¿Qué podemos esperar de/en la Administración cuando finalice la crisis del coronavirus?

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“No son los más fuertes de la especie los que sobreviven, ni tampoco los más inteligentes. Sobreviven los más flexibles y adaptables a los cambios” (Charles Darwin)

Bien, ante todo debo dejar claro que no tengo una respuesta “a ciencia cierta” para esta pregunta, ya que las variables son demasiadas y demasiado importantes en este momento: ¿cuánto durará esta situación? ¿Cuál será su impacto real sobre la economía? ¿Y sobre la sociedad? Y muchas otras sin olvidar la que probablemente más nos inquieta a todos: ¿Volverá este virus u otro peor?

Yo me hago, además, otra pregunta, una de puertas hacia dentro de la Administración: ¿cambiarán algunas actitudes? Y es que considero esta la pregunta clave, porque es muy cierto que el destino nos ha lanzado una indirecta imposible de esquivar para que mejoremos la organización y el funcionamiento de nuestras entidades públicas, pero para que este impulso tecnológico-telemático sin precedentes (teletramitación de los usuarios y teletrabajo de los empleados) no sea flor de un día y quede consolidado, y para que además se traduzca en una mejora real en la eficacia, la eficiencia e incluso la excelencia, los amantes de la burocracia extrema deberán quitarse la venda, eso en primer lugar, y reconocer que estaban equivocados o al menos rectificar, después. Y creo sinceramente que algunos no van a querer y/o saber hacerlo. En consecuencia, y en el peor de los escenarios, cuando todo esto acabe volveremos a las andadas.

Pero no habríamos aprendido nada. Porque nos ha ido mal, ciertamente mal, con el actual modelo. No estábamos, en absoluto, preparados. Nuestra cultura de lo urgente por encima de lo importante carece completamente de robustez para afrontar situaciones de gran dificultad. Como indicaba ayer el siempre atinado Rafa Jiménez Asensio en su blog: «No es ninguna casualidad que sean precisamente Italia y España, con sus enormes debilidades político-institucionales y administrativas (por no hablar de las financieras), los países europeos dónde, por ahora, se está cebando más la destrucción del virus. Invertir en un modelo de fortalecimiento institucional en sus múltiples facetas o dimensiones (especialmente, en lo que afecta a reforzar las capacidades institucionales y organizativas, la anticipación y prevención de riesgos, la gestión eficiente, la administración digital, los datos abiertos y la protección de datos, así como corregir la política errática e inútil de gestión de recursos humanos en el sector público, etc.), comienza a ser un reto inaplazable.  También el liderazgo contextual es eso. Liderar ese cambio».

Pero en lo peor de la crisis (aunque, ojo, podría empeorar) se observan, es más, se evidencian más que nunca, las carencias más graves de algunos perfiles de lo público, sin aptitud, sin actitud, inadaptables según la teoría darwiniana, ciegos a la realidad, acomodados bajo unos procesos que consideran inamovibles, e incapaces de interpretar el contexto y ponerlo en relación con la ética, la vocación, el servicio, y otros principios y valores de lo público. También se visualizan más que nunca las patologías organizativas de la Administración, todavía diseñada a imagen y semejanza de los burócratas convencidos que concibieron un modelo de “cabos atados” que resulta absolutamente inservible en un contexto en el que el único camino posible es asumir determinados riesgos y seguir adelante, avanzando, desde la flexibilidad, la eficacia y la ética.

Pese a todo, pensamos, o quizá más bien deseamos, que esta situación suponga, a la postre, una oportunidad. Una que no se desaproveche. Otras situaciones negativas han impulsado en el presente siglo la administración electrónica en sus distintas facetas. La crisis de 2008 puso en valor esa vertiente de ahorro burocrático y económico implícita en la tramitación electrónica. Por su parte, ante la explosión de los numerosos e indecentes casos de corrupción, se entendió que un buen antídoto era la implantación de un procedimiento trazable, rastreable y por supuesto transparente. Y de repente llega el coronavirus, capaz de colapsar un país que, cogido por sorpresa, se ve obligado a poner a prueba sus recursos del presente y demostrar, ante una adversidad muy real más allá de simulacros, hasta qué punto estaba al menos mínimamente preparado. Y no lo estaba, salvo honrosas excepciones que hemos visto más en la privada y menos en la pública, con la importante excepción de nuestra maravillosa Sanidad. Pero no estábamos preparados, insisto, porque de lo contrario esta situación no nos habría hecho tanto daño, y yendo más a lo funcional, no hubiéramos tenido tantos problemas en teletrabajar (los empleados públicos), y teletramitar (los ciudadanos y otros usuarios). ¿Tan difícil es entender el concepto “oficina remota”? Muchas medidas se han tomado deprisa y a la desesperada, y tras la crisis habrá que ver hasta qué punto son válidas y susceptibles de ser consolidadas.

