Banderas EuropeasVeo en las revistas de Administración local que los municipios españoles se han comprometido a izar banderas europeas para recibir la presidencia española de la UE.

La iniciativa me parece plausible como gesto político. Suelo explicar que Europa no es una nación, ni falta que le hace: a mi juicio, es precisamente  de este “déficit” de donde ha de tomar impulso para explotar a fondo la riqueza de sus influencias múltiples y desechar con displicencia -pero con pleno conocimiento de causa- esa pasión colectiva trufada de exclusivismos -y chorreante de sangre- que es la propia de los nacionalismos.

Pero si no es una nación, no por ello ha de tirar por la borda algunos de los signos que las naciones han llevado siempre en su panza y entre ellos está esa hermosa bandera azul nimbada de estrellas. Me gusta verla y confieso que me he emocionado siempre al oír la música de la Novena Sinfonía de Beethoven que da vida al himno de la Unión (encima, y como guinda, con la bella literatura de Schiller).

Por tanto todo lo que sea subrayar nuestra pertenencia a Europa me parece hermoso. Otra cosa es dar una importancia exagerada a la presidencia española o creer que su ejercicio instala a nuestro país en el firmamento de los grandes del mundo. Decir esto es engañar a quienes no tienen por qué conocer los recovecos del edificio europeo. Las presidencias semestrales sirven para hacer un calendario de propuestas, impulsar determinados asuntos, tratar de pastorear otros, suscitar alguna iniciativa -en algún caso, relevante por supuesto- y poco más. Puede ser que algún acontecimiento extraordinario catapulte al presidente de turno a un protagonismo excepcional en la escena mundial pero casi es mejor desear que ello no ocurra pues esos sucesos extraordinarios casi siempre nos traen una desgracia colectiva.

Cuando me dispongo a redactar esta nota leo como información de urgencia que el presidente de la República Checa -cuya firma es el último escollo para la entrada en vigor del Tratado de Lisboa- ha acogido bien la propuesta del presidente sueco de introducir una “nota a pie de página” que satisfaría las exigencias del malhumorado checo. Con ello se habría llegado al final del recorrido de la tramitación del Tratado y Lisboa se convertiría ya en el “derecho constitucional” de la Unión.

Precisamente en ese Tratado se configura una presidencia estable de dos años y medio, renovables por una vez, fórmula con la que las presidencias rotatorias, aunque no desaparecerán, sí perderán visibilidad y se harán -podríamos decir- más “burocráticas”. Con el nuevo tipo de presidencia se trata de instaurar lo que ya se llama “el presidente de Europa”, título equívoco porque presidentes va a haber por lo menos dos: este y el presidente de la Comisión quien además dispone de la legitimidad democrática pues ha sido votado por el Parlamento mientras que el primero será designado por los jefes de Estado o Gobierno. Auguro un semillero de problemas: competenciales, funcionales, de protocolo etc. El Tratado de Lisboa echará a andar pero lo hará entre luces claras y también tanteando entre sombras.

Bien venidas sean pues las banderas europeas en nuestros municipios, tal como se ha acordado en la Federación. Sin embargo, esperanzas y fantasías… las justas.

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