La política siempre fue cosa caprichosa. Y es que, al igual que los dioses del Olimpo, gusta jugar con los destinos humanos. Eleva a unos a la gloria y precipita a otros a los infiernos, sin lógica previsible; otorga el poder con la misma rapidez que lo arranca inmisericorde. Y, una vez caído en desgracia, sólo queda el llanto y la melancolía. Pero, a veces, la fama póstuma redime de las amarguras vividas. Y esto le ocurrió al visir Huy cuya historia vamos a conocer gracias a la arqueología. Y, para ello, tendremos que trasladarnos hasta Egipto, donde rodamos unos episodios para Arqueomanía, el programa de divulgación arqueológica de TVE2.

El vuelo, en Egyptair, dura algo más más de cuatro horas. La lectura de un buen libro posee la fuerza mágica de devorar el tiempo, que deja de existir. Einstein, el sabio de la relatividad, tenía razón. El tiempo es relativo, elástico. Su paso, en ocasiones, se nos antoja lento, en otras, veloz como un potro al galope. Pero esta relatividad no deviene tan sólo por la velocidad – variable física –, sino sobre todo por el factor humano del placer, que lo acorta, o del dolor o la angustia, que lo alarga. Y, precisamente, un buen libro es una de esas piedras filosofales que transforma el tiempo en gozo. No se quiere dejar de leer aunque el sueño apriete o los megáfonos anuncien nuestro inminente aterrizaje en el aeropuerto de El Cairo. Cierro con pesar el libro ¿Tiene futuro la verdad? de George Steiner, el último gran erudito europeo, profundo crítico literario, historiador, ensayista y buen conocedor del alma humana. Leía su texto acerca de la belleza literaria de la Biblia, más allá de toda consideración religiosa, cuando me dispuse a poner pie en una de las geografías bíblicas más hermosas y relumbrantes, el gran Egipto, el país del Nilo, la tierra de los faraones que soñaron – y consiguieron – la inmortalidad en el recuerdo de los hombres.

Ya en Luxor, tras otro vuelo breve desde El Cairo, la maleta facturada desde Madrid no aparece en la cinta de recogida de equipaje. Son las doce de la noche y supone un verdadero fastidio. A la mañana siguiente rodábamos desde primera hora y tendría que regresar para comprobar si la maleta perdida podía haber sido recuperada. Lo dicho, un fastidio. Pero no resulta sabio ni elegante irritarse. Son cosas del camino que un viajero sabe relativizar. Y de inmediato olvidar, para comenzar a disfrutar de una ciudad increíble, Luxor, la antigua Tebas, la ciudad de los faraones. Al pasar junto a las sombras del gran templo de Karnak, la casa del poderoso dios Amón, percibo que nos encontramos en uno de los centros del mundo. A la derecha intuimos al padre Nilo, adornado por la constelación de las luces de barcos y falucas.

El hotel Winter Palace, donde nos alojamos, nos aguarda envuelto en su halo mítico. Construido en 1886, primero como palacio del Jedique Tawfiq, después como hotel para aristócratas y millonarios, alojó, entre otros, a Howard Carter y a Lord Carnavon, en su epopeya tras la tumba de Tutankamón. También a Agatha Christie, siempre a la caza de la inspiración que le llevaría a escribir su célebre Muerte en el Nilo. Un clásico hotel colonial, con cierto aire decadente, de grandes salones, hermosas antigüedades y con un enorme jardín de palmeras que imploran a los cielos desde sus largos y esbeltos troncos. Y, ya en la habitación, las vistas al río desagravian cualquier pesar del camino. A pesar de la hora, más de las dos la mañana, resulta imposible resistirse a la tentación de una cerveza fría mientras se contempla la constelación de reflejos refulgentes del río.