Y aunque es duro decirlo (pero hay que hacerlo, porque también son tiempos duros), esta crisis ha puesto en evidencia lo que era un secreto a voces: hay empleados públicos necesarios, es más, absolutamente imprescindibles, y otros que, diciéndolo una manera muy sutil (quizá demasiado), no. Y es que estamos viendo estos días qué es de verdad el servicio público, y qué no lo es. Hemos visto funcionarios que no están prestando ningún servicio, y que ni están (ni tele están) ni se les espera, mientras que otras personas, no sólo médicos y policías sino muchas de ellas integrantes de la sociedad civil, profesionales como camioneros o trabajadores de supermercados o simplemente personas particulares que se han ofrecido a hacer cosas por los demás, sí están siendo, más allá de toda duda, un servicio público. El concepto de lo público cambia a gran velocidad. Ha hecho más por el interés general estos días una persona mayor confinada que haya podido coser cien mascarillas en su casa, que algunos empleados públicos durante toda su vida. No podemos seguir manteniendo en puestos de “jefe” a burócratas ociosos que esperan de brazos cruzados cualquier atisbo de iniciativa o de innovación para tumbarlo con su interpretación restrictiva del párrafo 3º del art. 135 bis de un Reglamento preconstitucional. Esto debe cambiar inmediatamente o no resistiremos el próximo envite. Parece ser que el coronavirus afecta especialmente a las personas mayores. La Administración Pública española está muy mayor.

Mientras tanto, lo más importante a corto plazo es lidiar con esta situación extrema. Están siendo momentos muy tristes, en lo más razonable y lo más ético es seguir adelante, aportar (cada uno desde su rol) e intentar estar a la altura de las circunstancias. Y es que últimamente no sólo se han agudizado las diferencias entre productivos y rémoras, sino también las que separan a los empleados comprometidos y con verdadera vocación de servicio público, de los que simplemente estudiaron (o no) para tener un empleo fijo con una nómina segura, y a partir de ahí “que se mueran los feos”.

Y de repente se replantean, también lo observaba Jiménez Asensio, los ODS. La llamada Cuarta Revolución Industrial está siendo muy extraña. Hoy en día es prácticamente imposible ser un experto en nada, por eso me sorprende la osadía de los que hablan de conceptos como blockchain o los algoritmos sin mostrar un ápice de cautela o humildad. Yo aún estoy estudiando estas cosas, y admito que no me siento completamente seguro ni siquiera con la administración electrónica, a pesar de llevar veinte años trabajándola. El concepto de lo público sigue cambiando a cada momento. Personalmente me replanteo casi a diario conceptos como Smart City. Uno de sus paradigmas, por cierto, es el medio ambiente, la sostenibilidad, hasta el punto de que se habla de Green City. Es curioso; estos días estamos observando imágenes de vías urbanas y carreteras casi desiertas, en las que no se ven prácticamente coches. ¿Cuánto habremos contaminado durante el estado de alarma? Quizá las mejores políticas públicas no consisten necesariamente en hacer cosas nuevas, sino en no hacer alguna de las cosas que estábamos haciendo mal.

9 Comentarios

  1. Una reflexión interesante que comparto…me quedo con la pregunta, en este contexto de incertidumbre y continuos cambios

  2. Me ha gustado mucho este artículo. Me parece una posición muy atrevida y muy valiente y que presenta una realidad que estamos sufriendo muchas pequeñas empresas que operamos con organizaciones públicas y que muchas de ellas están «desaparecidas» estos días.

