Buena balanza.

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Al comienzo de este año hice el propósito de comentar las buenas noticias y los datos positivos que fuera proporcionando la economía, para contribuir modestamente a mejorar las expectativas, o por lo menos, reducir el pesimismo generalizado. Pero la inercia del día a día me apartó enseguida de esa buena intención, y apenas he dedicado tiempo a las cifras  ”menos malas” que se han ido conociendo.

Hoy toca recuperar el tiempo perdido, y aprovecharé los datos de la balanza de pagos acumulados hasta Mayo, porque marcan un cambio de tendencia apreciable, no sé si definitivo, pero que lleva bastantes meses en marcha, especialmente significativa en el apartado de la balanza comercial.

En efecto, hasta Mayo, la economía española ha ingresado 102.000 M € por exportación de bienes, y pagado 105.000 M €, lo cual arroja un saldo de -3.000 M €; la mejora radica en que este saldo era -13.000 M € a la misma fecha del año pasado; así pues, el desequilibrio se ha reducido tres cuartas partes, o si se prefiere, el 75%. Si se mantuviera esta tendencia durante los siguientes siete meses, el año concluiría en -7.000 o -8.000 M €, también muy por debajo de los -26.000 M € de 2012. Lo bueno de la noticia es que se mantiene una tendencia iniciada en 2010, especialmente en el apartado de ingresos.

En el momento de mayor desequilibrio de nuestra economía, en 2007, el año concluyó con un déficit de la balanza de cuenta corriente de 105.000 M €, resultado de que las compras de bienes al exterior era 226.000 M € frente a unos ingresos por venta desde España al resto del mundo de 192.000 M €; es decir, en el punto álgido del ciclo, nuestra país adquiría todo tipo de productos al exterior, como si se tratase de un país rico, sin freno, haciendo imposible que el saldo positivo de la balanza de servicios compensara esa tendencia. Ese desequilibrio de la balanza de bienes equivalía al 10% del PIB nacional, y significaba una brecha insostenible, porque debía financiarse con entradas de capital a un ritmo equivalente. Visto desde esa perspectiva, el proceso de ajuste está bastante consolidado, pero está siendo lento.

Precisamente, quienes se muestran más críticos con la pertenencia de España a la Unión Monetaria Europea centran parte de sus ataques en que se tarda mucho tiempo en corregir los desajustes estructurales; incluso algunos nostálgicos apuntan a la devaluación como bálsamo eficaz para esta enfermedad, que ya no está al alcance de los gobiernos nacionales.

En otro tiempo, con autonomía para fijar la política monetaria, el desajuste se habría corregido devaluando la moneda nacional, tantas veces como hubiera sido preciso para cambiar la tendencia; así sucedió, por ejemplo, en la crisis del 92-93, cuando en once meses, la peseta sufrió tres devaluaciones (medida frente al dólar por ejemplo, el tipo de cambio pasó de unas 97 ptas. por dólar hasta 140); evidentemente, la medida empobreció a todos los agentes económicos nacionales, impidiéndoles seguir comprando al resto del mundo, abaratando los costes de fabricación propios y favoreciendo, en general, las exportaciones;  pero con el paso del tiempo, ese daño generalizado se olvida, como la caída del PIB del 1,1% respecto al año anterior por la recesión derivada de la devaluación,  y sólo queda en el recuerdo el dato de que se salió pronto de la crisis. Es decir, una medida de choque como la devaluación cortó en seco la sangría a costa de un empobrecimiento súbito de la economía nacional: el saldo de la balanza por cuenta corriente pasó del -3% del PIB al -0,5% en un año.

Pero como se sabe, en esta ocasión la devaluación era una medida imposible para los gobiernos europeos que han tenido que lidiar con la crisis; así es que a la economía española, como al resto de las europeas, sólo le ha quedado el recurso de que los precios relativos se fuesen ajustando poco a poco a la nueva situación, al ritmo que la estructura económica permitía, dando por hecho que la cuenta financiera recibiese los fondos suficiente del resto del mundo para no caer en una situación de impago. Y este proceso de ajuste está siendo largo y duro para todos, pero por lo menos, no ha afectado indiscriminadamente a rentistas y ahorradores, como sucedía en los casos de devaluación.

El camino que está siguiendo la economía nacional para corregir la brecha de la balanza de pagos está siendo el que debe ser en el sistema actual: reducción de compras al resto del mundo,  bajada de precios y costes en el interior, búsqueda de mejoras en los productos y servicios producidos para que sean atractivos fuera, lucha por nuevos mercados, etc. Mientras el resto del mundo siga financiando los demás desajustes, celebremos las buenas noticias que nos da la balanza por cuenta corriente.

 

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