Uno de los aspectos esenciales del desarrollo de la personalidad es el sentido de la identidad, el sentido de pertenencia y, por ende, de la singularidad. Por eso todos deseamos, para afirmarnos, sentirnos distintos, únicos, singulares, en definitiva. Esta cuestión, aplicada en el sentido social nos lleva a considerar aspectos positivos, pero también negativos.
Quienes gobiernan nuestros pueblos y ciudades desean resaltar -ahora se dice poner en valor– sus peculiaridades propias, por supuesto las positivas: la historia, recordada en los monumentos, la naturaleza en forma de bosques, picos, árboles singulares, cascadas, lagos, ríos, menhires, fiestas peculiares, clima de la zona o cualquier cosa, pero también hacen mención a las forma de ser de sus gentes, por acogedores, por trabajadores, por valientes o por brutos, que todo se pone en valor, o incluso con visiones, afortunadamente hoy trasnochadas, de características morales e incluso físicas (que se ponían de manifiesto en algunos territorios a finales del XIX y principios del siglo XX cuando se pusieron en boga ciertos estudios craneométricos).
Los alcaldes y dirigentes territoriales de cualquier nivel, intuitivamente, buscan y muestran aquellos elementos identitarios propios de su municipio o territorio debido a diversas razones, como promocionar su ciudad o su pueblo desde el punto de vista turístico y, en consecuencia, económico. Quizás en el fuero interno también por aquello de vanitas vanitatis, omnia vanitas, como recuerda el Eclesiastés. Si bien es bonito y de algún modo necesario tener sentido de pertenencia, en algunas ocasiones no se es inocente en el fondo. Se trata de hacer sentir a los ciudadanos de un territorio (comunidad autónoma, comarca, municipio), especiales, distintos a los del resto del Estado. Y por cuanto se dan por supuestas y se fomentan esas diferencias, se quiere hacer ver que éstas representan el orgullo de lo propio, en realidad, lleva a afirmar casi necesariamente considerarse distintos, tácitamente, para hacer ver que sus peculiaridades y los llamados en algunos lugares, derechos históricos, deben ser respetados y además fomentados por su valor histórico y cultural, interiorizando la idea de cierta superioridad. Hablando en general, la consecuencia es que se crea la necesidad de defender lo propio y a veces en la frenada, se sobrepasan tres pueblos. La Constitución, desde mi punto de vista, no resolvió bien la cuestión nacional-territorial y si bien es cierto que se redactó en un momento histórico determinado, con los condicionantes que había en ese momento, quizás sería hora de replantearse honestamente la cuestión. Un desiderátum en realidad, que es un poco ingenuo, dado el enconamiento político que existe hace años en nuestro país. Acuerdo que partiría de una necesaria modificación consensuada del sistema electoral, aprobando una nueva ley orgánica.
Volviendo a la cuestión de la singularidad, la puesta en valor de determinadas características propias, a veces se les va de las manos a quienes toman decisiones. Bueno, mejor hablemos en primera persona del plural por aquello de que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra: se nos va de las manos. Sirva de ejemplo una reciente noticia que leo en La Razón: un pueblecito en Francia fue declarado “uno de los pueblos más bonitos del país». Se trata de Saint-Guilhem-le-Désert, localidad medieval del sur de Francia que apenas supera los 250 habitantes censados, Pues bien, los vecinos están que no pueden más. Cada año recibe entre 600.000 y 800.000 turistas —dice la noticia—, una cifra impresionante si se tiene en cuenta el reducido número de residentes. Esta masificación, quizás no a un nivel tan brutal, ha ocurrido y ocurre en España en numerosos lugares y provoca verdaderos problemas, los municipios se masifican, no existen suficientes servicios, los accesos se colapsan, no existen lugares para aparcar y desde luego desaparece gran parte del año la tranquilidad de enclaves estupendos por una masificación incontrolada. Los vecinos de estos lugares se están ya movilizando para poner freno al desenfreno. Todos parece que queremos “escapar” (ahora a los viajes de pocos días se les llama escapadas) de la rutina, de la monotonía vendida por los medios, que ha calado como necesidad apremiante en la sociedad. Buscamos la novedad, al parecer porque quizás no nos aguantamos y deseamos siquiera por algún tiempo abandonar temporalmente lo cotidiano (sirva de ejemplo un anuncio que me viene a la memoria que dice algo así como “¿nervioso porque no llegan las vacaciones…? Toma xxxxx.”
Podemos concluir que lo propio y singular pues no es ni debería ser necesariamente mejor que lo singular de otro. Que antes de poner en valor aspectos propios para atraer el turismo se deberían planificar a medio plazo los problemas que se producirán y resolverlos previamente. Y, por supuesto, como ya hemos indicado en otras ocasiones, lo singular en ningún caso debería suponer afirmación de privilegios (léase la cuestión foral y el reciente acuerdo con un territorio del noreste).






