Peligro, ¡pelotas a la vista!

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Una de las mayores preocupaciones para un buen mando de cualquier tipo de organización es tratar de ser justo con su equipo de gente. El ser justo implica tanto el distribuir las recompensas o felicitaciones, como adecuar los niveles de retribución a la capacidad y mérito de cada cual, e igualmente distribuir equitativamente la carga de trabajo. Pero como se suele decir, el hombre propone, Dios dispone y el diablo descompone.

Al igual que los jefes comparten preocupaciones, un clásico compartido por muchas organizaciones son los “elementos opacos”, que tratan de absorber toda la luz. Quizás el más inofensivo de ellos, por no ser frecuente en estado puro, es el simple “pelota” que siempre está dispuesto a alabar las iniciativas del superior, a reír sus gracias y culpar a factores externos de los fracasos.

Otro elemento fácilmente distinguible es el “trepa”, dispuesto a pisar el cuello de su padre si hace falta para subir. No tiene que ser especialmente amante del trabajo, pero se distingue por buscar siempre el acaparar méritos y distinciones. No le preocupa tanto hacer, como que los de arriba sepan lo que hace. Su primer enemigo en la organización, por encima de sus compañeros, es su jefe inmediato, de quien se debe librar para ocupar su puesto. Aunque lo puede lograr no solo si se le quitan de en medio, sino también si su jefe asciende y le puede arrastrar hacia arriba.

También nos referiremos a otra distorsión grave que tiende a producirse, tanto en la Administración como en las empresas privadas. Y nos referimos al sufrido “comemarrones”. Tanto los pelotas, como los trepas, al igual que los vagos, que también los hay, saben esconderse perfectamente a cubierto cada vez que sobrevuela un trabajo que se aparte de la rutina. Sin embargo allí suele estar el subordinado oscuro, que nunca trata de ponerse las medallas, ni se distingue por saber alabar a su jefe, pero cuando hace falta alguien siempre está allí. Además tiene la virtud de no protestar (aunque sea quien más motivos tiene), ni explica a su jefe lo hasta arriba de trabajo que está (aunque siempre es el que más tareas asume), ni pide aumento de sueldo (pese a ser quien más se lo merece), ni… Simplemente pregunta con inocencia para cuando tiene que estar, para arreglarse.

El jefe del departamento recibe el encargo y piensa, si le pido que lo haga a fulanito me va a decir que no puede, que está hasta arriba y que además para la mierda que le pagan que lo haga el Alcalde; si se lo doy a menganita se da de baja y no lo hace ella y además deja el padrón; si le digo a zutanita me cuenta que el Teniente de Alcalde le ha pedido nosequé; yo no puedo que ahora estoy hasta arriba;… se lo pediré a perengano, que aunque está hasta arriba seguro que hace un hueco…

Claro que puede ocurrir que el trabajo extra conlleve lucimiento, y el trepa se presente voluntario: jefe, yo me encargo, pero como estoy muy liado le encargas a perengano que me eche una mano. ¡Y ya sabemos quién se comerá el marrón y quien se llevará el mérito!

Quiero concluir, para compensar la ligereza de lo que hoy escribo, con algo muy serio, mi humilde petición a cualquier jefe, superior, mando intermedio, sea político o sea técnico, que trate de localizar a sus perenganos y trate de evitarles algún que otro marrón. O que se lo recompense…

Como conclusión mi sincera disculpa a quienes me han tenido como jefe y se han hartado de comer marrones; a esas personas que siempre me han ayudado, ¡mi entero agradecimiento!

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Fernando Castro Abella es Abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, especializado en Administración Local. Asesor municipal. Ha sido editor de cientos libros especializados en la materia, habiendo participado como autor en una veintena larga de títulos.

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