Cuidado, la euforia económica que viene tiene los pies de barro.

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Resulta curioso. Atravesamos una grave situación económica que, sorprendentemente, a nadie parece interesar. Los debates políticos, se centran sobre otras cuestiones y tampoco existen airadas movilizaciones de protesta, a pesar de que el desempleo vuelve a acercarse a sus máximos históricos y de que la lista de empresas zombi crece en paralelo a la morosidad.

¿Por qué esta extraña y silente resignación? Pues por varias razones, algunas de las cuales explicamos a continuación y que nos mantienen sedados. No nos curamos, pero, al menos, el dolor no nos muerde. En primer lugar, porque todos miramos esperanzados al Estado y, también, al maná de los fondos europeos que, en teoría, deben comenzar a llegar antes de final de año. Además, porque en esta crisis, al contrario de lo que ocurriera con la de 2008, Europa ha recomendado manga ancha con el gasto público, animando al BCE a saciar con liquidez casi infinita las necesidades de gobiernos, que se han endeudado para atender gastos contracíclicos como desempleo ó ERTEs, entre otros. Estos ERTEs han supuesto un alivio para ochocientas mil personas, que, en mayor o menor grado, han podido mantener un cierto nivel salarial. Por otra parte, los bancos, que se encontraban en mejor situación que en la ocasión anterior, han tenido también ayuda del BCE y, con el aval parcial del Estado, han satisfecho la demanda de liquidez de las empresas a través de los famosos préstamos ICO que tan difícil se hará devolver para muchos. Por último, al igual que en 2008 el estropicio económico fue generalizado, en este caso ha ido por barrios. Algunos sectores, como turismo o hostelería están machacados, mientras que otros, como logística, consultoría o supermercados están que se salen. Todas estas circunstancias anestesian a nuestra economía enferma y hace que no percibamos un dolor acorde con el daño de nuestra enfermedad.

¿Qué pasará a partir de ahora? Si, como parece, la enfermedad continuara bajando en intensidad, es posible que el turismo comience una paulatina recuperación a partir del verano lo que, unido a la llegada de fondos europeos a partir de los últimos meses del presente ejercicio podría generar una cierta euforia económica. Pero, atención, que los fondos europeos están condicionadas al cumplimiento de ciertas condiciones, por ejemplo, en materia laboral o de pensiones, lo que imposibilitará los proyectos que la coalición gubernamental tenía anunciados y previstos. Mejor así. El gobierno – y España – necesita sí o sí esos fondos, en ningún caso puede prescindir de ellos y si, para recibirlos hay que romper el acuerdo de gobierno, pues el acuerdo de gobierno se romperá sin que nadie de los coaligados vierta lágrima alguna. Ya veremos qué pesa más para algunos, si el mantenimiento en los principios, el apego al sillón o los cálculos electorales, que de todo habrá en la viña del señor.

Pero, atención, que, a pesar de la euforia económica que nos podrá embargar a lo largo del próximo año, es bueno que seamos conscientes de que nos apoyamos en un edificio con los pies de barro y que, a pesar de los fuegos de artificio del exterior, todo ruido y color, algunos problemas estructurales siguen carcomiendo la estructura que lo sostiene.

Uno de estos graves problemas es el altísimo endeudamiento público que alcanzaremos, cercano al 130%, una cuantía inédita en nuestra historia en un siglo. El problema no radica tanto en endeudarnos ahora, que debemos hacerlo. El problema radica en que si, ni siquiera cuando crecíamos al 3% éramos capaces de reducir deuda, ¿cómo conseguiremos hacerlo en el futuro? Tarde o temprano el diferencial de endeudamiento entre los países del sur frente a los saneados del norte saltará para convertirse en problema de confrontación. Desde España algunas voces ya solicitaron una condonación de deuda pública por parte del BCE y obtuvieron un sonoro silencio por respuesta. Será muy difícil obtener el regalo de una condonación, porque sería percibido como un castigo a los que ahorraron y como un estímulo inverso que premia a los derrochadores y castiga a los prudentes. O, al menos, así se ve en la opinión pública del centro y norte de Europa, en una versión posmoderna de la fábula clásica de la hormiga y la chicharra.

El otro problema puede venir ocasionado por la reacción a la enorme masa de dinero puesta en circulación por el conjunto de bancos centrales del mundo como medidas de estímulo. Lo que antes se llamaba darle a la maquinita de hacer billetes ahora se conocen como medidas expansivas. Bien está el juego de palabras, aunque, en el fondo, viene a significar lo mismo. Pero, según los cánones clásicos, la inflación debería haber aparecido ya y, por ahora, ni está ni se le espera, al menos durante estos próximos meses. ¿O sí? ¿Puede aparecer de repente, como apuntan las extrañas especulaciones y vaivenes con los bonos? Los economistas no se ponen de acuerdo y, lo que para unos acabará como el rosario de la aurora, con una hiperinflación galopante, para otros sólo se otea un mar sereno de tipos bajos e inflación contenida durante muchos meses todavía. Ya veremos. En todo caso, nadie pide, por ahora, la retirada de los estímulos, temerosos de que la economía se derrumbe como un castillo de naipes.

Seguiremos, pues, en nuestro somnoliento nirvana, fumados con el opio dulce de los fondos y las ayudas. Ojalá cuando despertemos, no nos encontremos con una pesadilla.

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