    Bravo!!! por esa manera de pensar. Estoy seguro que molestará a algunos, pero también conozco a muchos servidores públicos que se verán reflejados

  3. Buenos días, Víctor. Suscribo plenamente lo que dices, y me permito añadir algunas cuestiones relacionadas con las carencias en materia de infraestructuras técnicas de seguridad que son endémicas en la Administración, y más en las Entidades Locales. Tenemos un Esquema Nacional de Seguridad (ENS, en pleno proceso de revisión actualmente) que requiere una valoración del impacto que tendrían sobre los servicios e informaciones municipales los eventos que pudieran afectar a su disponibilidad, integridad, confidencialidad, autenticidad y trazabilidad (dimensiones de seguridad) en relación con varios conceptos, entre ellos las obligaciones legales y los perjuicios a los ciudadanos. Entre las 75 medidas del ENS existen varias relacionadas con el acceso remoto y la continuidad en varios escenarios, incluyendo teletrabajo, algo que parece un descubrimiento por el coronavirus pero que estaba ya previsto en el ENS y en el sentido común. Yo espero que esta crisis conlleve «lecciones aprendidas» y que toda la Administración tome conciencia de las medidas de seguridad que deben implementarse, no solo por el caso actual del coronavirus sino por otros escenarios de riesgo que se están produciendo cada día (p.e. ransomware, phishing, etc.). Si pensamos que con volver a la mesa de trabajo hemos pasado la crisis de seguridad, estaremos indefectiblemente condenados a repetirla, con bichito antenado o con otros bichitos más o menos dañinos. Por tanto, la valoración de los servicios e informaciones en base a los impactos asociados a sus dimensiones de seguridad es fundamental para determinar la criticidad de servicios, sus personas e infraestructuras, y así, proporcionalmente, desplegar las medidas pertinentes. Y no olvidemos que esta valoración la realizan los responsables de los servicios y de la información, no los informáticos, quienes asesoran e implementan las medidas pero no valoran impactos organizativos.
    Es importante resaltar que las medidas a implantar se incluyen, dentro del Plan de Adecuación del ENS, en el Plan de Mejora de la Seguridad, con plazos y costes, plan que debe ser aprobado por el ÓRGANO SUPERIOR COMPETENTE, es decir, la máxima autoridad en cada Organismo. Por tanto, su implicación es requerida. Por otra parte, la certificación del cumplimiento del ENS es obligatoria, y a la fecha (25/03/2020) sólo 9 de los 8204 ayuntamientos de España han certificado uno de sus sistemas (Sede Electrónica).

    Tampoco debe olvidarse que el ENS es el referencial en cuanto a medidas de seguridad para la Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales (LOPDGDD), tal como recoge su disposición adicional primera, y en esta época dichas medidas deben reforzarse ante las excepciones en materia de tratamiento de datos personales en la situación de emergencia sanitaria actual, y que pueden conllevar violaciones se seguridad críticas en caso de no adoptarse las medidas apropiadas. Entre los casos más frecuentes, tratamientos de datos de salud de los trabajadores, servicios de Sanidad, Policía Local, Servicios Sociales, etc.

    Saludos.

    Renato Aquilino Pujol

  4. Cuanta razón y verdad hay en este articulo. Todo lo que en el se dice lo estoy padeciendo en mis propias carnes. Trabajo para un ayuntamiento aunque no soy funcionario y tengo un superior que en circunstancias normales no es nada operativo así que imaginar como está funcionando ahora. Tengo un montón de trabajo hecho al que no termina de darle salida y es realmente frustrante ver como las personas a las que les tienen que llegar no lo reciben por alguien así, incapaz de hacer su trabajo, pero por supuesto siempre te recuerda que hay unos procedimientos que seguir y claro, no se pueden saltar bajo ninguna circunstancia, y cuando digo procedimiento me refiero a normas absurdas que cambian de un día para otro. En fin, lamentable. Lo peor de todo es que cuando acabe esta situacion, esta persona seguirá en su puesto de trabajo haciendo nada y obstaculizando las iniciativas y el trabajo de los demás. Así nos va.

  5. Coincido plenamente con el diagnóstico. El problema anda en poner el cascabel al gato.

    En la gestión pública, que llevo también empleado más de treinta años, observo con callada, resignada y doliente convicción, como son casi siempre los más inútiles los que imponen sus criterios. Pero otros, desprendidos, serviciales y muy técnicos, que sí resuelven problemas.