Se duermen pocas horas, pues toca madrugar. El dorado de la montaña tebana, iluminada por los primeros rayos de sol, marca el camino hacia la ciudad de los muertos, al oeste del río. Me encuentro con el resto del equipo de Arqueomanía – Manolo, Carmen, Kurro – en el desayuno. Comentamos el plan de la jornada, nada más ni menos que conocer la tumba de visir Amenhopep Huy, excavada por un equipo español liderado por Francisco J. Martín y Teresa Bedman, experimentados egiptólogos que llevan años escudriñando las entrañas milenarias de las necrópolis de Tebas y que han logrado recuperar del olvido secular la increíble historia de un poderoso visir, caído en desgracia, para ser póstumamente elevado a la categoría de santo popular. Pero no adelantemos acontecimientos, que nos queda disfrutar de los prolegómenos a la epifanía de su descubrimiento.

Cruzamos el Nilo en faluca, con el mismo barquero que en años anteriores. Siempre cumple con puntualidad sonriente. Ya en la orilla de los muertos, nos acomodamos en la furgoneta que nos conducirá hasta la tumba del visir Amenhotep Huy.  Pero, antes, los colosos de Memnón, esculturas sedentes del gran faraón Amenofis III, nos saludan con su colosal hieratismo. Cuentan que, en época del emperador Adriano, al amanecer, los colosos cantaban, probablemente por el efecto del viento y la arena sobre sus grietas y agujeros caprichosos. Vibia Sabina, la mujer de Adriano, quiso escuchar el prodigio. Allá fue la comitiva imperial, con el propio emperador al frente y con Antínoo, su efebo amante acompañándolos. Impaciente, el emperador – un Dios – urgió a los colosos a cantar, amenazándolos con destruirlos si no silbaban la plegaria de la mañana. Fuera por simple casualidad o por divino temor reverencial, el caso es que al final entonaron la melodía solicitada para satisfacción de la familia imperial. Desconocemos lo que experimentaría el hermoso Antínoo, que a los pocos días apareció ahogado, sin que nunca se llegara a descubrir si ocurrió por accidente, suicidio o crimen.

Apenas unos minutos de travesía nos conducen hasta el santo desierto, zona de templos y de necrópolis ancestrales. La línea de la vida y de la muerte, que limita el verde feraz con el secarral atroz y la huerta fértil con el yermo pedregal, parece trazada con precisión de delineante. Adonde llega el agua, la salmodia verde de las plantas reverbera en su exuberancia tropical. Adonde no llega, ni siquiera una triste mata logra sobrevivir. Y, en terreno seco, donde las antiguas crecidas del Nilo no llegaban, las ruinas de antiguos monumentos, que florecen aquí y allá, redimen la desolación del erial.

Abandonamos el reino de la huerta, con sus campesinos, borriquitas y tractores, para adentrarnos en el terreno sagrado de la muerte, en el que se entremezclan y abrazan tumbas de distinto nivel y periodo con los solemnes y majestuosos Templos de Millones de Año, como el de Ramsés II, que queda a nuestra derecha o el de Tutmosis III, cuya espectacular excavación y consolidación, bajo la dirección de Myriam Seco, ya conocimos de viajes anteriores.

Los gigantescos Templos de Millones de Años de los célebres faraones de las dinastías XVIII y XIX se suceden ante nuestro asombro. Sus nombres resuenan en nuestros oídos: Amenofis III, Ramsés II, Ramsés III, Tutmosis III y arriba, en las mismas faldas de la montaña, el espectacular templo de la reina faraón Hatshepsut, reconstruido por los polacos a los largo de décadas de trabajo. Hacia sus pies nos dirigimos, una zona de necrópolis conocida como Asasif, donde se encuentra la tumba del visir, la conocida como AT-28.

