Una vez más. Y van… ya no me acuerdo.

Hoy en condición de testigo; ayer como perito, anteayer como imputado –digo investigado-. ¿Mañana como denunciante? Es un decir (o no…)

La vida del habilitado nacional, aparte de otras cosas –de todo menos aburrida- es un deporte (para entendernos: es una práctica, una profesión o una vocación) de riesgo, para el que no nos han preparado en modo alguno. Y eso que nadie nacemos enseñado.

El preparador –alto magistrado- de mis primeras oposiciones hace ya más de 30 años me recriminó que no optara por presentarme a judicaturas, que era lo que él me aconsejaba y que me empeñara en las de secretario de ayuntamiento. Quizás sabía por qué lo decía. Yo era joven, y quizás, además de tozudo, osado.

El tiempo no sé si le ha dado la razón. Lo que sí es cierto es que en el programa de la convocatoria no había más que un bloque de temas de Derecho Penal que la verdad, entonces, no podía imaginar que acabaran cundiendo tanto y que a la postre me exigieran, con el tiempo, profundizar en ellos, al igual que en el derecho Procesal (pues al fin y al cabo, nos va la vida en ello…)

Cuántas veces me acuerdo de aquello, cuando voy a, o vuelvo de, los juzgados, es un decir: yo, mi compañera de subescala, o el habilitado del municipio de al lado.

Porque en tiempos de crisis económica,  socialmente complejos, jurídicamente cambiantes o mediáticamente convulsos, se propician ambientes de guerras políticas con abundante fuego cruzado. Y en ese contexto, judicializado en exceso, siempre habrá, como en cualquier conflicto, víctimas colaterales: el ejercicio de las funciones reservadas, para quienes legalmente las ejercemos –los habilitados nacionales: secretarios-interventores, tesoreros, interventores y secretarios- va a deparar, en ese sentido, sorpresas poco agradables que tendrán mucho que ver con esas idas y venidas de los funcionarios a los juzgados.

Llegados a este punto, no nos queda otra que reforzar si cabe el rigor en ese ejercicio profesional, íntegro, honesto e independiente, para el que sí hemos sido preparados, así como afianzar la fe pública que sitúe cada procedimiento en que a diario intervenimos, así como las decisiones que en su contexto sean adoptadas, allá donde a cada uno corresponda.

Y por supuesto,  respirar y tener paciencia. Algo esencial para ser habilitado nacional en este primer cuarto de siglo XXI, y no perecer en el intento. O al menos, serlo con dignidad y con la paz y tranquilidad que siempre proporciona el decir verdad, con arreglo a nuestras funciones y conocimientos.

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