El debate migratorio ocupa la atención general y motiva reuniones de los gobernantes en los Estados miembros de la UE y al más alto nivel en las propias instituciones comunes europeas. Y no es para menos porque se trata de hacer frente a algo que, si no es enteramente nuevo, adquiere en este tramo de la Historia que nos ha tocado vivir unos caracteres singulares por su amplitud y su previsible persistencia.

No es este lugar de abordarlo en su dimensión más política aunque sí de advertir que, si seguimos insistiendo en los errores del pasado, lo que está en peligro no es asunto baladí: lo que está en peligro es la propia Unión Europea que puede quebrarse, abatida por pateras llenas de famélicos solicitantes de asilo. A algunos esta perspectiva, la de romper la Europa que se viene construyendo desde los años cincuenta del pasado siglo, les puede parecer una bendición, gloria del Cielo. Creo que a los más discretos nos parece una catástrofe de dimensiones literalmente cósmicas porque solo desde la unión podremos los europeos hacer oír nuestra voz, patrocinar nuestros valores y defender nuestros intereses en el (des) concierto mundial.

Si alguien cree que este, al ser cuestión de alta especulación política, no es apto para un blog como el que acoge ahora mis líneas, se equivoca porque, como habitualmente ocurre, todo o casi todo desemboca en la vida cotidiana, en la que nos es común a millones de ciudadanos anónimos, a la vida municipal, en suma. Dicho de otro modo, al trajinar diario, infatigable y callado de las Administraciones locales. Me gustar citar al pensador francés del siglo XIX, Edgar Quinet, quien dejó escrito que nunca debemos olvidar, al cabo de cogitaciones severas y venerables, que “toda la inmensa Odisea se desarrolla alrededor de la pequeña Ítaca”.

Nada más ajustado a la realidad: la admisión de inmigrantes, el reparto que de los mismos se haga desde las instancias con competencia para ello, supone al final algo tan simple como que unos ciudadanos desamparados, y que han merecido acogerse al derecho de asilo, sean instalados en una ciudad, en un pueblo concreto. España, en algunos de sus territorios, está conociendo los problemas que tales asentamientos suscita ya desde hace tiempo y sus autoridades locales nos podrían contar sus experiencias y sus conclusiones con mayor autoridad que la pobre que yo pueda exhibir.

Pero sí me atrevo a mostrar los esfuerzos que un país conocedor de los cambios suscitados por la avalancha de inmigrantes está realizando. Me refiero a la República Federal Alemana donde disponen de multitud de estudios realizados por centros especializados de investigación y de los testimonios de alcaldes y otros responsables locales. Todos convienen en las alteraciones de la planificación urbanística consecuencia de la inevitable construcción de nuevas viviendas y edificios, de las nuevas exigencias en la gestión de los servicios públicos, especialmente de los sociales, en el uso de instalaciones comunes, por ejemplo, las dedicadas a la enseñanza o al ocio.

También los quebraderos de cabeza a la hora de ofertar adecuadamente asistencia y asesoramiento a las personas acogidas que incluyen consejos e instrucciones para convivir en una sociedad de costumbres nuevas propiciando por ejemplo los encuentros entre jóvenes o madres de la misma edad, ayudándoles y asistiéndoles en sus necesidades, singularmente las médicas. Y, lo que es más importante, la urgente necesidad de organizar cursos para la enseñanza de la lengua. Este aspecto es fundamental porque bien se conocen en aquel país los efectos catastróficos producidos en el tejido urbano por una inmigración que, al desconocer la lengua, se quedaba aislada en guettos autárquicos (o en barrios periféricos, de los que los parisinos tanto saben).

Justo en dirección contraria circula la política que hoy se desarrolla, o mejor expresado, trata de desarrollarse, y por eso no es de extrañar que el proyecto estrella que se está ejecutando en “las ciudades medias y pequeñas” impulsado por el Instituto alemán de urbanismo (DIFU por sus siglas en alemán) lleve cosida siempre la palabra “integración”. Porque de esa “integración” en la sociedad depende que no se desbarate la sociedad misma. Así de claro.

Todo ello exige dinero, que en Alemania, viene desde la Federación (el Estado para nosotros) hacia los Länder (nuestras Comunidades Autónomas) y desde ellos a los municipios o comarcas. Un dinero que siempre es insuficiente como siempre es insuficiente el personal especializado que se precisa para estas perentorias e ingentes tareas.

Se comprenderá que en buena parte de España todavía tenemos mucho que aprender porque el desafío va mucho más allá de colgar el cartel -tan bienintencionado como precipitado y gratuito- que proclama la “bienvenida a los inmigrantes”.

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