Hatsheput tuvo una vida intensa, mil veces llevada a la literatura y al cine. Y, desde luego, es que no es para menos. Fue el célebre Champollion – el que primera lograra descifrar la escritura jeroglífica gracias a la providencial piedra Roseta – quién postulara con asombro la existencia de una mujer faraón, que con gran poder, había ordenado construir el gran templo cuyas ruinas visitó en 1829. En ningún listado real que él hubiese consultado aparecía su nombre ni, mucho menos, su condición femenina. Por algún motivo que desconocía, su nombre había sido borrado, en una clara operación de damnatio memoriae. Sorprendido, propuso la incorporación de su reinado tras el de su marido Tutmosis II y antes que el de su sobrino Tutmosis III, el gran faraón guerrero. Hatshepsut recobró la justicia afortunada de su memoria, que ahora, de alguna manera, veneramos.   

Ruinas de casas, de templos, de tumbas. Casas que se construyen y destruyen, templos y tumbas mil veces expoliadas y que ahora se reconstruyen. Vida y muerte entrelazadas sobre un mismo lugar. Turistas, arqueólogos y trabajadores pululan por aquí y por allá. Los habitantes de la zona llevan miles de años viviendo de los faraones. Primeros los sirvieron y trabajaron para construir sus templos y tumbas. Después los expoliaron y vivieron de sus tesoros y del polvo de sus momias trituradas. Desde hace dos siglos, sobreviven o progresan gracias a los trabajos de excavación arqueológica y del turismo internacional que, en masa, acude desde todos los rincones del planeta a rendir pleitesía admirada a aquellos remotos faraones que buscaron la inmortalidad a través de sus construcciones colosales. Y, ahora, sumidos en una fiebre restauradora, no sólo los excavan y consolidan, sino que, parcialmente, las reconstruyen, con exquisito respeto a las formas y materiales originales, diferenciando lo nuevo de lo antiguo y bajo la sabia dirección facultativa.

Egipto es pura rememoración de su pasado faraónico. Su estética y símbolos todo lo ocupan, desde nombres de hoteles y agencias de viajes, hasta las iconografías, figuras y esculturas de rotondas y cruces.  ¿Qué sería de Egipto sin el legado de sus faraones? Probablemente, poca cosa. Pero, ¿qué sería Córdoba sin su Mezquita o Granada sin su Alhambra? También mucho menos de lo que hoy son. Y es que el legado magnífico del ayer, en muchas ocasiones, nos ayuda a sobrellevar la dura realidad del hoy.

Por fin llegamos hasta la tumba del visir, excavada en una zona de privilegio, bien cerca del gran templo de Hatshepsut. Francisco Martín y Teresa Bedman nos reciben con entusiasmo. ¡Tienen tantas cosas que contarnos, y nosotros tan poco tiempo para grabarlo! Junto a antiguas tumbas reconvertidas en almacenes provisionales de restos arqueológicos y de momias, y bajo un gran toldo, se encuentra el centro de operaciones donde realizan los primeros trabajos sobre las piezas encontradas, que son muchas y de gran calidad. Centenares de cerámicas se encuentran clasificadas en los alrededores, mientras algunos miembros del equipo trabajan con inscripciones o realizando las primeras faenas de conservación y restauración. Observamos, atónitos, como depositan con sumo cuidado una momia, en perfecto estado de conservación, sobre una mesa. Las telas de lino que la recubren parecen que hubiesen sido tejidas el día anterior e, incluso, un fino bigote aún destaca, hirsuto, sobre el resto del difunto.