    La función pública en España tiene que mejorar. Frente a estupendos sectores, encontramos a otros muy mediocres.
    Aun seguimos con un sistema de oposiciones del siglo XIX, don las plazas de los funcionarios superiores de cuerpos de la Administración «jurídica» se limiten a la memorización mecánica de una serie de textos, sin que sea exigible ninguna otra cualidad más que la memorística, con sus secuelas de desdichas: Personas estupendas que se ven expulsadas del sistema, y otras que gracias a su memoria son capaces de lograr una plaza… aunque luego, el resultado de su trabajo será nulo.

    Como en los departamentos de investigación en las universidades, se comportan como empresas familiares donde a albur del catedrático, se emplea toda la saga familiar de hijos yernos y nueras a copar las pocas plazas, expulsando el talento y el ingenio que otras personas podrían aportar.

    Cómo los cargos políticos siguen copando instituciones creadas para ellos de forma exclusiva.
    Como la ordinariez, la vagancia y la estulticia llenan los espacios públicos.

    Y esta plaga se ve compensada por otros profesionales que con arrojo y aportando más que perciben, logran compensar tanto parásito vividor.
    En fin…poco a poco.. si hemos podido sobrevivir durante el siglo XX, creo que también podremos hacerlo en el siglo XXI y con la esperanza de mejorar poco a poco.

  6. Buenos días. Estoy completamente de acuerdo y esto lo llevamos viendo bastante tiempo. Quizas desde 1999-2000 en que se va produciendo la ocupación de las instituciones y las administraciones por parte de los partidos políticos. No ha interesado tener una administración fuerte , es más se ha visto como una amenaza. Se ha venido descapitalizado de talento y de medios a las Administraciones hasta lo insostenible, y sin embargo , los organigramas se han ramificado con direcciones, subdirecciones……etc sin atender a necesidades reales ni a más planificación que los intereses, las puertas giratorias y los compromisos.
    Como dice Juan José, no hay más que asistir a una reunión cualquiera para salir al borde del sofocón por oir sinsentidos.
    Yo pertenezco a la Administración Local , y en el ámbito de la Cultura, bibliotecas para ser precisos, y como comprendereis no se puede «caer más bajo» en la consideración presupuestaria, de interés político, de dotación de personal….pero eso sí se nos demanda que «seamos como Google».
    Ahora mismo podríamos estar trabajando desde casa al menos 40 personas, pero no podemos acceder a las aplicaciones, el correo se colapsa, publicar en la intranet es imposible, y acceder a las carpetas comunes es por lo visto un tema de seguridad nacional.
    Somos unas plantillas envejecidas, pero no todos estamos en retirada.Muchos ,muchos aún queremos aprender , implantar, colaborar con los más jóvenes. Pero el individualismo tiene límites.
    De ahora en adelante no creo yo que nos podamos jubilar tan facilmente, así que será necesario echar mano de alicientes para que podamos continuar .
    No soy optimista. Cuando releo a Galdós veo el mismo panorama solo que con ordenadores, la trastienda es la misma.
    Ánimo

  7. Hasta llegar a la Administración electrónica, ya desde los tiempos del escriba sentado de Egipto la Administración y la función pública, o lo que haya hecho sus veces, ha estado plagada de «vagos y maleantes» en obligada convivencia con personas serias, honestas y responsables. Por ello, las cosas a veces salen por inercia o por milagro, cuando salen. Esperemos que de esta terrible situación se pueda aunque sea aprender algo y desentumecer hábitos, empezando, eso sí por ciertos cambios normativos, y que se pueda conjugar eficacia con legalidad.

  8. Enhorabuena por el artículo y muchas gracias por compartir.

    Invertir en CAMBIO CULTURAL
    – Cultura del COSTE (EFICIENCIA)
    – Cultura de los OBJETIVOS (EFICACIA)
    – Cultura de la PLANIFICACIÓN (frenta a la improvisación). EVALUACIÓN Y CONTROL («lo que no se mide no se conoce, lo que no se conoce no se puede mejorar»)
    – Cultura DIGITAL
    – Cultura MEJORA CONTINUA
    – En definitiva, Cultura del CAMBIO

    Un saludo.

  9. Victor, Enhorabuena por el artículo, me alegra tanto saber que hay personas dentro de la administración que piensan así…Lástima que sean una minoría, inteligente, pero minoría. La administración, y especialmente la autonómica y local, necesita un cambio radical en este país que sin duda llegará. Esperemos que llegue de motu proprio por la voluntad de funcionarios como usted, y no por la intervención o el colapso de la economía de el país.

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