Los políticos ejercen una función esencial en nuestro sistema institucional que es muy difícil y que exige un nivel de dedicación muy intensiva. El rol de político, sea en el marco del partido o de las instituciones, implica asumir la función de mediador entre los ciudadanos y sus instituciones públicas. En síntesis, consiste en atender los intereses de ciudadanos y grupos sociales y agregarlo en un bien común y en el interés general.

Compleja tarea que implica la gestión del conflicto, atemperar tensiones y recibir presiones de todo tipo en un marco enormemente complejo a nivel económico y social en el que las instituciones son relevantes pero que comparten la capacidad de influencia con empresas y con organizaciones y movimientos sociales. Además, dirigir las administraciones públicas no es tampoco una tarea sencilla: complejos procedimientos formales, gestión de personal barroco, gestión de la escasez de recursos económicos, etc. El oficio de político implica un nivel de tensión y de dedicación extremos mayor o igual al de un alto ejecutivo de una empresa privada.

Cuando para cualquier profesional acaba la jornada laboral el político es cuando más trabajo tiene: tardes avanzadas y noches en reuniones y actos de partido, cenas y eventos institucionales, etc. Y pocos fines de semana se escapan de tener compromisos de todo tipo tanto de partido como institucionales. Además, los viajes suelen ser la norma. Las jornadas semanales de los políticos presentes en las trincheras institucionales y de partido no son de 40 horas sino de 70 o más. Todo esto contrasta con la injustificada imagen social, estimulada por los medios de comunicación, de que son unos “vividores” que dedican más tiempo a la dimensión lúdica que al esfuerzo profesional. Es decir: además de trabajar como esclavos tienen que cargar con un déficit de empatía social hacia su posición, dedicación y sacrificio.

En definitiva, se mire como se mire el oficio de político es muy exigente y no solo puede compensarse por la vía de la vocación (vocación de servicio público y vocación ideológica) y por el narcisismo de aparecer en los medios de comunicación y de poseer un cierto nivel de influencia o de poder. Aquí el problema reside en las retribuciones económicas de los políticos, que tienen que permitir un nivel de subsistencia para ellos y sus unidades familiares digno y acorde con su elevada dedicación y con la trascendencia de su función. Hay actualmente un debate hipócrita en nuestra sociedad que considera que los políticos que ocupan cargos públicos poseen unos emolumentos excesivos, y se tiende a compararlos con los salarios mínimos o con los de los trabajadores de base. Ha habido recientemente una carrera protagonizada por distintos líderes y formaciones políticas que consiste en proponer sueldos políticos cada vez más bajos para los que ocupan cargos públicos estimulados por la impostura de la indignación social. Esta carrera hacia el abismo y el esperpento se ha visto dinamizada por las nuevas formaciones políticas (Podemos y sus constelaciones, la CUP, etc.).

Unos proponen, por ejemplo, 2.200 euros al mes para ser Alcalde de Barcelona (Ada Colau), otros 1.800 euros (Podemos), otros 1.600 (CUP),… hasta el PSOE se ha sumado a esta loca carrera. Es un ejemplo de la impostura e hipocresía social: queremos políticos bien formados, competentes, con elevada dedicación y honrados que cobren muy poco. Este utópico anhelo supone la cuadratura del círculo. Precisamente pagar poco a los políticos es uno de los principales incentivos a la corrupción de baja intensidad que es la puerta de entrada para la corrupción de alta intensidad. Estos bajos sueldos de los políticos han contribuido a generar una enorme relajación sobre otras partidas como las dietas, los viajes, comidas de trabajo, puestos en consejos directivos de empresas públicas, etc. Esta relajación no es necesariamente corrupción, pero la incentiva. Hay muchos ejemplos: como la retribución de los parlamentarios a las Cortes Generales es baja (se diga lo que se diga) se inventan decenas de pequeños puestos para dignificarla y, además, se hace manga ancha con los viajes y las dietas. Cuando un político se siente muy mal pagado aligera su conciencia moral y se siente legitimado para hacer viajes injustificados, comidas excesivas a cargo del erario público, etc. y esta relajación puede abrir la puerta a conductas mucho peores y claramente corruptas. Cuando haces un viaje y/o una comilona a nivel personal a cargo del presupuesto sin ningún tipo de justificación institucional ya has entrado en el laberinto de la corrupción, aunque ésta sea de baja intensidad.

¿Qué impide luego que te permitas recibir regalos, comisiones o promesas de cara a tu futuro profesional post cargo? Nada te lo impide ya que estás roto a nivel ético y moral. Y aquí entran en escena las dos mayores tentaciones de los políticos: el cobro de comisiones y las puertas giratorias. Éstas sí que ya son prácticas de corrupción de alta intensidad. Es obvio que con una retribución digna e incluso generosa a los políticos que ocupan cargos institucionales no se ataja del todo el fenómeno de la corrupción pero al menos no la incentiva. Además, se podría ser exigente en atajar de raíz todo tipo de privilegios que disfrutan ahora muchos cargos políticos en el desempeño de sus funciones y evitar de esta manera su relajación moral.

 

 

 

 

 

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