Debates políticos o el arte del ninguneo

En muchas ocasiones he seguido, aunque siempre parcialmente- los debates parlamentarios con que nuestros diputados nos deleitan. Bueno, en realidad uno no puede seguir los  debates entre otras razones porque siempre hay otras cosas más interesantes que hacer y porque no se retransmiten más que los que –ellos, nuestros representantes- consideran importantes, que no siempre suelen ser los verdaderamente importantes o al menos los que a mí o a otros como yo nos puedan interesar. En fin cualquiera que lea esto puede pensar que cómo es posible que haya ciudadanos que sean tan masoquistas que puedan ser capaces de seguir los debates parlamentarios. La verdad es que a mí hay algunas materias que me pueden interesar, evidentemente muchas de ellas no. Pero me interesen o no opino debería haber un canal parlamentario público y abierto. Con el advenimiento de la tele interactiva es posible que uno hasta pueda elegir con qué Comisión conectar. Cuando es posible –debates de investidura, debates del estado de la nación y cosas así- es una delicia poner la tele cuando hay algún debate después de comer y tumbarse en el sofá de casa. Es seguro que tienes garantizado ese agradabilísimo sopor y duermevela, porque por una parte te interesa y por otra a veces no lo llegas a soportar.

En los raros momentos de cierta atención siempre me ha llamado la atención el escasísimo nivel parlamentario con que nos obsequian nuestros políticos aunque realmente me parece que les importa muy poco porque en el fondo cuando hablan sólo se escuchan a sí mismos quedando tan sólo las intervenciones en el diario de sesiones, que no es precisamente un best-seller; es solamente la trascripción literal de las intervenciones leída después sólo por especialistas como catedráticos de universidad o por frikis (en el mejor sentido) que intentan descifrar algunas veces qué rayos ha querido decir eso que llamamos el Legislador cuando aprobó tal artículo, para lo cual, como egiptólogos expertos en criptología, leen cada frase descodificando su literalidad, relacionándola con su contexto y encuadrándola en su momento histórico-político. Muchas veces descubren que en realidad se trataba tan sólo de una transaccional pactada al calor del cansancio del último momento justo antes de que los diputados se fueran a ver el Real Madrid-Barça al bar del Congreso o a su casa. Lo que ocurre es que a veces el resultado es un artículo que se encuadra en un capítulo o título de la ley en el que no pega ni con cola. O un artículo que resulta en abierta contradicción con otros o con el general espíritu de la ley o del sistema.

Bueno, retomemos lo del escasísimo nivel parlamentario. El comentario simplemente lo quería traer a colación para remarcar la observación de que en realidad el sistema es algo parecido a esto: el ponente en el mejor de los casos lee un discurso en el que argumenta sus razones: por qué el estado va tan bien si se trata del debate del estado de la nación (abro acotación: siguiendo con la tendencia de suprimir el término nación para reservarlo al parecer a algunas autonomías y al igual que se ha hecho con los estatutos de autonomía y con funcionarios con habilitación nacional que ahora son con habilitación estatal, ¿ahora se llamará el debate del estado del estado? Cierro acotación), las bondades de la norma que se trata de aprobar, por qué la traen, qué problema trata de solucionar etc. Luego se abren los turnos parlamentarios y uno, en su ingenuidad esperaría que el contrincante político respondiese al ponente. Pero qué va. A su vez lee su discurso que también traía preparado de casa, digo del partido, y que da igual que tenga que ver con lo que haya dicho el que ha hecho la propuesta. Como diría el castizo, cada uno a su rollo. Es la diferencia de escuchar que podríamos definir con la RAE como “Prestar atención a lo que se oye” y oír  que podemos decir que es “Percibir con el oído los sonidos”. O sea, la sensación que tengo es que en el Parlamento los diputados oyen o sea se dan cuenta del run-rún… alguien dice algo. Pero verdaderamente no escuchan porque los argumentos quizás son lo de menos. O es que ¿en alguna ocasión la oposición ha convencido al Gobierno de algo en un debate o, por supuesto, viceversa?

Bueno, no se entienda esto como un comentario destructivo; todo lo contrario. Abogo porque los diputados verdaderamente sean libres, puedan argumentar según sus convicciones y hagan verdadero eso que dice la Constitución en su artículo 67.2 y que, siento decirlo, yo no me creo: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”.

Recuerdo una historia que cuenta Woody Allen en su delicioso libro “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura” (Tusquets Editor, Barcelona, 1974). En una breve historia que titula “Para acabar con el ajedrez”, cuenta que Vardebedian juega una partida de ajedrez por correspondencia con su amigo Gossage. Éste, en un momento determinado se da cuenta de que una de las cartas en las que le enviaba una de las jugadas, no fue recibida por Vardebedian y aclara la situación. En lugar de admitir el problema, Vardebedian no hace caso de ello y sigue jugando la partida con la posición de las piezas sin tener en cuenta la rectificación. Gossage sin embargo sigue jugando la partida con la situación que él cree rectificada. Termina la historia con el jaque mate que mutuamente se dan pero eso sí, despidiéndose con suma amabilidad y empezando después una partida del scrabble. Bueno pues esa historia me recuerda nuestro Parlamento y en general nuestra vida política. Y me pregunto ¿pero alguien escucha a alguien?.

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