Estándares SintéticosEn pleno debate sobre las medidas contra la sequía, mientras se discute sobre trasvases y desaladoras y se sanciona el uso antisocial del agua por los particulares, debemos recordar cómo los Ayuntamientos son grandes consumidores y, en parte no despreciable, para el riego ornamental. No hablamos ya de verdes campos de golf, a veces municipales, en medio de un secarral, sino de austeros parques donde árboles y pradera tampoco quieren perecer de sed.

Me consta que las restricciones, como en las fuentes que no reciclan, también llegan a los jardines públicos. Y que lo que en principio es distintivo de calidad de vida para el vecindario -a más hectáreas de parque más bienestar de los habitantes-, acaba siendo, con el agostamiento, un serio problema para las entidades locales.

Los urbanistas, suelen citar el Reglamento de Obras, Servicios y Bienes municipales, de 14 de julio de 1924, como precedente moderno del minimum de zonas verdes, puesto que exigía 4 m2/habitante de "parques, jardines y terrenos para juegos y ejercicios físicos al aire libre", y no menos del 10% de la superficie del sector. Porcentaje mínimo en "cada polígono", mantenido por la Ley del Suelo, de 12 de mayo de 1956. Como es sabido, la generalización de la técnica de los estándares, se producirá, por influencia italiana, con la Ley del Suelo, de 2 de mayo de 1975, que previó, entre otros, el de 5 m2/habitante para el sistema general municipal de espacios libres.

A partir de ahí, el Estado de las Autonomías ha ido siendo, en todos los territorios y en casi todos los planeamientos, muy exigente a la hora de obtener zonas verdes. Idílicos jardines para niños y ancianos, a veces sacados de la prestidigitación de convenios urbanísticos no aquejados de filantropía.

Pero ahora, cuando el agua de las nubes baja menos y el desierto sube más, cabe preguntarse, sin ápice de broma, porque el cambio climático no lo es, qué hacer y cómo reorientar la creación y mantenimiento de unos parques y jardines que son una exigencia para todos los municipios que superen las cinco mil almas.

La solución parece apuntar, tristemente, hacia el hormigón, hacia las plazas duras y los parterres minúsculos, porque la legislación no suele imponer condicionantes botánicos. Y si los impone, acabarán cayendo como ha ocurrido con los campos de deportes de hierba artificial, cada vez más extendidos incluso en la España -aún- húmeda.

En este sentido, puedo dar fe de una constatación no fácil de aceptar, por más pragmático que uno quiera ser: en otra Administración, una tetracentenaria Universidad por más señas, el exiguo jardín del Rectorado, incluso inmortalizado en los versos de Ángel González, ha sido "replantado" con moqueta. Sobre la misma, reflejando en el brillo del bronce un verde chillón, permanece el busto de la reina Isabel II.

No quisiera que ejemplos como éste, cundan. Pero del agua no pueden esperarse más milagros.

No hay comentarios

Dejar respuesta