establecido, pues piensa, como demasiados, que «eso será en Madrid, pero aquí es otra historia».

Pero ésta vez me sorprende y usa una versión que yo ya tenía olvidada pues solo hace uso de ella en ocasiones especiales en las que opta por la amenaza frontal a todos y contra todo y, tras comentar que el Pleno no tiene gran enjundia, aprovecha para espetarme, sin venir a cuento, que no sabe si sé que, eso sí sin ninguna intención de perjudicarme, va a impugnar aquel acuerdo que se adoptó hace tres años (¿Por qué iba yo a saberlo) porque sus asesores (es curioso que hoy en día a la gente no le basta con un solo asesor, cualquiera que se precie ante la más mínima contrariedad advierte que pondrá el asunto en manos de sus abogados, supongo que por influencia de los telefilms americanos) le han dicho que existe esa posibilidad, a pesar del tiempo transcurrido.

Yo, armándome de paciencia, pues esta referencia al equipo de asesores sí es frecuente, me impongo la obligación de no entrar en polémicas y darle la razón por omisión, pero D. Perfecto no suelta la presa tal fácilmente e insiste, parece que conociera mejor que yo mismo mi grado de paciencia, con un anzuelo que no puedo resistir:  Precisamente ha sido un compañero tuyo –eso sí de un municipio de gran población – el que me ha dicho que existe una sentencia que lo deja todo muy claro (algún día habrá que comentar el tema de los compañeros asesores).

Ya he caído. Le digo al Sr. Desconfiado que, en mi opinión, el acuerdo ya no se puede impugnar salvo que cupiera un recurso de revisión, pero él me mira por encima de sus gafas y sonríe socarronamente y abunda en que la sentencia que tiene en su poder sostiene lo contrario.

Tras un cambio de impresiones,  y no sé si de faroles, que se alarga más de lo deseado, suena el teléfono móvil de D. Perfecto que me salva por la campana y damos por terminada la reunión, no sin antes recordarle, como tantas otras veces, que me haga llegar la famosa sentencia para que yo pueda ampliar mis conocimientos, desde el convencimiento, como tantas otras veces, que nunca me mandará la dichosa sentencia que provocará que yo pierda un tiempo precioso buscando en Aranzadi y en el CENDOJ un fallo judicial inexistente, pero que me produce la intranquilidad de pensar que se les haya pasado por alto a tan prestigiosas bases de datos y mi compañero, secretario de un municipio de gran población, la conozca de primera mano gracias a sus inmejorables contactos.

D. Perfecto Desconfiado abandona mi despacho y yo me quedo, agotado, temiéndome que durante los debates del Pleno, como hace demasiadas veces, se dirija a mi como si las propuestas fueran mías, pues, no en balde, he sido yo quién se las ha mostrado, y a la espera del siguiente concejal que, en el ejercicio de su constitucional derecho a la información, se cuele en mi despacho no sé con cual versión de las que me he hecho eco me sorprende, sin olvidar que las analizadas no constituyen un numerus clausus”.

Se admiten sugerencias, quejas y reclamaciones para iniciar un debate sobre la posibilidad de establecer un plus de penosidad en concepto de preparación de plenos para los Secretarios y Secretarios-Interventores de Administración Local con funciones de fedatario público.

4 Comentarios

  1. Creo que sería muy intereante para todos que si la sentencia que esgrimía D. Perfecto existe, como parece afirmar Jesús Zamajón o así le he entendido, referida a la posibilidad de impugnar un acuerdo tres años después sin que se trate de un recurso de revisión, que Jesús nos la identifique para que podamos localizarla y así evitarnos el precioso tiempo que vamos a gastar en su búsqueda.

    Por eso le rogaría a Jesús Zamajón que nos aclaré si le he entendido bien y que nos identifique la sentencia.

    Gracias anticipadas a Jesús

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