Cada vez somos menos. Sí, menos, así, como suena. Según los datos publicados por el INE, en 2015 perdimos 31.245 residentes en España, fruto de la diferencia entre los 392.930 nacimientos con respecto a las 423.643 defunciones. Y eso que los nacidos de residentes extranjeras también se contabilizan. Somos menos y más viejos, podría ser el inquietante titular, aderezado de mil y una tasas e índices de fecundidad y de natalidad, todos ellas bajísimas en comparación con las regiones que nos circundan. Y como muestra, un botón. Mientras que en España la media de hijos por mujer en edad fértil es de 1,31 (1,25 de las españolas y 1,70 de las residentes extranjeras) en nuestra vecina África esta cifra asciende a 4,5. Ya habitan en África unos 1.300 millones de personas y podrían superar con creces los 2.000 millones dentro de un par de décadas. Mientras, en la Unión Europea, presentamos una media de 1,6 hijos por mujer y superamos ligeramente los 500 millones de habitantes, Reino Unido todavía incluido.  Esta es la foto de un desequilibrio real que no hará – si se mantienen las variables actuales – sino agudizarse durante estas próximas décadas, lo que debe hacernos reflexionar sobre el cómo gestionar un fenómeno tan importante como delicado.

Ocupados, como hemos estado, por el terremoto causado por la inesperada y exitosa moción de censura, apenas si hemos analizado lo acontecido delante de nuestras narices, unos hechos tan coincidentes como íntimamente relacionados. Por una parte, la llegada del Aquarius a Valencia, con el coro de otras muchas pateras a Andalucía, que evidencia la presión inmigratoria que no cesa y que, como enunciábamos, no hará sino incrementarse a lo largo de los años. Y mientras el debate inmigratorio se reabre, la Comisión del Pacto de Toledo mantiene sus reuniones en un clima de difícil acuerdo. El sistema de pensiones no logra equilibrarse y a ello tendrá que aplicarse nuestro Congreso y especialistas. Pero una cosa debe quedarnos clara: sea cualquiera que fuere el sistema de pensiones, en todo caso, su financiación precisará de una proporción razonable entre población activa – o contribuyentes, si fuésemos a imposición general – con la población jubilada. Y, afortunadamente o desgraciadamente, nuestra pirámide de edad es de todo menos razonable. Esto es lo que tenemos, y con esas mimbres tendremos que tejer el cesto.

El demógrafo Alejandro Macarrón, en su libro Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo, ¿a la catástrofe por la natalidad?, pone sobre la mesa, de manera cruda y directa, una realidad dolorosa que no queremos abordar. De mantenerse las tases e índices de fecundidad y natalidad del presente, en el año 2100 perderíamos la mitad de la actual población española y dos tercios de la población activa. Quieres esto decir que más de la mitad de la población tendría que proceder del extranjero. Luego ya tenemos un titular: sin inmigración no tendremos futuro, guste, o no, esta afirmación categórica. Es cierto que las políticas de fomento de la natalidad, la mejora de la renta disponible, el incremento de salarios y del poder adquisitivo, las medidas de conciliación laboral y familiar pueden paliar en algo el desaguisado, pero no parece que tengan suficiente fuerza para conseguir modificar unos hábitos y una cultura que ha venido para quedarse. Quiere esto decir que, salvo que se nos ocurra algún prodigio financiero/tecnológico que pague el invento, precisaremos de inmigración para equilibrar nuestra menguante población activa.

Y, por experiencia, sabemos que la gestión más compleja es la de la inmigración, tan necesaria para todos como temida por algunos. Europa necesitará inmigrantes, sí, pero siempre serán más los llamados que los elegidos, en términos evangélicos. El deseo de venir a trabajar en el suelo europeo por parte de cientos de miles de jóvenes africanos resultará muy superior a la capacidad real de acogimiento que podemos ofrecerles. ¿Qué hacer, entonces? ¿Abrir, cerrar? Mi modesta opinión es que ni lo uno ni lo otro, el secreto está en gestionar.

El futuro siempre está por escribir, pero podemos anticipar las bases fundamentales de los sistemas de gestión posibles, que deben pasar por establecer sistemas justos, ágiles y previsibles que faciliten la entrada legal para las personas que necesitemos al tiempo que se desincentiva las entradas ilegales. Por otra parte, resulta fundamental una educación en valores que permita la convivencia, con respeto a la diversidad para los que aquí estamos y que haga respetar a nuestras leyes y valores para los que vengan. Y, por último, y no menos importante, facilitar el desarrollo en los países de origen, para que los jóvenes no se vean impelidos a emigrar en condiciones calamitosas. Difícil, muy difícil, cierto, pero ¿quién dijo que gestionar las grandes tendencias poblaciones lo fuera?

Los inmigrantes son personas, con todos sus derechos inherentes. En el momento que se los arrebatemos, dejaremos de ser la Europa de las ideas y de los derechos. Gestionar la inmigración es gestionar personas, la tarea más difícil y delicada que existe. No podremos encerrarnos tras cercas de alambre ni concertinas, ni, mucho menos aún, debemos resultar insensibles al drama de las miles de personas que se embarcan desesperadas. El Mediterráneo no debe convertirse en una tumba ni nosotros en unos desalmados que dejamos a los náufragos a su suerte. Pero tampoco podremos gestionar con espíritu de ONG. Si gestionamos los asuntos migratorios con ligereza de titular de prensa, con ímpetu de foto solidaria y embargados por la improvisación de buen samaritano, cebaremos el tráfico ilegal de personas y abonaremos los impulsos xenófobos de parte de la población europea, que no quiere diluir su personalidad en una nueva sociedad crecientemente mestiza.

Seguiremos siendo menos y más viejos mientras que nuestros vecinos serán más y más jóvenes. Es la realidad que tendremos que gestionar, esperemos que acertemos en la tarea. A pesar de todo, creo que es posible. ¿Y usted? ¿Qué piensa?

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