La época de los imperios ya pasó, o, al menos, eso dicen. Los imperios inglés, turco, español, portugués o francés, aparentemente, son simples recuerdos de un pasado remoto y lejano. Incluso, afirman, el imperio norteamericano agoniza de fracaso a fracaso. Puede ser, quién sabe. Y en esta creencia post-imperial nos encontrábamos cuando un libro, El legado de los imperios, de Samir Puri, viene a recordarnos lo obvio, el que, aunque los imperios formalmente hayan muerto, sus dinámicas subyacentes siguen condicionando aún la atormentada geopolítica de nuestros días. Sólo comprendiendo las historias imperiales de los últimos siglos lograremos comprender cómo se mueven las geopolíticas turbulentas de nuestros días. Algunos podrán pensar que éstas resultan imprevisibles, pero quien conoce el legado de los imperios es consciente de que, de alguna manera, eran inevitables bajo los vientos de la historia.      

La historia nunca se detiene ni las guerras cesan. A pesar de un presente menos bélico que el pasado que recordamos, los bombardeos continúan alterando una paz que nunca existió por completo. Miramos atrás y, sólo en las últimas décadas, recordamos las matanzas de Ruanda, las sucesivas guerras balcánicas fruto de la descomposición de Yugoeslavia, las ininteligibles guerras del Cáucaso, Siria, Irak, Kuwait, Afganistán y Malí entre otros desatinos bélicos. Detrás de todas y de cada uno de estos conflictos se percibe el aliento de las viejas lógicas imperiales. Y qué decir del actual y peligrosísimo conflicto de Ucrania, un antiguo y al tiempo nuevo país que, al oeste, perteneció al imperio austro-húngaro y que desea buscar acomodo en el UE y la OTAN, pero que, al este, fue parte del imperio ruso, cuya lengua habla, que no quiere desgajarse de la blanca madre Rusia.

Los viejos imperios occidentales y su heredero natural, los poderosos EEUU, conforman una OTAN que ambiciona cercar a Rusia. Y el viejo imperio ruso, ahora parcialmente renacido, claro está, no se deja. El espíritu imperial de uno y otro signo se agita y parece jalear una guerra que ojalá nunca se produzca. Tenemos suficiente experiencia histórica para conocer que se sabe cómo se comienza una bronca, pero jamás cómo se termina.

Putin ha sabido recobrar el orgullo herido del viejo oso ruso. Moscú, tanto en época de los zares como de los bolcheviques, fue capital de un extenso imperio e imperiales fueron sus lógicas de gobierno. Tras la desintegración de la URSS, sus extensos territorios dieron lugar al nacimiento de más de una docena de nuevos países. Putin supo ganar la voluntad de gran parte de su pueblo al afirmar que los rusos que habían quedado fuera de las fronteras de la Federación Rusa tenían derecho a habitar en su casa. Y, a ello se puso, con apoyo interior y grave recelo exterior.

La sombra de la historia es alargada. La tradición milenaria de asesinatos políticos en la corte, de tics totalitarios, de libertad de prensa siempre amenazada, aún se proyecta en la política rusa actual. Rusia se empeña en ser ella misma, con sus vicios y sus virtudes, reaccionando ante cualquier lección de democracia a lo occidental. El viejo imperio ruso se resiste a morir y jugará sus cartas en todos sus territorios adyacentes, como ya demostró en Crimea y el Cáucaso. Es cierto que la personalidad de Putin se refleja en su política exterior, pero también lo es que cualquier otro presidente se hubiera visto obligado a actuar de manera bastante similar, dado la fuerte presión que aún ejerce la visión imperial que no cesa. Veremos lo que ocurre en Ucrania. Rusia, por lo pronto, ha pedido apoyo a China, la superpotencia emergente, y otro país con una larguísima tradición imperial que se prolongó durante miles de años y que la actual China comunista/capitalista no logra ni quiere olvidar.

Los fantasmas del pasado siempre están ahí para atormentarnos, resultando a todas luces los fantasmas imperiales los más fastidiosos. La lectura obligada de El legado de los imperios (Almuzara, 2022) hace reflexionar sobre las dinámicas históricas, tenaces y omnipresentes. Los imperios ya no están, pero, de alguna mera, su sombra aún nos cobija.

Y esta tenacidad del pasado no sólo se aprecia en los imperios, sino que también se advierte fácilmente, a escala local, en nuestros pueblos y ciudades De alguna manera, su historia, al proyectarse hasta nuestros días, condiciona la forma de ser y estar de sus habitantes. Desde muy joven la llamó la atención la diferente sociología de los pueblos con castillo y de los que carecían de él. Aquellos pueblos cabeza de condados, con sus nobles y capitanes, sus palacios y sus iglesias, que retaban orgullosos de su hidalguía – aún venida a menos – el pasar de los siglos, tenían unas formas distintas a los que carecían de tanto abolengo. Ni mejor ni peor, solamente diferentes. Y quién tenga ojos para ver, que vea.

Y es que ahora, cuando cabalgamos sobre el caballo a galope vertiginoso de la digitalización, cuando sentimos que muere una forma de estar en el mundo, cuando nos adentramos en el continente ignoto de lo digital con sus inteligencias artificiales y sus metaversos, es cuando caemos en la cuenta de que no podemos escapar de nuestra propia historia y de que el pasado siempre nos atrapa. Ya lo dijimos. La sombra de la historia es alargada y nadie, nunca jamás, es capaz de dejar atrás esa sombra que proyecta bajo el viejo y malhumorado sol de los tiempos.

Y un consejo. Para adelantarnos al futuro, querido amigo, nada como leer y reflexionar sobre la historia que nos lo condicionará.

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