Seguridad ciudadana y gregarismo

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Seguridad ciudadana y gregarismoEl pasado viernes, al atardecer, me encontraba paseando por una larga calle peatonal de una ciudad pujante de nuestra geografía. Como en tantas partes, centenares, tal vez miles de jóvenes, saludaban al fin de semana agolpándose en los prolegómenos de bar y acera que dan paso, en poco tiempo, al botellón puro y duro.

 

 

Aquella aglomeración, tranquila y poco vociferante por lo temprano de la hora, no hacía presagiar lo que en pocos segundos ocurrió. Pero la llegada sorpresiva de media docena de vehículos policiales lo iba a cambiar todo como por ensalmo. Coches camuflados y sin camuflar; guardias uniformados y de paisano, perros policía que se abalanzaron sobre el automóvil de un particular que no se sabe qué hacía por allí, varios cacheos contra la pared… eran demasiado espectáculo como para no detener la mirada unos instantes mientras seguía caminando.

No sé muy bien en qué acabaría la cosa. Supongo que en nada o casi nada, como de costumbre. Algo de menudeo; uno que dice que es para consumo propio y poco más. Pillar con las alforjas llenas a un camello es más difícil que meterlo por el ojo de una aguja. Y a un pez gordo del tráfico ni digamos. Total que, como siempre me creí lo de la mujer de Lot no seguí mirando hacia atrás y me quedé sin saber la magnitud del vicio juvenil y de la virtud policial.

Pero la sorpresa no estaba a mis espaldas, sino de frente. De aquellos centenares, tal vez miles de adolescentes que saturaban la larga calle, no quedaba ni uno. Se habían esfumado –no sé cómo ni por dónde ni hacia qué lugar- y esa desaparición colectiva e instantánea es lo que, de verdad, me hizo reflexionar. Y formularme numerosas preguntas. ¿Se habían evaporado por miedo? ¿A qué? ¿Todos tenían algo que esconder fruto del trapicheo? ¿Aún da pavor la policía, después de treinta años de democracia, a una generación que sólo conoció las libertades? ¿Era una pose contestataria? ¿Era solidaridad con los cacheados? ¿Era puro gregarismo?

Tras mucho pensar fui descartando hipótesis: era imposible que todos estuvieran en el ajo; la inmensa mayoría estaría “limpia”; contestación ante la policía tampoco parecía el caso viendo el pasotismo reinante y solidaridad con los retenidos, imposible porque, con aquella multitud, ni los podían haber visto. Deduje, por tanto, que el boca a boca, con el argot imperecedero al uso -¡agua! ¡la pasma! ¡los maderos!- había puesto en marcha el espíritu gregario igual que cuando el pastor encamina al rebaño. Y me dio una cierta lástima aunque la psicología y la biología humana seguro que encuentran absolutamente normal estos comportamientos al inicio de la juventud.

Más tarde, la deformación jurídica me llevó a pensar en la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, que tipifica como infracción grave el consumo callejero de droga y la tenencia ilícita, aunque no estuviera destinada al tráfico, de sustancias tóxicas, psicotrópicas o estupefacientes. Pero en el caso relatado, dado que al día siguiente la prensa no ponía nada, sospecho que los perros se quedaron sin recompensa alimenticia. Aunque lo que estaba claro es que otra infracción, en este caso de carácter leve, como es la alteración de las vías públicas y los desórdenes multitudinarios, no era, en absoluto de aplicación. La multitud se había volatilizado sin desorden alguno; más bien con un orden mágico y sobrenatural. Como si se la hubiera engullido la tierra y hubiera emprendido un viaje a su centro, ahora que una nueva versión cinematográfica ha sacado de la estantería la obra de Julio Verne. Aunque, por desgracia, el buen cine pierde por goleada ante el botellón.

1 Comentario

  1. Es vergonzoso que unas costosisimas e hiperabundantes «fuerzas de seguridad» dediquen cuantiosos recursos públicos a meterse en la vida privada de los ciudadanos por cuestiones de hierbas, mientras la delincuencia política, financiera y ambiental campan a sus anchas ¿Cuando habrá en España un movimiento de personas socialmente responsables que le diga a la banda de gangsters que nos desgobierna y malgobierna: «Basta ya, dejen de tomarnos el pelo, con nuestro dinero no se hacen gilipolleces»

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