Hace ya años que oímos o leemos noticias sobre la asfixia con bolsas de plástico de tortugas, pelícanos, e infinidad de animales que frecuentan el hábitat marino. Igualmente se mencionó hace años la existencia de una isla de plásticos flotando en el océano. Hoy en día la isla supera la extensión de España (505.990 km²) y según parece ya alcanza la de Francia (643.801 km²). Y en todos estos años apenas se ha hecho nada.

Ahora se va a obligar a todos los comercios a cobrar por la entrega de bolsas de plástico. Algo es mejor que nada, pero la mínima repercusión que ello tiene en la compra diaria hace que muchos consumidores ignoren sistemáticamente el mayor precio que pagan. Pero cualquier acción por mínima que sea, será positiva. No olvidemos el efecto mariposa, gracias al cual el ahorro del uso de una bolsa de plástico en un pueblo castellano puede acabar suponiendo la supervivencia de un animal en la Patagonia.

Pero lo cierto es que los supermercados están abarrotados de bolsas de la compra de plástico, de bandejas de material plástico, envueltas en plástico, etc. Ello sin hablar de la cantidad de vidrio o papel que a fecha de hoy sigue sin ser reciclado.

Las Administraciones han apostado por la concienciación de los ciudadanos, los cuales ven abarrotadas sus viviendas de recipientes de recogida de material reciclable y luego tienen que desplazarse, a veces bastante lejos, en busca de los diferentes lugares de recogida. En ocasiones vemos por la calle a pobres vecinos cargados como burros con múltiples bolsas de diferentes materiales, cuando no hacer una carga industrial de su coche con papel, vidrio, aceite, envases… ¡Santos contribuyentes!

Pero, ¿qué puede hacer un pequeño Ayuntamiento en este tema? La respuesta fácil es que poco, pero aparte el mencionado efecto mariposa, se puede hacer mucho. La concienciación ciudadana está muy bien y en ella pueden colaborar, pero no es suficiente. Los vecinos, además de ser informados de la conveniencia y necesidad de reciclar, deben contar con facilidades como suficiencia de contenedores, distancias asequibles, frecuencia de recogida, sistema ágil de avisos en casos de contenedores llenos o deteriorados, etc.

Pero también se pueden adoptar políticas fiscales favorecedoras de la buena conducta recicladora. Por ejemplo, tratando de imaginar a bote pronto algunas cosas, se pueden otorgar beneficios fiscales a las viviendas de nueva construcción o que se reformen habilitando espacios aptos para el reciclaje (en muchas cocinas hoy en día no caben los cubos para tanto tipo de residuos), a los comercios que sustituyan envases de plástico por otros materiales más ecológicos, subvenciones para vehículos dedicados a recogida de material reciclable.

De otro lado no hay que inventar todo. Antiguamente era lo más común que las cervezas y refrescos se devolviera el importe de las botellas de vidrio al ser reintegradas, cobrándose por separado el líquido y el recipiente, de modo que los consumidores estábamos acostumbrados a “devolver los cascos”. De modo similar en algunos lugares se están implantando máquinas “recolectoras”, en las que se introducen latas y se obtiene dinero a cambio.

También se ha de ser consciente que la implantación de puntos limpios no es suficiente, pues en ocasiones personas de cierta edad o sin vehículo de su propiedad no pueden ir a depositar el material que desearían. La recogida a domicilio suele ir acompañada de la correspondiente tasa, pero deben preverse suficientes exenciones para evitar abandono de enseres en la calle.

Por último, aunque se podría escribir un tratado sobre el tema, para lo que hay muchas firmas más autorizadas, en mi modesta opinión es fundamental dar difusión a los logros que se vayan consiguiendo. Con ello se podrán contrarrestar las sentencias de los negativistas que predican a los cuatro vientos, “si al final se llevan todo al vertedero y lo tiran junto”.

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