Desde que se iniciara nuestro cataclismo económico, el siempre sorprendente bestiario español se ha enriquecido con nuevas especies, apasionantes y disparatadas. Ya lo dijo el bueno de Darwin, los seres vivos evolucionan en permanente adaptación con el entorno que les rodea. Pues eso. Puede usted comprobarlo en la propia evolución de la fauna que le rodea. Recuerde como, tras el tortazo económico, apareció aquella especie, tan ancestral como entrañable, que se identificaba fácilmente por su consabido “eso ya lo decía yo”. El bautizarlos como sabiondos resultó cosa obvia. En un entorno donde todos consumíamos al límite de nuestras posibilidades y especulábamos sin mesura en la confianza de los crecimientos infinitos, de repente, sólo quedaban ruinas y personas que repetían “eso ya lo decía yo, que esto no podía durar”. Como observadores del bestiario, nos preguntábamos entonces dos cosas: la primera era que cómo, si tanto sabían, se habían hipotecado tan dementemente como los demás y, la segunda, por qué no les habíamos escuchado decir eso antes, cuando todo era hidromiel y querubines dorados.    

Reflexiones inútiles ante la dinámica siempre evolutiva del bestiario. Ya lo dijo Heráclito, la vida es un río y nunca te bañarás dos veces en la misma agua. Con el paso de los meses, el tipo de sabiondo “eso ya lo decía yo” vino a menos y comenzaron a aflorar los vampiros de energía y los zombis.  Los primeros, con su pesimismo y desánimo, drenaban nuestras escasas energías. A pesar de su tremendo peligro, nos vimos rodeados de ellos. Afortunadamente eran fáciles de detectar y siempre podíamos huir de su presencia. Para descubrirlos, bastaba sentarse a tomar un café con ellos; si se comprobaba que nuestro nivel de energía disminuía de forma directamente proporcional a la duración del café para finalizar literalmente exhaustos, no existía duda alguna: se trataba de un peligrosísimo vampiro energético de los que hicieron estragos en aquellos momentos de extendida anemia energética. Menos peligrosos, pero más abundantes aún, eran los crecientes zombis que pululaban como muertos en vida por doquier. Empresas, bancos, países, desempleados, personas varias… Desorientadas, aturdidas, sin comprender el entorno ni tener destino ni meta, confundidos en una inerme masa gris que arrastraba los pies sin ilusión ni alegría en desconcierto permanente…

El río evolutivo continuó con su tarea de conformación de nuevas especies. Unas morían y otras nacían para enriquecer así nuestro ínclito bestiario español.  Los “eso ya lo sabía yo” comienzan a escasear a día de hoy, los vampiros de energía están localizados y los zombis siguen siendo la especie más frecuente y aún crecientes. Son legión y, dado que nunca un zombi se cree que lo es, debemos hacérnoslo mirar nosotros mismos, por si las moscas, que nunca se sabe en qué ventanilla taxonómica nos colocan los demás por nuestros actos.

Los expertos afirman que la evolución no sigue una cadencia constante, sino que de vez en cuando se desmadra en saltos evolutivos que aceleran el nacimiento de más y más especies. Y en uno de esos saltos debemos estar porque, cuando ya creíamos nuestra capacidad de asombro cubierta, la selección natural no regala otro tipo nuevo, los místicos, productos perfectos de los millares de libros de autoayuda que han inoculado la idea del pensamiento positivo como antídoto al pesimismo ambiente y para apoyo de nuestra autoestima. Sin duda alguna, los principios de positividad y de alejar el negativismo son una terapia siempre recomendable si se aplican en su justa medida, al igual que el principio de tener sueños y fe en ellos, porque movilizan energía, optimizan recursos y orientan la brújula de nuestras decisiones. Hasta ahí de acuerdo. El optimismo, la fe, los sueños, son condiciones necesarias… pero no suficientes. Además, hace falta una gran capacidad de trabajo, de tenacidad, de resistencia al sufrimiento, de talento, de inteligencia, de prudencia y de cierto realismo. Pero los místicos, cada día más abundantes, sólo se quedan con la primera fórmula de la receta, la fe, el positivismo – aunque sea forzado – y el estricto rechazo a cualquier síntoma de negativismo. Observe a su alrededor y podrá descubrirlos por algunos de sus comportamientos prototípicos. Dejan de leer los periódicos porque sólo creen que sólo traen malas noticias y mentiras, no pronuncian la palabra crisis, creen crecientemente que el destino les va marcando la ruta con señales que deben aprovechar, están firmemente convencidos de que si les va mal es porque no son suficientemente optimistas o no alcanzan el nivel adecuado de la Fe. Mentalmente, comienzan a levitar sobre la dura y desagradable realidad que les rodea y de la que reniegan. Los místicos son las especies menos peligrosas del bestiario y, en algunos casos, incluso se puede establecer una relación simbiótica con ellos, porque parte de razón tienen y te contagian algo de energía que siempre es necesaria. Pero debemos estar atentos y no dejarnos seducir por su halo pseudoesotérico que puede llevarnos al tipo de meditadores de la montaña de sonrisa permanente y trato afable.

Los sabiondos, los vampiros de energía, los zombis y los místicos ya están entre nosotros. Pero, sin duda alguna, nuevas formas de vida estarán naciendo delante de nuestras propias narices y debemos estar atentos para clasificarlas, detectar su posible peligrosidad o su eventual aportación positiva para el bestiario tan entrañable como disparatado que constituye esta sociedad española que tanto sufre pero que tanto merece ser amada. Y ahora, más que nunca.

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