 Mientras bajamos a la excavación, los arqueólogos Martín y Bedmar nos cuentan la fantástica historia del poderoso visir. Aunque la tumba fue construida en vida de Huy, y por su expreso mandato, jamás llegó a reposar allí. Descendemos a través de una rampa monumental, rodeada por altas paredes, hasta llegar a un amplio patio solar, en uno de cuyos lados podemos apreciar un pasillo porticado a medio excavar. Como decíamos, la tumba colosal ni siquiera llegó a terminarse y su construcción fue súbitamente interrumpida, como apreciamos en las paredes del interior, donde podemos ver paños de paredes con bellísimas inscripciones jeroglíficas, mientras que en otras se encuentran a medio esculpir. Incluso, descubrimos los bocetos en carbón de algunas figuras apenas iniciadas. También aparecieron los mazos de sus constructores abandonados, como si hubiesen tenido que salir corriendo. Y, por si fuera poco, las representaciones del visir fueron cuidadosamente piqueteadas hasta dejarlas irreconocibles. ¿Por qué? ¿Por qué este ensañamiento con el que hasta entonces había sido uno de los hombres fuertes de Amenofis III? Pues, porque, como iniciábamos estas líneas, la política es cosa caprichosa y cruel desde el inicio de los tiempos humanos.

En la Tebas de la época se veneraba a Amón, que descollaba sobre su parnaso politeísta. En Karnak tenía su gran templo, cuyos sacerdotes atesoraban gran poder y riqueza. Pues bien, por razones que ignoramos – quizá por lucha contra el poder sacerdotal, o por alguna clave política o, simplemente, por convicción – el caso es que Amenofis III comenzó a abandonar los viejos cultos a Amón para consagrarse a Atón, el dios sol, como única deidad. Su hijo, Amenofis IV, Aketanón, culminó esta revolución con el traslado a la nueva ciudad de Amarna, hoy pasto de la desolación. Huy, se distanció de las nuevas corrientes y se mantuvo fiel a las tradicionales creencias de Amón, lo que le hizo caer en desgracia. No sabemos qué fue de su destino, si logró huir, o si fue encarcelado o ajusticiado. El caso es que su tumba quedó inconclusa y abandonada y su rastro histórico perdido para siempre.

Pero, cosas del destino, la revolución de Aketanón y de su mujer Nefertiti fracasó y su sucesor Tutankamón, regresó a Tebas y a los cultos de Amón en Karnak. Fue entonces cuando el pueblo comenzó a considerar a Huy como un santo, como un mártir por la causa verdadera. Su tumba inconclusa se convirtió entonces en una especie de santuario en su honor, usado como necrópolis durante siglos. De ahí que se aprecien numerosas tumbas excavadas en las paredes del patio y de la rampa de acceso. Después cayó en el olvido hasta que los exquisitos trabajos arqueológicos la han vuelto a sacar a la luz. El interior de la tumba es espectacular, con sus bellísimas columnas en plena reconstrucción. Nos prometemos regresar para conocer el resultado final de la cuidadosa restauración. A buen seguro, el visir Huy, se encuentre donde se encuentre, sonreirá feliz ante el desagravio de su damnatio memoriae.

Francisco Martín y Teresa Bedman realizan un trabajo formidable, que admiramos y felicitamos. También el gran Huy les estará agradecido. Nos toca despedirnos por el momento de los investigadores, pero no sin antes asombrarnos con algunos frutos de sus investigaciones. Primero, la corregencia de Amenofis III con Amenofis IV. Segundo, el de que Tutankamón no era hijo de como se pensaba, sino de Amenofis III con una de sus hijas, es decir, fruto de un incesto real, lo cual, por otra parte, era bastante habitual en la época.

Todavía tendríamos ocasión de aprovechar el conocimiento de los arqueólogos españoles en la cena que celebramos en el Winter Palace. Un auténtico placer. A la mañana siguiente partíamos para Amarna, pero esa es otra historia que algún día contaremos.

Y, ya de regreso en España, recordamos la sabrosa historia del visir Huy, que todo – hasta su propia tumba – perdiera, para, al final, obtener la recompensa del recuerdo y de la veneración. Cosas, en efecto, de la política que ni siquiera el paso de los milenios ha logrado mutar. Conocer la historia es conocernos a nosotros mismos, con nuestras pasiones y pulsiones, inmutables con el devenir de los siglos. Quien tenga poder, que conozca y sepa, Huy dixit.

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