Nos encontramos ante el abismo de lo desconocido y son pocos los que parecen mantener la calma. Ciudadanos, políticos y banqueros sienten el vértigo del miedo en sus entrañas. Nadie parece saber hacia dónde mutará el monstruo que corroe nuestras haciendas, empleos y patrimonios. Así estamos mientras que algún tipo de intervención europea para salvar a nuestro sector financiero parece inevitable. Ojalá la cosa se quede ahí, por duras que sean las condiciones que nos impongan. Nosotros no podemos permitirnos salir de euro, pero Europa tampoco quedaría indemne de nuestra salida. Nuestros destinos están orgánicamente unidos. Si nosotros caemos, arrastraremos a Italia y tras ella al resto de Europa, lo que significaría el fin del euro y del proyecto europeo tal y como fue concebido hace algo más de una década. ¿Qué pasará? Pues nadie lo sabe, dado que los agujeros son tan entrópicamente colosales que pueden romper cualquier muro de contención con el que intentemos obstruir su avance. Los acontecimientos pueden responder más o menos a lo programado, o sencillamente, desbocarse sin control. Ya veremos.

Hasta ahora, los que mandan, los alemanes, pensaban que el sur necesitaba reformas estructurales para recuperar la competitividad imprescindible para exportar y poder así pagar las deudas. No les faltaba razón en el planteamiento, ya que hemos padecido una crónica pérdida de productividad desde nuestra entrada en el euro, lo que se ha traducido en el cierre de empresas y la consiguiente destrucción de empleo. Esas reformas debían complementar los necesarios ajustes fiscales. En teoría, todo muy razonable, aunque la experiencia nos ha demostrado que la receta no ha sido eficaz hasta ahora, sin que seamos capaces de plantear una medicina alternativa. Las ilusiones depositadas en las políticas de crecimiento de Hollande no son más que bellas declaraciones sin concreción alguna. Nos desangramos sin que veamos todavía ni siquiera una rayito de luz redentora, lo que hace que muchas voces comiencen a cuestionar el camino recorrido y empiecen a responsabilizar al “enemigo exterior” – ya sean los alemanes, los mercados o la prensa anglosajona – de todos nuestros males. Mal camino éste. Nuestra solución debemos buscarla en Europa, y pactar con ellas condiciones razonables para encontrar nuestro camino. Y al tiempo que negociamos y exigimos hasta donde nos sea posible, debemos reconocer nuestros pecados, que son muchos y graves, y aplicarnos el propósito de enmienda.

Los alemanes piensan que aún tenemos campo para recortar y apuntan al gasto de las autonomías entre otros asuntos. Saben que sin presión no reformaremos nada, por lo que nos tendrán el grifo cerrado hasta que movamos ficha. Sólo entonces nos aliviarán un poco, para que, con el siguiente apretón, acometamos la siguiente reforma. Estamos embridados por nuestra acuciante falta de liquidez y nos doman con ella. Eso, más o menos, es lo que tenemos y, la verdad sea dicha, sin las presiones que han ejercido sobre Zapatero y sobre Rajoy no hubiéramos acometido las reformas que hoy conocemos y que, nos gusten o no, caminan – salvo la financiera – en una dirección razonable. El único riesgo es que la cuerda se rompa, bien por una oleada de pánico que impulse a millones de clientes bancarios a retirar sus cuentas corrientes, por severas protestas mayoritarias o por simple consunción de la actividad económica. Europa juega con un fuego en el que todos podemos inmolarnos. Lo que pasa es que tampoco nadie plantea alternativas factibles. La naturaleza humana abomina del desconcierto y de la inseguridad en la que estamos inmersos. ¿Qué pasará? No lo sé a corto plazo, pero a medio plazo terminaremos remontando. Sí, sí, ya sé que se trata de un pobre consuelo, pero es lo que hoy podemos ofrecer. La olla está sometida a plena presión. ¡Que Dios reparta suerte en  estas próximas semanas!

2 Comentarios

  1. Qué hacen todos los involucrados en esta debacle, pues efectivamente tirar de la cuerda, cada uno para su lado, en vez de todos a una, qué cortos de miras, cualquiera puede caer en estos momentos, y sin embargo parece que el tema va con otros/as.
    Lo estamos pagando los ciudadanos de a pié, todos aquellos que no tienen poder para disponer, y todos aquellos que andamos asustados, que no sabemos cómo vamos a salir de ésta.
    Yo me sorprendo y recuerdo mis dias de Abogada donde a un particular o empresario por un estafa o fasificación de 3000€ le caía el peso de la ley encima, en sus más graves consecuencias, y aquí no hay más que estafadores, malversadores, irresponsables, etc y no cae el peso de la ley sobre ellos, y pobres de nosotros consumidores y ciudadanos de a pié no hemos podido ganarles nunca a un banco pleitos de esos en los que nos engañaban con la letra pequeña, leoninos, de adhesión,….y ahora descubrimos agujeros insondables de euros que ni podemos nombrar en esas entidades tan protegidas por la leyes estatales y europeas, y quién responde por ello, yo todavía no he visto a nadie salir a la palestra y entonar el mea culpa, y arrimemos el hombro.
    Pobre España y pobres españoles¡

  2. La solución financiera llegará, no sé cual será la fórmula pero llegará. Principalmente por los aspectos que señalas, es decir, por propia supervivencia. De lo que no estoy seguro es que nosotros, como españoles, hagamos todo lo que hay que hacer.
    En ese «todo lo que hay que hacer» incluyo regenerar los valores políticos. No me extenderé más porque lo has señalado en artículos anteriores. El propio sistema político español requiere de una reconversión brutal, tanto cualitativa como cuantitativa, y por este motivo es por el que intervengo en este blog. Para solicitarte que encabeces el necesario cambio político que este país necesita.
    Te aseguro que apoyos no te iban a faltar. Eso sí, búscalos entre la gente del pueblo. Tenemos varias generaciones de jóvenes sobradamente preparada y que sabe perfectamente lo que quiere. Solo necesitan una oportunidad.
    Ánimo Manuel, tu encarnas el verdadero cambio que la clase política merece.

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